Que esté vivo, después de todo, es un milagro. Rubén Olivares transforma lo que fue su veneno en una nueva ocupación.

La cervecería El Salón de la Fama, de la colonia Bondojito, es uno de los vestigios que quedan de la fortuna del ex campeón mundial, quien planea convertir el establecimiento en un gimnasio.

“Aquí está el ring pero lo vamos a mover un poco. Quiero poner regaderas y vestidores. Estamos trabajando en eso”, comenta Olivares con entusiasmo.

La entrevista con Publimetro es en un local con las cortinas de metal oxidado que sirven de fondo a un cuadrilátero en construcción sobre un piso de mosaico café. Al fondo, una mesa de madera con martillo, cincel y taladro. Un refrigerador vacío y una televisión, los únicos indicios de que ahí se vendía alcohol.

¿Qué le falta en esta etapa de su vida?
– No sé. Me faltan muchas cosas, como por ejemplo saber adónde voy a ir.

¿Qué le queda?
– Creo que al final hice todo bien. Soy miembro del Salón de la Fama del Boxeo. Qué honor nos hacen en Estados Unidos en tenernos en un lugar así.

¿Qué estilo de boxeo pretende enseñar?
– A mí, Manuel Chilero Carrillo me enseñó a trabajar las esquinas de un cuadro. El viejo me dijo cómo moverme. En un ring con tres cuerdas se trabaja bien. Eso es lo que quiero hacer.

A Olivares el alcohol le arrebató la fuerza, la disciplina y la corona de campeón. Lo llevó a tener problemas personales. Después lo sometió al escarnio público como sinónimo de quien destruye con la cabeza el imperio que edificó con los puños.

¿Cómo está de salud?
– Me siento bastante bien, gracias a Dios. Trabajo, me muevo, camino, corro y quiero vivir bien.

Los amigos del éxito, comparables con esos insectos que se emborrachan dando vueltas alrededor de las lámparas, partieron cuando sintieron la oscuridad del fracaso. Necesitaban un nuevo campeón para la foto.

¿Qué amistades conserva de aquellos tiempos?
– El dinero es mi amigo, porque lo necesitamos para muchas cosas . Va y viene, luego tarda, pero viene.

Pero el mundo de El Púas también fue de buenos momentos. Hace una pausa y recuerda.

“Yo estaba en lo mío, boxeando y mis amigos me decían, ¿ya viste a los Polivoces como te parodian? A mí me gusta el programa, estaba bien, pero parecía que Mauricio Kleiff nos andaba espiando al Molacho y a mí, la ropa de antes casi era igual, éramos idénticos.

“En mi vida hubo varios aciertos y fallos como los amores, esos amores, qué bárbaro, pero bueno, de eso ya perdí la memoria”.

¿Qué momento disfrutaba más cuando peleaba?
– A mí me gustaba verlos caer, porque el golpe estaba bien conectado, a donde debe de ser. Cuando tí pegas bien, en el lugar adecuado, tienes la certeza de que ya no se van a levantar.

¿Cuál fue su mejor golpe?
– Esto fue gigante, contra Art Hafey, no recuerdo si en el séptimo o en el quinto round, conecté un un gancho. Yo estaba fortísimo y él era una máquina de tirar golpes.
Era de los mejores del mundo en ese entonces; contra él fue a 12 rounds. Me preparé, le gané y fue muy suave.

El ex campeón mundial busca defender el último trono que le queda, el prestigio y el recuerdo que tienen los aficionados de él, donde jamás volvería a alcanzarlo la derrota. Por ahora planea escribir su biografía y hacer una película sobre su vida.