Un grupo de habitantes de Cuajinicuilapa, una comunidad de la costa sur de México, aprovechó hoy la proximidad del Día de Muertos para rendir culto a sus difuntos y revelarse simbólicamente contra la evangelización de sus antepasados a manos de la Iglesia Católica al ritmo de la Danza del Diablo.

"Venimos a festejar a nuestros muertos, esos que fueron esclavos. Por eso, convertidos en diablos, rechazamos a la religión católica", dijo a Efe el líder del grupo, Gabriel Hoya, tras participar en el evento.

La celebración se realizó en el interior del Museo Nacional de Antropología de la capital mexicana, en el marco del 45 aniversario de ese recinto, que albergó para la ocasión un altar y la representación de las comparsas de diablos de los habitantes de la Costa Chica de Guerrero.

La Danza del Diablo consiste en un baile interpretado por hombres enmascarados vestidos con ropas viejas y deshilachadas, y una mujer también cubierta con una máscara a la que llaman "Minga", que luce una falda y un rebozo sobre sus hombros, y encabeza el rito de veneración al demonio, como un desafío al culto católico.

Los bailarines efectúan movimientos en forma de cadena, ola o víbora, y mantienen un vigoroso zapateado durante todo el ejercicio, un rasgo que enfatiza su origen africano.

Los treinta cuajinicuilenses que participaron hoy del festejo en su mayoría son descendientes de africanos y aseguran que sus antepasados llegaron a México como esclavos para cubrir la demanda de mano de obra que se requería en la época colonial.

Como parte de la manifestación de rebeldía, Epifanía Noyola, de todos ellos la mujer mas longeva, baila sobre un cajón de madera denominado "artesa" en honor a un pueblo que "nunca fue libre".

"Esta vez queremos que ellos sean los que realicen la conquista cultural en el museo y que nos enseñen su cultura", afirmó en el acto el subdirector de Etnografía del Museo Nacional de Antropología, Alejandro González.

El Día de Muertos, que en México se celebra principalmente el 1 y 2 de noviembre, es una práctica común desde la época prehispánica en el país, donde se instalan altares con ofrendas a los difuntos cuyo aspecto y contenido varían según la zona.

En Cuajinicuilapa, palabra de origen nahuatl que significa "río de los cuajinicuiles" (un árbol local ya extinguido), los altares tienen la forma de las viviendas típicas de la costa de Guerrero y se elaboran con materiales de la región.

En su interior colocan una mesa y la adornan con papel de colores, velas y las flores de cempasuchil, características de esta época del año.

Sus ofrendas, caseras o comunitarias, están compuestas por fotos, comida, bebidas y objetos que hayan sido de la preferencia de los difuntos.

Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en la Costa Chica de Guerrero coexisten tres etnias: la indígena, formada por mixtecos, amuzgos, nahuas y tlapanecos, y que se sitúa en la parte baja del escalafón social; la afromestiza, constituida por "la negrada" o "los morenos", que se encuentra en el medio, y la mestiza, que detenta el poder económico y político.