La comida en los tiempos de la Nueva España era una tradición y compartir los alimentos en familia representaba algo sagrado. Por tal motivo, el lugar donde se llevaban a cabo las actividades culinarias debería ser un sitio amplio e importante, pues de ahí saldrían las delicias que disfrutarían los patrones.

Fue así que en las casas de los gobernantes o nobles, la cocina estaba separada del comedor conforme a las costumbres españolas; las familias menos adineradas sólo destinaban una habitación especial, pero,  totalmente equipada tanto con utensilios traídos del Viejo Continente, como con instrumentos indígenas.

De esa combinación, surgirían no sólo muchas delicias gastronómicas, sino una gran variedad  de color que distinguiría el lugar más representativo de las madres mexicanas.