El 6 de agosto de 1945, Noriko Ueda, una niña de 13 años de edad, iba a sus labores diarias a una imprenta en Hiroshima.

De pronto, la tierra tembló. Los Estados Unidos habían dejado caer una bomba atómica en esta ciudad japonesa. Ueda sólo recibió heridas leves, pero pronto encontró que su padre, su madre y su hermana habían sido en­­­te­rradas bajo la casa de la familia. En poco tiempo, más de 90 mil personas –las estimaciones alcanzan hasta 160 mil– estaban muertas, la mayoría por quemaduras y la radiación.

La familia de Noriko Ueda fue afortunada: sus padres podían caminar. El cuerpo de su madre fue herido con fragmentos de las ventanas destrozadas, lo cual era una pequeña preocupación cuando tuvieron que abrirse paso entre los cadáveres, tratando de llegar a las montañas y ponerse a salvo.

“Vi a un hombre desnudo que parecía un fantasma, corriendo por las calles, pero de alguna forma los cadáveres no nos molestaban mucho”, dijo Ueda.

Eso realmente destruyó Hiroshima. Harry Truman, Presidente de los Estados Unidos, en un esfuerzo por terminar la Segunda Guerra Mundial más rápido, había lanzado el arma más letal que el hombre conociera. Tres días después, Estados Unidos lanzó la bomba sobre Nagasaki, provocando la muerte de entre 60 y 90 mil personas.

“Estados Unidos había puesto a prueba las bombas y sabía del impacto físico que tendría”, explica Michael Gordin, profesor de Historia en Princeton.

“Pero no sabían de las heridas que podían causar las radiaciones”. Pero los Estados Unidos lograron el objetivo de terminar la guerra. El 14 de agosto, Japón capituló.

“Al principio no había reacciones negativas contra las bombas”, dijo Gordin.
“La Iglesia católica fue la primera en criticar los ataques, señalando que matar a civiles siempre es malo”.

Hoy, sin embargo, Hiroshima y Nagasaki re- ­pr­e­­sentan la innecesaria crueldad de la guerra.
“El presidente Truman nunca dijo que lamentara el uso de las bombas atómicas, pero durante la guerra de Corea, años más tarde, decidió no usarlas bombas atómicas, al parecer, por razones morales, aseguró Gordin.

“Entonces, cuando los soviéticos desarrollaron armas nucleares, usarlas se hizo muy peligroso”. El 6 y 9 de agosto de 1945 recuerdan la primera y la última vez que las armas nucleares han sido empleadas.

La familia de Noriko nunca encontró a su hermana, hasta este día, no saben qué le pasó. Hoy Ueda es una ama de casa que vive en Hiroshima y ofrece tours a estudiantes de las escuelas en el Museo de la Paz de la ciudad.

“Me veo como un testigo de la historia, porque tuve la buena fortuna de sobrevivir”, comenta “pero también trato de explicarle la guerra a los niños y por qué comenzó”.