No se trata de la locación de los hermanos Almada ni de Valentín Trujillo. Pistolas bañadas de oro y cubiertas en brillan­tes; jarrones con fondo falso para transportación de droga y hasta equipo para procesarla –extraídos de narcolaboratorios– se pue­den apreciar en el recinto que muchos co­nocen como Narcomuseo, pero cuyo nom­bre oficial es Museo del Enervante.

La muestra empieza con la lista acrecentada, año con año, de los militares muertos durante la batalla contra el narcotráfico, que comenzó, de manera oficial, en 1976. Un total de 625 nombres comprende el listado; 122 de ellos –20%– muertos en este sexenio.

A lo largo de los 103 metros cuadrados, en el corazón de las instalaciones de la Secretaría de la Defensa Nacional, continúa una gama amplia de enervantes, desde los antiguos egipcios o aztecas a las denominadas “drogas de diseño”. Y una vez dentro, hasta un perro disecado se encuentra en el lugar.

En el pasaje de la narcocultura, uno de los más curiosos y en donde reside la razón de su mote, se pueden observar diversos tipos de armas bañadas en oro, con incrustaciones de piedras preciosas –diamantes y esmeraldas–, así como rifles de asalto AK-47 (cuernos de chivo) adaptados, recortados, plateados y con maderas finas.

Este recinto, pese a no estar abierto al público, recibe, mediante previa autorización, a investigadores, especialistas y elementos de las distintas fuerzas de seguridad públi­ca, para su capacitación y entrenamiento en el combate contra el tráfico de drogas.