Después de 17 días, terminaron las olimpiadas de Río 2016. Como saldo, la delegación mexicana quedó en el lugar 61 del medallero y el titular de la Comisión Nacional del Deporte, debilitado y exhibido por sus excesos. A su regreso, declaró que recibió la instrucción de justificar su actuación. Para ello, en su primera entrevista pública, ofreció disculpas por lo que calificó como una “frivolidad”  al llevar a su pareja a la más importante justa deportiva del mundo.

Comentó también que su renuncia estaba “puesta sobre la mesa”. Más allá de los resultados deportivos y su nula sensibilidad para atender los asuntos propios de su encargo, lo que se evidencia es una política deportiva casi inexistente. Carece de toda lógica que un perfil hecho en el poder judicial, sea elegido para dirigir la estrategia que fomente el deporte en el país. Es tiempo de aceptar dicha renuncia.

El fracaso de la CONADE va más allá de un mal resultado en el medallero de Río. Se habla de que ha habido confrontaciones graves con las federaciones deportivas, prevalece la percepción de un mal uso de recursos públicos, falta de apoyo real a deportistas y “amiguismos”, como característica de la política pública.

Resulta paradójico que en un momento en que el país requiere motivos para sentir orgullo y esperanza, se desperdicie la oportunidad que abre una olimpiada. Han existido ocasiones en que el deporte sirvió para unificar países. El caso más emblemático fue el de Sudáfrica, donde el rugby abonó a la reconciliación de todo un pueblo, dividido por la segregación racial instaurada por el apartheid.

Esta etapa fue llevada al cine en la película Invictus. El episodio que narra es cuando Nelson Mandela se convierte en presidente de aquella nación, después de una injusta reclusión de 27 años. En ese momento, el país se encuentra inmerso en una crisis de confrontaciones, enojo y frustración. Como estrategia, el recién electo presidente recurrió al deporte nacional, el rugby, para lanzar una apuesta por unificar la energía de sus habitantes. Encontraron un motivo que compartían, sin distingos.

Este capítulo histórico, es un ejemplo de que el deseo de triunfo logra desatar el orgullo colectivo mediante la victoria. La esperanza de ganar es un aliciente potente para levantar el ánimo de una nación entera.

 Ese mismo espíritu nos lleva a llenar las plazas públicas cuando gana la selección mexicana o hace que nos apropiemos de la victoria cuando nuestros deportistas ganan medallas o sobresalen en competencias internacionales. Por un momento todos somos un México orgulloso.

Nuestro país hoy vive una realidad donde impera la impunidad, los casos de corrupción, la violencia y conflictos que parecen no tener solución. Por ello el deporte mexicano debe ser valorado desde esa óptica de largo alcance.

Nelson Mandela y su apuesta por el rugby fueron capaces de exaltar el espíritu sudafricano y de ponerlo por encima de los prejuicios, de ese tamaño es la oportunidad que por malos manejos, inexperiencia y “frivolidad”, se pierden.

Hoy es necesario cambiar la ley. Se requiere un modelo de política pública, que fomente realmente el deporte, capaz de identificar entre los jóvenes, a los mejores talentos y llevarlos hasta su más alto nivel de rendimiento. Además, se vuelve prioritario garantizar que los recursos asignados a este sector se inviertan de forma eficiente. En días pasados, solicitamos a la Auditoría Superior de la Federación revisar el ejercicio del presupuesto de la CONADE. Tan sólo en 2016 fue de 2 mil 600 millones de pesos.

 Por fortuna, aún en medio de la adversidad, el carácter mexicano se manifestó. La marchista Guadalupe González, el clavadista Germán Sánchez, la taekwondoín María Espinoza con medallas de plata, así como el boxeador Misael Rodríguez e Ismael Hernández de pentatlón moderno, con medallas de bronce, han dejado en alto el nombre de nuestro querido México.