En ese sitio están enterrados algunos de los narcotraficantes más famosos del país, que descansan en lujosas tumbas.

La ostentación llega a niveles extremos. Por ejemplo, un mausoleo tiene línea telefónica y otro cuenta con equipo de sonido y aire acondicionado.

El cementerio es una muestra de la cultura del narcotráfico en el país, dice el periodista Diego Osorno, autor del libro "El Cartel de Sinaloa".

"Los narcos, si pudieran, se enterraban dentro de una Hummer. Esas tumbas faraónicas son una forma tremenda de cómo ven la vida y la muerte", explica.

Entre amigos y enemigos
En vida Ignacio Coronel, "El Nacho", y Arturo Beltrán Leyva, el "Jefe de Jefes", fueron enemigos.

Pero ahora comparten espacio en Jardines de Humaya. Los dos narcotraficantes están sepultados en mausoleos con grandes vitrales que cada semana reciben mantenimiento especializado.

No son los únicos adversarios que comparten destino. En el sitio también se encuentran los restos de personajes que, según las autoridades, fueron sanguinarios mientras vivían.

Un ejemplo es Gonzalo Araujo, quien fuera el jefe de sicarios del Cartel de Sinaloa y que ahora reposa en un mausoleo de dos pisos, con vidrios polarizados y una imagen de Jesucristo de casi dos metros de altura.

Además de imágenes religiosas, en Jardines de Humaya son comunes las fotografías de personas que posan con pistolas o rifles de asalto, la forma como los recuerdan sus familiares.

En la multitud de cúpulas, columnas de cantera y pisos de mármol, aparece un mausoleo adornado con aviones de cristal porque su morador era piloto del narcotráfico, y uno más destaca porque tiene habitaciones alfombradas y con muebles.

Paradójicamente, el cementerio está ubicado a unos kilómetros de barrios pobres de Culiacán, donde viven algunos de sus trabajadores.

"Los albañiles que trabajan en el cementerio han construido tumbas más grandes que las casas donde viven", cuenta Osorno.

Tres décadas de lujo
En Sinaloa dicen que la fama de Humaya como cementerio favorito de narcotraficantes se inició a fines de la década de los 80, cuando fue inhumado Lamberto Quintero, un famoso traficante de marihuana sobre quien se escribió uno de los primeros narcocorridos de la historia.

Antes, el sitio era utilizado sobre todo por empresarios y agricultores adinerados.

A ese traficante siguió otro, Inés Calderón Quintero, uno de los primeros en introducir cocaína en Estados Unidos. Y en la medida que surgieron las disputas entre carteles de la droga, aumentó la demanda de espacios en el camposanto.