Ni vaqueros ni gambusinos. En Caborca, Sonora, el oro se extrae a maquinazos de mujer.

Con Gigantescas palas mecánicas de acero que en cada palada descargan 50 toneladas de arena y roca, el equivalente a medio centenar de autos sedan, hasta llenar las 200 toneladas de capacidad de los camiones mineros que pululan en La Herradura.

En esta mina a cielo abierto, que exprime punto ocho gramos de oro por cada tonelada de material rocoso, duro, indomable, tanto como algunas de las mujeres que conducen y operan la maquinaria en los tajos de la mina.

DOMAN A LOS MONSTRUOS DE METAL

La uña de la luna se aleja y deja que el sol dore lo que resta de la ennegrecida madrugada caborquense. El lienzo del desierto sonorense se abre a los cultivos de espárragos, vid y olivos. Es el camino a La Herradura, de la empresa Fresnillo, subsidiaria de Industrias Peñoles. El camino de casi un centenar de mujeres que igual de mañana, que de madrugada se les abre con nuevos retos.

Es el camino para Verónica, pequeña, de no más de un metro 60 centímetros, pero de corazón tan enorme como para demostrarle a su madre que ella era capaz de dominar a un monstruo que se mueve por el desierto con una oruga de acero. Es su historia.

Hábil a la hora de operar la perforadora, Verónica lo suelta con la facilidad que agujera la tierra. Es más fácil romper una roca que doblar a una mujer. La inclusión de chicas en la mina fue natural. Se dio desde el principio, sin restricciones. Al menos así lo cuenta María Elena Caro, coordinadora de relaciones con la comunidad de Mina La Herradura.

UN TRABAJO MINUCIOSO

El valor agregado de contar con ellas es la atención, su cuidado para hacer las cosas, y sobre todo su responsabilidad, reconoce el ingeniero Saúl Ojeda Grajales, asesor operativo de la mina.

Los procesos son estrictos. Ellos y ellas se capacitan en un simulador hasta estar perfectamente entrenados antes de salir a conducir un camión de 200 toneladas por el tajo.  Por eso Luz no tiene empecho en aceptar que ella ni siquiera sabía manejar un sedan en la ciudad, cuando ya había completado los procesos y conducía su monstruo mecánico por la mina.

Un sueño para la oriunda de Oaxaca, que llegó a Caborca para ir más allá del deseo de su vida que era conducir un tráiler. Y más, conocer a su otra mitad entre las piedras, entonces tuvo una hija, orgullosa de que su madre conduzca un camión tan grandísimo.

Tonos violáceos despiden la tarde, a Luz y a su esposo. Es hora de ir a casa.

Luz se muestra orgullosa, presume su vida en pareja, abraza a su hija que llega al hogar. Alista lo necesario para la merienda, para convertirse el nuevo día en gambusina que extrae el oro de Caborca, a maquinazos, sí, a maquinazos de mujer.