Nadie puede dar lo que no tiene, no puede enseñar lo que no sabe, no puede predicar lo que no ejemplifica, ni pedir lo que no da. ¿Usted se ha preguntado cuántas veces ha exigido de los demás aquello que usted no está dispuesto a dar ni siquiera en lo más elemental? Cuando reclamamos del exterior aquello para lo que no tenemos voluntad, exclamamos un grito de incongruencia. Tal vez lo exigimos con tanto ahínco porque estamos ávidos de practicarlo, pero si no somos conscientes de que ese mismo valor debe provenir del propio ser, estamos perdiendo el tiempo al pedir y al recibir. De nada sirve sembrar en una tierra sin agua.

Si queremos ser provistos de lo que sea, tenemos que ser vasijas capaces de contener y germinar semillas; de lo contrario sólo seremos devoradores de virtudes cuyas bondades pasarán inadvertidas,  y no nos servirá de nada poseer o retener algo con lo que no sabemos qué hacer. Nadie puede demandar un derecho si pisa los derechos de otros, y todo, como una ley universal, tiene que ser ganado como una recompensa justa. Una planta que se satura de agua, se pudre; así con los seres humanos. Si no damos el paso en las calles, si no respetamos la fila, si somos gandallas, apañadores, ventajosos, irrespetuosos, conflictivos, chismosos, enredosos, flojos, corruptos, si no hacemos el mejor esfuerzo, si no sacrificamos el egocentrismo por el bien común, siento decirle a usted, a mí mismo y a todos, que entonces sí estamos hundidos.

Si bien el contexto ayuda: la educación, la formación, las oportunidades, y el bienestar social, no tener replicado exactamente aquello en el interior, es sinónimo de estancamiento. No hay engranaje que funcione si los receptores no están listos y preparados. Por algo se empieza siempre, y esa transformación que queremos ver empieza ya, aquí, ahora, con su mejor propuesta, con su proactividad, con sus ganas de cooperar al todo, con su integridad, con su capacidad de ser de una sola pieza. Sea usted el foco incandescente que determina dónde empieza la miseria propia y colectiva, sea determinante, deje su marca de fuego, pues así es como verdaderamente se trasciende y se hace historia. Si el área está podrida, sea usted el agua viva que trae sanidad, y el poderoso viento que arranca la hierba mala. Si no se lo enseñaron, usted sabe dentro de sí lo que daña y lo que crea vida, así que no se invente historias que le prohiben ser más grande, y lo empobrecen sumido en la queja, el sufrimiento y el victimismo. No se fabrique triunfos robados, pues el verdadero sabor de llegar a la cima es el esfuerzo de cada paso.

Gánese a pulso todo lo que exija, para que el poder del universo lo socorra y no se lo arranque de las manos porque es un gran deudor de sí mismo y de los demás. El giro de la rueda sólo puede hacerse con los dos movimientos: de afuera hacia dentro y viceversa. Pise el suelo firme de la aceptación de quien es usted y de lo que le ofrece a la vida para poder moverse a donde dice querer. Deje de ser un niño emberrinchado por lo que no le dan, y sea un adulto que sabe responder a su situación. Responsabilícese en su ámbito de competencia, porque siempre hay algo qué hacer, qué mejorar, a quién socorrer, a quién inspirar. No hay estructura que soporte de pie el peso específico de las luces encendidas. Salga de su apoltronamiento y  como dijo Gandhi: sea ¡ya! el cambio que quiere ver en el mundo.