Usted se ha preguntado ¿qué es México, más allá de una delimitación territorial, política u oficial? México, como cualquier otro país, podría considerarse más como un clan hecho de personas que comparten memorias, conciencia, costumbres, experiencia, sabiduría, creencias, elecciones, y sus consecuencias. México es más una familia, una especie de colectividad tribal, que una masa de estadísticas, números y pronósticos. México es un ser vivo, formado por las almas de todos los que estamos conectados a esta identidad; por lo tanto, México se alimenta de cada uno de nuestros pensamientos, emociones, palabras acciones, elecciones y decisiones de cada instante. Por más desasociado que lo queramos ver, es esto lo que nos conforma, y lo que nos invita a ser profundamente responsables de cada pequeña cosa. Para México, nosotros somos sus células, y nos retroalimentamos unos a otros. Por eso tanto células como poderes, idealmente tenemos que ser impecables a cada movimiento, pues nada está separado, y por muy insignificante que parezca, como decía el poeta: no hay aleteo de mariposa sin que una estrella se entere. México, el alma hecha millardos de experiencias provenientes de millones de almas que han pasado por este código de vida en la Tierra llamado país, grabado en el ADN de las ruinas, de los cuerpos, del agua, del fuego, del aire, y de la tierra que pisamos, de donde comemos y a donde probablemente iremos a parar cuando dejemos este mundo.

México, la gran entidad viva que nos arropa, nos abraza, e incesantemente nos refleja; el refugio llamado gran hogar, pero también gran escuela, gran aleccionador y depurador de lo que algunos llaman karma; así que compartimos una tremenda y, si así lo queremos, hermosa creación en donde juntos vamos entrelazados poniendo las notas y tocando una sinfonía que escribimos todos los días de nuestra historia. Qué más cercanía, lo queramos o no, que acompañarnos en el dolor para sanar, en los retos para resolver, en las alegrías para gozar, en los sacrificios para entregarse; queramos darnos cuenta o no, ser conscientes o no, no existe separación alguna, por lo tanto condena o premiación, pues todos, en uno, atravesamos por la misma tierra espinosa o suave que emerge como cosecha de nuestra siembra. México no es una frontera delimitada, es un espíritu que abraza toda la Tierra, como el órgano vital de un cuerpo. México es nuestra oportunidad o nuestra puerta cerrada, nuestra plataforma de despegue o nuestra cárcel, pero de todos, de absolutamente todos y cada uno, no hay quien se salve, por más lejos que corra, por más oculto y cobarde escondido, porque México está en nuestras células, y éstas en las células de México.

La diversidad de México en cualquier sentido es tan vasta, que el poder de vida que encierra es enorme, magnánimo, sublime y sumamente poderoso, es por eso que cualquier elección regresa con toda intensidad como materialización consumada, como deseo cumplido, como sentencia ejecutada. México sólo cumple cabalmente nuestras órdenes, y con todo su colorido, suculencia, riqueza, misterio, magia, regresa convertido en aquello que hemos sembrado. México no se crea ni se destruye, sólo se transforma, dirigido por la condición de nuestra consciencia.