Me toma por cero sorpresa cuando la gente se sorprende al saber que soy latina. "¡Pensaba que eras gringa!" es la respuesta más común. Queramos admitirlo o no, el ser humano está programado a estereotipar, y rubia de ojos azules no es la definición general del físico de una latina. Para los latinos parezco americana.

A los americanos los confundo, pues a pesar de que a primeras piensan que soy como ellos, la realidad es que me muevo como latina, hablo con las manos, hablo alto, tengo mucha energía y tengo un acento. En algún momento se dan cuanta que soy un tanto diferente. (¡Mi nombre y apellido no ayudan!)

Mi acento en inglés no es pesado ni muy marcado, pero de vez en cuando se me escucha. Por mucho tiempo he tratado de eliminarlo. He tomado clases, leo en voz alta y estoy consciente de su existencia. A pesar de mis esfuerzos, persiste. Mi maestra de dicción me advierte que, como es un acento muy leve, esto hace que sea aún más difícil eliminarlo por completo.

Reconozco que mi acento es parte de quién soy y de dónde vengo, pero también comprendo que para poder trabajar en el mercado anglosajón no debo tenerlo. Lo ideal sería poder "prenderlo y apagarlo" cuando guste.

Anoche vi la película The Artist, nominada 10 veces a los Oscar de este año y la nueva consentida de Hollywood. Una verdadera obra de arte, esta cinta narra la historia de un famoso actor de las películas silentes cuya carrera se ve amenazada por la introducción al mercado de las películas sonoras.

Durante esta transición, el "artista" lucha contra el no poder comunicarse. Vive una constante frustración porque su "silenciosa" vida se ve forzada a terminar. De acuerdo a él, la gente no lo quiere escuchar. ¡Se siente que no tiene voz, pues nunca la ha tenido!

Me pude identificar inmensamente con este personaje y su historia. Muchas veces me frustro cuando luego de tanto trabajo mi acento se escucha, alguien lo nota o pierdo trabajos a causa del mismo. Siento que mi leve acento es una barrera que no me permite continuar compartiendo mi talento con el resto del mundo. Este "impedimento" verbal limita mis oportunidades de trabajar y transmitir mi energía y pasión hacia el mundo.


The Artist me ayudó a recordar que, a veces, el deseo de trabajar y la pasión que uno siente por su profesión te ciegan. Te convences de que hay algo que "tienes" que cambiar. Sí estoy de acuerdo con estudiar, mejorar, crecer y que hay que acoplarse a los cambios de la industria, pero siempre y cuando no perdamos perspectiva de quienes somos y recordar que no hay nada que "tienes" que hacer. Es más poderoso "escoger" qué hacer, no "tener" que hacerlo. Y al final del día, hay que amar nuestras perfectas imperfecciones.

Sin contarles el sorprendente final de esta maravilla cinematográfica, sí les digo que el protagonista termina encontrando su propia voz. Algo que yo, poco a poco, estoy aprendiendo hacer. Al final del día, con o sin acento, el amor y la pasión que siento por mi trabajo se escucha igual.