El domingo fui a almorzar al Sta. Monica Seafood, un restaurante y mercado de mariscos que queda cerca de mi apartamento. Tomé mi bicicleta, llegué al restaurante donde me encontré con un amigo y nos sentamos en una mesita para dos.

A los cinco minutos, una mujer y un hombre ocuparon la mesa de al lado. Justo al ladito nuestro. Pido mi sopa de mariscos y mi emparedado de atún. No muy concentrada en lo que mi amigo me estaba contando, mis oídos escuchan una voz femenina que mi mente rápido reconoce. Automáticamente miro hacia mi izquierda, a la mesita de al lado, la que queda a tres pies de la mía.

Con su corto cabello rojo, sus pecas y su expresiva boca, mi ídola de la juventud estaba sentada a mi lado. Sentí un frío interno y mis pequeños ojos se agrandaron. Pobre de mi amigo, seguramente pensaba que el olor fuerte a pescado me provocaba irme. Sin embargo, lo que estaba viviendo era mi primer struck estelar (lo que los americanos definen como starstruck).

Luego de entrevistar a artistas de la talla de Javier Bardem, Sandra Bullock, Denzel Washington y Gwen Stefani, entre otros, y no sentir lo que sentí en ese momento, no lo podía creer. ¿Cómo era posible que lo estuviera sintiendo por alguien que ni tanta fama ya posee? La primera vez que vi la cinta Pretty in Pink lloré. Cuando vi Breakfast Club también lloré.

Eran los ochenta y pasaba por esos extraños años de la pubertad donde vas descubriendo que existe el bien y el mal, que hay gente buena y otras no tan buenas. Recién me estaba conociendo a mí misma. Me sentía extraña, sola y estaba segura de que nadie me entendía. Me identificaba por completo con estas películas. Al igual que muchas adolescentes en ese momento, Molly Ringwald era nuestro “yo” reflejado en la pantalla grande.

Crecimos, reímos y lloramos con ella. Ahora yo la tenía a mi lado y ni una palabra me salía de la boca. Estaba congelada. Tenía tantos deseos de decirle que crecí con ella, que era mi heroína, que estaba agradecida por hacer un poco mas fácil sobrevivir esos momentos difíciles de la pubertad, pero mi lengua no se movía. Muda estaba. Traicionada por mis nervios, me fui del local.

Sin poder recobrar las energías y el coraje para darle las gracias, pero con un fuerte olor a pescado, abandoné mi oportunidad de decirle: Gracias, Molly. En vez de eso, me monté en mi bicicleta donde pasé el día pedaleando y cantando Pretty in pink... isn’t sheeeee, pretty in pink... isn’t she! Quizás me la vuelva a encontrar. Quizás reaccione igual. De igual forma... ¡vi a mi ídolo!

Otro de los grandes placeres de vivir en Hollywood.