Fragmento de "Océlotl", libro de Jaime Montell

"Lágrimas de rabia, de impotencia, de tristeza, por la destrucción de todo lo que amamos, de todo lo que da sentido a nuestras vidas."

Al ver cómo sus tradiciones y su herencia cultural son masacradas por los españoles, Océlotl -el último sacerdote del valle de Anáhuac- huye lejos de su tierra, desafiando y resistiendo valientemente a las nuevas creencias impuestas.

En su viaje se encuentra con todo tipo de personajes, desde aquellos que se rindieron hasta los guerreros que luchaban por preservar su cultura. Posteriormente es apresado por herejía. En medio del horror, es testigo de la caída de México-Tenochtitlan y el comienzo de una nueva era.

Con una narrativa cautivadora y basada en hechos históricos, Océlotl es única en su género. Una novela llena de aventuras y misterios, en donde el reconocido historiador y novelista Jaime Montell, logra reconstruir admirablemente una época crucial de la historia de México.


"El autor tiene un don natural y una integridad intelectual poco frecuente [...] Montell hace obra nacional, obra cívica."

JEAN MEYER

Aquí el extracto:

Como animal enjaulado doy vueltas sin cesar en mi celda. Cuatro pasos por cuatro pasos, lo sé de memoria, los he dado infinidad de veces alrededor de esta maloliente mazmorra, esta celda situada justo al lado del palacio arzobispal de Tenochtitlan.

En un costado, informe y sucio, yace un montón de paja que no alcanza a cubrir un maltrecho petate sobre el que duermo o me tumbo; en un rincón está la cuba donde hago mis necesida- des, emite fétidos olores a orina rancia, a mierda. La luz del día se filtra por una pequeña y alta ventana enrejada, única abertura en los sólidos muros de piedra, además de una puerta de made- ra sin pulir, que cruje cuando se abre una o dos veces por día, ya sea cuando me traen mi magra pitanza en un cuenco de madera que invariablemente contiene frijoles (o más bien un caldo ne- gruzco donde nadan algunos frijoles), junto con tres o cuatro tortillas duras y una jícara con agua, o bien cuando vienen por mí para llevarme a la presencia de su señoría, el obispo Zumárraga, cuyo nombre detesto, quien, incansable, se complace en interro- garme interminablemente.

He perdido la cuenta de los días. Desde que cambiaron a mi hermano Mixcóatl a otra celda lejana me he quedado solo, solo con mis pensamientos, con mis recuerdos, con mi dolor, con mi ira, yo, Océlotl el sacerdote, el nigromante, el brujo, el hechice- ro, el nagual, el hombre-dios, el ocelote que acecha, por todos estos apelativos se me conoce, y ahora también por el de Juan Ucelo. Lo de Juan me fue impuesto cuando, al igual que toda mi gente, no tuve más opción que aceptar ser bautizado por los frailes con sus extraños ritos, en ceremonias masivas en las que ponen los mismos nombres a cientos, a miles de nosotros a la vez, nombres en castilla, nombres que, por razones que desconozco, son muy pocos: Juan, José, Pedro, Pablo, muchísimas Marías. Y Ucelo porque los castilla son incapaces de pronunciar la tl de nuestra lengua, incapaces de pronunciar ni de lejos la palabra océlotl, al igual que para mí me es difícil articular la doble rr de Zumárraga.

Hace mucho tiempo, o así me lo parece, casi como si de otra vida se tratara, ya estuve una vez en prisión, arrojado en ella por un déspota mayor que su señoría: el huey tlatoani mexica Moc- tezuma.

Un día, poco antes de la llegada de los blancos, Mocte- zuma envió emisarios a sus extensos dominios; iban con la orden de buscar hombres de conocimiento para llevarlos a Tenochtitlan, donde debían interpretar ciertos extraños y terribles augurios y sueños que el tirano padecía y que lo mantenían sin poder dormir ni reposar. Algunos de sus emisarios llegaron a Texcoco, la gran capital acolhua, donde yo vivía.

Fueron llevados a presencia de Cacamatzin, nuestro tlatoani, frente a quien se comportaron con la arrogancia que para entonces era característica de los mexicas. Moctezuma, le dijeron, padecía de horribles pesadillas; su palabra era ya tan sólo acerca de ciertos prodigios, de ciertos augurios sobre espantosas cosas por venir que amenazaban su trono, tal vez su vida misma.

Obsesionado por ello, su máximo anhelo era que fueran interpretadas por los poseedores de la sabiduría, de la tinta negra y roja, por esos a los que los castilla (que así llamo a estos seres blancos y barbados, pues dicen provenir de un país con ese nombre) tildan ahora de brujos, de naguales, de hechiceros, de hijos del diablo.

Imposible negarse a su mandato, por más que estuviera dis- frazado de petición; para este tiempo, hasta el poderoso señor de Acolhuacan se la pensaba dos veces antes de irritar a Moctezuma.

Fui escogido junto con algunos otros. Acudimos a Tenochtit- lan. Humildemente nos presentamos ante Moctezuma, el terrible señor, vestidos con burdas mantas de henequén, descalzos. Nos postramos tres veces conforme avanzábamos hasta cierta distancia de su icpali, de su trono, a la vez que decíamos: “señor, gran señor, poderoso señor”, con la vista dirigida al suelo; quien se atreviera a mirarle a los ojos sufría pena de muerte. Nuestras interpretaciones no fueron de su agrado. Sabíamos que algo insólito ocurriría en nuestro mundo. Los pochtecas, que recorrían amplios territorios, llevaban y traían mercancías de toda índole, al igual que noticias. Desde hacía algún tiempo coreaban los alarmantes rumores que corrían por la costa, en las tierras de los mayas, acerca de gentes y de bestias extrañas llegadas a las islas; decían que algunos fueron incluso arrojados por las olas del mar a sus orillas.

Moctezuma mismo tenía ya en su posesión ciertos objetos pro- venientes de estos seres. Nadie sabía a ciencia cierta quiénes eran, cuál su procedencia, cuál su naturaleza, ni qué buscaban o qué querían; habían llegado por la mar, salidos de entre las nubes y la niebla, por un camino que no conocíamos; sin embargo, como en visiones, empezamos a entrever que la llegada de esos seres extra- ños, blancos y barbados, provocaría un cataclismo que marcaría el fin de una era, tal como ahora se está cumpliendo.

Cuando comunicamos a Moctezuma nuestra creencia de que el final se aproximaba, el monarca, furioso, ordenó encarcelarnos y, posteriormente, matarnos. Yo logré escapar tras un año y doce días de prisión, gracias a la amistad de uno de los guardias, así como a la confusión que reinaba en esos momentos en que Moc- tezuma estaba preso a su vez, en el palacio de su padre Axayácatl, por órdenes de los seres blancos que habían hecho su entrada

La México-Tenochtitlan. Mi fuga generó rumores sobre mis su- puestos poderes sobrenaturales, rumores que al paso del tiempo se acrecentarían; la gente siempre está deseosa de creer en tales cosas; se decía que me había esfumado de prisión o que me había convertido en animal para lograrlo.