Transportarse dentro de la ciudad de México es una rutina de la que se puede escapar a través de un libro o con música, pero si eres el conductor, entretenerse durante el trayecto se complica.

Adrián pasa dos horas en su auto al día. Entre su casa en Ecatepec y su trabajo en la Colonia Del Valle hay una hora de distancia de ida y otra de regreso.

Una hora solamente. En ese lapso escucha música, o más bien la pone, pues su trabajo como supervisor de sistemas de una refresquera lo mantiene pegado a su teléfono. Para él, la solitaria hora en su auto pasa entre indicaciones, llamadas a proveedores y mensajes con su esposa. En sus palabras, intenta hacerla productiva.

La Macro Encuesta Vial de España revela que en ese país el 56 por ciento de los conductores viajan solos. En México no hay datos al respecto, pero un vistazo a cualquier avenida indica que no estamos tan alejados de la realidad ibérica.

Para Rogelio, quien maneja de Naucalpan a la citada colonia Del Valle, algo bueno tiene el tráfico: le da tres horas para pensar. “En ese tiempo pienso en ideas para el trabajo, ideas para escribir e ideas para vivir”, comenta. Pero también le saca provecho: revisa los anuncios de la “competencia” pues es publicista y aprovecha el tráfico en solitario para disfrutar de la publicidad que inunda la ciudad.

Conductores de tiempo completo

La cosa cambia si de un conductor de transporte público se trata. Manejan entre seis y diez horas al día, transportando a desconocidos y, encima, el Reglamento de Tránsito Metropolitano les prohibe contar con ayudantes. Pero se las ingenian para llevar compañía.

Apolonio Sotelo ha sido chofer por más de 30 años y desde hace cuatro viaja con Jhonny, un perro mestizo que anda por los asientos, entre los “¡sácate perro!” de los pasajeros y los intentos de “secuestro” de los niños.

En el pequeño departamento que Mario renta en los límites de la Delegación Álvaro Obregón no lo dejan tener mascotas. Por las noches deja a Johnny con su hermana y lo recoge a la una de la tarde para pasar tiempo juntos.

Para los pasajeros de la ruta 76, ya se volvió normal ver al perro, aunque a algunos no les agrada. “Nunca ha mordido a nadie, no se hace en la unidad, está bien educado. Tampoco molesta a nadie, al contrario, la gente lo molesta a él”, asegura Mario.

Hasta hace tres años no sólo iba con Johnny, sino con un hermano del perro: Lobo. “Era el más bonito. Se lo robaron de la unidad. Pegué carteles, ofrecí recompensa, pero no pude localizarlo”, finaliza.

Cristina, sin dar su apellido, era chofer de la ruta 18 hasta hace dos meses. Viajaba con sus hijos, un niño y una niña de 8y 6 años que iban en el asiento tras el del conductor.

“Me salí porque mi marido también es chofer, bendito sea Dios ya le va mejor y me pude salir a cuidar a mis hijos”, dice.