Me acomodo en mi butaca sin saber a ciencia cierta qué esperar de esta película. Uno nunca está preparado para ver lo que Precious muestra. Estamos acostumbrados a ver todo tipo de violencia en la cotidianeidad de nuestras vidas y, aún así, la violencia intrafamiliar mostrada en Precious te hace estremecerte y sentirte agudamente incómoda.

Yo no sé lo que pensaban los demás espectadores, sí sé que más de una lloraba a moco tendido, pero la única pregunta que me pasaba por la cabeza era: ¿cómo puede ser posible que esto suceda? Y sucede. Yo no sabía, una vez que la película terminó, cómo me sentía. Hay veces que algo te sacude tan fuertemente que la mente pone en marcha un mecanismo de defensa para que lo que duele, duela menos.

Precious da justo en una herida de género, honda, profunda e irresuelta, pero entonces uno reconoce que, quien sufre ahí en la pantalla, es sencillamente un ser humano, sin importar su sexo. Y uno se avergüenza entonces de quejarse de los problemas nimios de nuestra vida cuando descubrimos que allá afuera hay millones de personas sufriendo penas gigantes, colosales, en barrios pobres, en existencias insulsas, en vidas agrietadas y sórdidas.

Una vez fuera del cine, sentí un grueso nudo anclarse en mi garganta cuando finalmente pude decir: “no estoy haciendo suficiente por los demás”. La pena fue mayor cuando entendí que a veces queremos ayudar, pero siempre desde nuestra estrecha visión, a gente que quizá no tiene ni la más remota manera de entender de qué y cómo les hablamos cuando nos acercamos a ellos queriendo ayudarlos. Y entonces el gesto pasa así, desapercibido, sin dar en el blanco, sin ayudar realmente. Como balas de salva, que dando en el blanco no dan en realidad.

El amor es el amor. Punto. Los mensajes que son verdaderamente del corazón los puede entender cualquier persona en cualquier circunstancia de vida, los que no, son vacuos mensajes del ego. ¿Cuántas veces habremos querido ayudar egoístamente y fallamos en el intento de dar en y con el corazón? Entonces, cuando iba caminando hacia la salida, mi mirada se detuvo instintivamente frente al cristal de un restaurante que, allá, al fondo, ostentaba una barra de ensaladas suculenta. Arriba, escrito con tiza en una gran pizarra, se leía: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota de mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota: Madre Teresa de Calcuta”. La vida respondiendo. Yo, humildemente llorando.