Salvador Cabañas pasó a ser de famoso jugador de futbol a ejemplo de la corrupción en la Ciudad de México en forma instantánea. Un disparo que recibió en la cabeza la madrugada del lunes pasado generó un clima de linchamiento mediático, encabezado por Televisa, contra las autoridades.

Mientras Cabañas luchaba en el hospital contra la muerte, el furor se elevaba. El coro pedía que el delegado en la demarcación donde se encontraba el bar en el cual lo atacaron, que lleva escasos tres meses en el cargo, renunciara. Era objeto de denostación porque no conocía a los 14 verificadores que trabajan en la delegación a su cargo, que emplea a cientos de personas. Le recriminaban que no hubieran verificado el bar en el cual se atacó al futbolista, sin importar que en los 90 días en funciones, para el número estimado de negocios de todo tipo que se tienen que verificar, se necesitaría que cada uno hubiera ido a tres mil 521 de ellos, o lo que es lo mismo 40 por día, o 1.6 verificaciones por hora.

En Eduardo Santillán, el delegado en Álvaro Obregón, se galvanizó la indignación por el atentado a Cabañas. Los predicadores en televisión y radio descalificaban a todo aquel que insinuara que, en realidad, no eran ni horas ni el lugar como para que un deportista, aun en día de descanso, se emborrachara en un bar. A quienes buscaron ver las cosas desde otra perspectiva, se les fueron encima. No hubo margen de discrepancia. Cabañas era el bueno por encima de todas las cosas.

El atentado a Cabañas se dio la madrugada del lunes, entre las 5:18 horas de la mañana y las 5:20, cuando millones de capitalinos se preparan, más bien, a iniciar su jornada. Fue en el Bar Bar, un club privado que podía operar las 24 horas del día, en el cual había alrededor de 50 personas. Ni el futbolista ni su agresor eran clientes primerizos en el antro. ¿Quién puede ir a emborracharse hasta que amanece el sol en lunes? Quien no tiene obligaciones convencionales.

Cabañas llevaba cuatro horas ingiriendo bebidas alcohólicas, como demostró el examen toxicológico que le aplicaron en el hospital donde intentan salvarle la vida. Aunque iba con su esposa, junto con su concuño había estado comentando la belleza de unas bailarinas cubanas, una de las cuales comenzó a coquetear con su pariente político, desde la mesa en donde ella acompañaba al agresor de Cabañas, José Jorge Balderas. Quizás le pueda parecer normal a algunos que ese tipo de coqueteos y temeridad sea natural entre los hombres, pero en realidad cualquiera que tiene un poco de sentido común se cuida muy bien de no meterse en problemas en lugares donde se bebe alcohol sin moderación.

Hubo miradas y susurros entre la cubana y Balderas y su guardaespaldas, apodado Paco, pero no hubo reclamo. Empapados ambos en el alcohol, como se pudo apreciar en horas de grabación de las cámaras de seguridad, se hicieron de palabras en el baño por un reclamo de Balderas a Cabañas por fallar goles y éste le respondió desafiante. Se enfrentaron oralmente por una tontería, en un estado poco conveniente, y el futbolista retó a Balderas. Si él era Cabañas, ¿quien se atrevía a levantarle la voz, se atrevería a disparar? Pues sí, le pegó el tiro en la cabeza.

El escándalo era del porqué había un hombre armado dentro del bar, y se culpó a la autoridad. La responsabilidad de que se hubiera dado esa agresión en la madrugada, fue aprovechada para denunciar nuevamente a las autoridades, ignorando una vez más que era un club privado. Balderas no fue revisado cuando ingresó al antro, lo que motivó otra condena al Gobierno. Que la propiedad privada empieza cuando termina la calle, no parece relevante. Tampoco que el dueño, Simón Charaf, los conocía hace tiempo, mejor a Balderas que a Cabañas, pero no menos que a muchos otros deportistas y artistas, de equipos y programas de Televisa donde tiene una asociación empresarial y goza de uno de los palcos mejor ubicados que hay en el Estadio Azteca.

Cabañas y Balderas tuvieron esa madrugada un comportamiento anormal al que habían tenido en las tantas otras ocasiones en que fueron al Bar Bar, sin haber establecido ningún contacto previo; ni siquiera se saludaron durante esa noche. De Balderas poco se sabe. Su perfil psicológico será realizado una vez que lo detengan, si eso llega a suceder, y la opinión pública podrá determinar su grado de tolerancia y explosividad. De Cabañas, figura pública por ser un eficaz delantero, se sabe mucho más de su carácter.

Paraguayo, Cabañas ha mostrado en la cancha ser muy sanguíneo, temperamental y bronco. Ha sido un jugador echado para adelante y, como lo prueba la actitud tomada esa madrugada en el Bar Bar, hasta cierto punto irresponsable. Sólo los que no entienden la realidad en la que se encuentran en la Ciudad de México, son capaces de desafiar a desconocidos en la calle, menos aun en un bar. Abundan los casos donde por la menor provocación, matan a una persona que salió respondona, sienten que los miró feo o que, simplemente, no les gustó. Cabañas fue más allá con Balderas. Cuando le sacó la pistola, en lugar de recular –lo que tampoco garantiza que no le hubieran pegado el tiro–, encaró: “Tírale, tírale si tienes huevos”.

Ahora pasó a ser un número más en la estadística. Su caso no se limita al frío número por la prominencia de su figura. Pero esta misma tampoco le crea un halo de impunidad para sus errores y omisiones. Es muy triste lo que sucedió, como son harto lamentables los asesinatos que por encontrarse alguien en el lugar no indicado o haber desafiado su destino y apostar su capital de suerte, terminan abatidos. Sería muy injusto decir que Cabañas se ganó la agresión, porque no es cierto. Tampoco fue al Bar Bar de buscapleitos. Balderas –más allá de qué antecedentes pueda tener–, tampoco. Las críticas a Cabañas por haber estado bebiendo en el bar a esas horas no se fundan en lo moral, sino en la falta de sentido común del jugador. Estuvo en un sitio donde esas cosas sí pueden suceder, y se descuidó. Por supuesto, no deja de ser la víctima. Que paguen los responsables sí, pero que paguen todos. Que no se levanten cortinas de humo y se dibuje al mundo en blanco y negro.