Desafortunadamente la ciencia y la guerra están (y lo han estado desde siempre) estrechamente unidas.
Desde el estudio concienzudo de la manera de arrojar piedras o afilarlas para convertirlas en cuchillos en los albores de la humanidad, hasta los modernos ingenios (¿?) que destruyen a distancia, el desarrollo científico depende, en gran medida, de las necesidades militares.
Por otra parte, la evolución de los armamen-tos está vinculada con los avances científicos.
Así, podemos preguntarnos: ¿las computadoras surgen como respuesta a la necesidad de cálculos matemáticos complejos o son resultado de la ayuda para descodificar códigos de comunicación secretos entre los Ejércitos?
¿El desarrollo de la aviación inicia como simple pasatiempo de los dueños de una tienda de bicicletas que comenzaron a usarlas de manera diferente o respondió a una necesidad militar, lo que explica que los primeros contratos de los hermanos Wright incluyeran la venta de aeroplanos para el Ejército de los Estados Unidos y la capacitación de los primeros pilotos militares?
Esta dependencia entre ciencia y guerra debe cambiar, porque el futuro no es nada prometedor.
La nanotecnología, el código genético, la manipulación de microorganismos y la ingeniería genética podrían generar un arma biológica para atacar únicamente a cierto grupo de la población cumpliendo el sueño asesino de Hitler: la supremacía de una raza.
Aparentemente ése es ahora el sueño estadounidense, sin importar cuál sea el partido en el poder.
Y esto es para quitarle el sueño a cualquiera, ¿o no?
















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