Durante más de dos generaciones, Marcial Maciel fue el hombre todopoderoso de México que pocos mexicanos veían. El fundador de los Legionarios de Cristo tenía influencia, poder y dinero. Se mezclaba con políticos y empresarios, educaba a sus hijos, los entrenaba y los volvía religiosos. Era quien bautizaba y casaba a los hijos de la alta bur­gue­sía, quien arreglaba encuentros privados con el papa Juan Pablo II, alrededor de quien las personas más ricas de México revoloteaban y a quien los políticos cortejaban.

Era un hacedor de milagros terrenales, que no tenía prurito alguno en solicitar fondos millonarios para sus obras. Era un influyente intermediario, que hablaba todo el tiempo con los tomadores de decisión y los vinculaba. Su privilegiado acceso a las altas esferas en El Vaticano le inyectaba poder en México y Roma. El Vaticano le autorizó instalar la primera sede de Los Legionarios de Cristo en Roma en un lugar privilegiado cercano a la Santa Sede y restringido al resto de las órdenes. Por las calles italianas viajaba en un lujoso Mercedes-Benz negro, con placas de Coahuila que le había regalado el gobernador Óscar Flores Tapia.

Marcial Maciel concretó una larga carrera inimaginable para alguien que a los 14 años tomó un tren desde Tingüindín –a dos horas de su natal Cotija, en Michoacán–, hacia la Ciudad de México, con destino final en Puebla, donde entraría al seminario de los Carmelitas. Para estudiar la universidad viajó en el sótano de un barco hacia España, donde detonó sus sueños de poder.

En 1941 fundó los Legionarios de Cristo, durante décadas construyó un mito y desde la Vía Aurelia, una de las calles más viejas de Roma, levantó una orden con 800 sacerdotes en 22 países, con una membresía calculada en 70 mil personas. Edificó un imperio educativo a través de la educación en sus centros como el Instituto Cumbres, el Irlandés y la Universidad Anáhuac, por cuyas aulas pasaron los miembros más distinguidos del Grupo Monterrey, varios de los cuales son altos funcionarios de la congregación, y otros son invitados frecuentes a las listas de millonarios de Forbes.

Su vieja relación personal con Juan Pablo II le daba mayor poder conforme avanzaba el papado, pero se descuidó. En 1995 compró las publicaciones católicas en Estados Unidos, The National Catholic Reporter y Twin Circle, y sacudió el racismo anglosajón en New Haven, Connecticut, donde había levantado un seminario y sus asociados habían ingresado en los más exclusivos clubes de golf. El racismo en esa ciudad puso una lupa sobre los Legionarios de Cristo. Tardó un tiempo, pero llegó la oportunidad.

Varios de los antiguos alumnos del noviciado estaban murmurando que Maciel era un pederasta, lo que meses después llegó a oídos de un periodista independiente, Jason Berry, quien investigó los dichos y junto con el reportero de asuntos religiosos del periódico Hartford Courant, de la capital de Connecticut, publicaron un reportaje sobre la pederastia de Marcial Maciel el 23 de febrero de 1997. Un mes después, el entonces reportero del periódico La Jornada, Salvador Guerrero Chiprés, difundió los testimonios de los sacerdotes y ex religiosos que habían denunciado al diario estadounidense los abusos sexuales del padre Maciel. En mayo, dos meses después de la denuncia original, CNI Canal 40 difundió un programa donde varios de los mismos denunciantes aparecieron por primera vez en televisión.

Como sucedió desde el primer momento de la denuncia, los Legionarios de Cristo negaron todas las afirmaciones. Un halo de protección empresarial, que presionó para que no se difundiera nada sobre el tema, se impuso sobre los medios mexicanos, con sus excepciones. Funcionarios del Gobierno de Ernesto Zedillo se encargaron de reforzar la medida, amenazando a quienes quisieran di­fun­-
­dir la pederastia de Maciel. Tras CNI Canal 40, Carmen Aristegui y Javier Solórzano transmitieron su propia versión del mismo caso y, coincidencia o no, poco tiempo después desapareció de Televisa su programa, Círculo rojo.

Maciel gozaba de enorme impunidad, que creció durante el Gobierno de Vicente Fox y Marta Sahagún, al convertirse en una figura clave de las aspiraciones de la señora para casarse por la Iglesia con el Presidente. Para Sahagún, Maciel era la clave de la anulación de su primer matrimonio. El fundador de los Legionarios de Cristo ya no pudo lograrlo. Su pasado comenzaba a alcanzarlo.

El problema de la pederastia había explotado en Estados Unidos en una lucha política entre cardenales estadounidenses. Los vinculados a la esfera de poder de Chicago, que favorecían el multiculturalismo, en esa ciudad hay una gran comunidad polaca pelearon con éxito contra los anglosajones de Nueva Inglaterra y exhibieron su enfermedad. Aunque no estaban vinculados a Maciel, el nuevo contexto lo puso bajo los reflectores. Juan Pablo II ya no pudo seguir protegiéndolo y ordenó al entonces cardenal y vigilante de la doctrina de la fe, Joseph Ratzinger, investigarlo. Cuando Ratzinger se convirtió en Benedicto XVI, lo forzó a retirarse del Ministerio Público.

La protección de Fox, Sahagún y de los principales empresarios y dueños de medios de comunicación, impidió que se hundiera mientras vivía. Maciel murió en 2008 a los 87 años y se comenzaron a abrir las compuertas de su vida secreta. Hace poco tiempo se reveló que además de pederasta, había tenido una esposa y procreado un hijo, en una doble vida que cimbró a sus seguidores, algunos de los cuales estaban luchando por su canonización. Hace unos días estalló un nuevo conflicto en el seno de los Legionarios de Cristo, cuando se hizo pública una demanda por 25 millones de dólares de otra persona que dice ser hijo de él, y que empezaran a circular informaciones dentro de la orden que cinco hijos más de Maciel sumaban un total vergonzoso.

Desde hace varias semanas se viene cuestionando internamente a los financieros y directores de los Legionarios de Cristo, porque dicen otros miembros que es imposible que no supieran los pasos de su fundador, y que tampoco le financiaran sus retiros trimestrales. Se sienten engañados por ellos y timados por Maciel, en quien tanto creyeron, a quien tanto siguieron y quien, después de muer-
to, los ha seguido lastimando y avergonzando. Maciel dejó de ser el santo que creían, y se reveló como un mortal con algunos de los peores rasgos de la condición humana. Con su viejo poder e impunidad desaparecidos, se está reescribiendo su historia.