Hace tiempo no producía México un gobernador con tanto folclor, arrebatos y ocurrencias. La última fue la firma de convenios en toda la nación para que las instalaciones de los Juegos Panamericanos, que tendrán su sede en Guadalajara este otoño, puedan ser utilizadas por cualquier habitante del país.
Si usted no entendió qué tiene que ver una cosa con otra, no importa. No hay lógica en esa acción, salvo el que González Márquez, gobernador de Jalisco, no encontró nada más original y sensato para recorrer el país en su precampaña presidencial.
Séptimo de los candidatos del PAN que aspiran a la nominación presidencial, González Márquez es el único que es gobernador y el más primitivo.
Su inclusión en la lista de presidenciables no es por su estatura política, sino a que es el lugar que se abrió a la extrema derecha del partido. No podía ser el jefe del grupo, el gobernador de Morelos, Marco Adame, salpicado por todos lados por la delincuencia organizada, ni el de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, que corrió tan rápido por la candidatura, que el partido lo congeló y lo dejó sin poder dentro del Consejo Político Nacional, que ungirá al nominado.
González Márquez era lo único que tenían, no por mejor, sino por viable. Funcionarios panistas entienden que su participación en la bolsa de presidenciables es un mensaje para la extrema derecha de que no serán excluidos en el proceso.
La extrema derecha del PAN representa menos de 20% de los militantes, pero por volumen y posiciones –gubernaturas en dos de los estados con mayor peso electoral, uniones de padres de familia, centrales patronales y varios sectores de la jerarquía eclesiástica–, son un grupo de interés con el que necesariamente, quien resulte candidato, tendrá que negociar.
González Márquez, con su arranque de precampaña hace poco más de una semana, busca elevar el valor de la divisa de esa facción panista. Si piensa que no tiene aspiraciones para alcanzar la candidatura, en una evaluación autocrítica, es algo que oculta. Se comporta con arrogancia, echado para adelante, como si un poder celestial lo acompañara en su carrera por la candidatura y estuviera a la altura de las expectativas nacionales.
Pero de todos los aspirantes panistas, es al único que sus contendientes no tendrían problema para destruirlo en una competencia, por lo absurdo de muchos de sus comportamientos y por sus arranques violentos. González Márquez ha sido prolijo en situaciones que lo descalifican como político y como persona, que, al mismo tiempo, lo pintan como un bufón.
En septiembre del año pasado, por ejemplo, sostuvo una agria discusión con el alcalde de Guadalajara, el priísta Jorge Aristóteles Sandoval. Sin muchos recursos para el alegato, decidió que mejor se iba a un bar para bajar la tensión. La molestia sólo se trasladó del priísta hacia el ex rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla, en medio de un conflicto entre la institución y su Gobierno.
González Márquez fue a su casa empapado en alcohol, para irle “a decir algunas verdades”. La situación fue tan incómoda que sus escoltas llamaron al secretario general de Gobierno para que fuera a rescatarlo de tan penosa situación. Desde ese momento le dicen Etilio, un mote que no le gusta, pero no puede rebatir.
González Márquez no nació panista, sino sinarquista. Empezó en la política como miembro del Partido Demócrata Mexicano, cuyas raíces alimenta con dinero.
En 2008 le entregó 90 millones de pesos del erario público a la Iglesia católica –que en el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Juan José Sandoval Íñiguez, tiene un magno representante del extremismo conservador– para la construcción del santuario de los mártires cristeros.
Recibió metralla política por la donación, pero una vez más, empapado en el alcohol, volvió a mostrar su alma desnuda durante un evento de beneficencia pública. “Yo tengo poco de gobernador, pero a lo mejor ya se dieron cuenta que a mí, lo que algunos poquitos dicen, ¡me vale madre!”, dijo. “Así de fácil. No me importa, me cae. Don Juan (Sandoval Íñiguez), absuélvame desde allá. Además, estamos haciendo un buen desmadre don Juan. ¿Sí o no? ¡Digan lo que quieran y, perdón, señor cardenal, que chinguen a su madre”.
El gobernador ni se inmuta ni se avergüenza. Hace unos días, en una entrevista con José Cárdenas en Radio Fórmu-la, admitió que su lenguaje es franco y directo, que utilizó como eufemismos de obsceno. Las confusiones no importan. Su rol como gobernador, tampoco.
No entiende que las figuras públicas son modelos a seguir y que sus comportamientos proyectan, en realidad, un patán.
La construcción de su figura ha sido polémica, por decir lo menos. En 2007 declaró que la distribución de condones en Jalisco, que inició el Consejo Estatal para la Prevención del SIDA, sería como darles “un six de cerveza” a los jóvenes, y que esa campaña sólo debería estar dirigida a homosexuales.
En octubre del año pasado, cuando se autorizaron en el Distrito Federal matrimonios entre personas del mismo sexo, aseguró que esa acción le daba “asquito”.
Homofóbico y rudimentario, González Márquez ha buscado blindarse y congraciarse con la televisión. En 2007 le dio a Televisa, 67 millones de pesos para la realización de su programa anual juvenil Espacio, que sacó del Fondo de Desastres. En 2008, le pagó otros 12 millones para que varios episodios de la telenovela Las tontas no van al cielo se grabaran en Jalisco.
En su propia cosmogonía, el gobernador que nació en Lagos de Moreno, cuna cristera, no ha hecho mucho por ir al cielo. Pero políticamente sí ha hecho mucho para que su precandidatura a la Presidencia sea tomada como una más de sus ocurrencias obscenas.















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