Hay muchos ejemplos para establecer que varias veces los directivos cometen graves errores que repercuten en daños a su institución, bien sea porque obraron por intuición, por recomendación de algún promotor, por enseñar su experiencia o porque padecen el llamado “capricho de la fe”.

Tal vez el caso más singular sea el de Jorge Vergara, que ni invierte en refuerzos porque cree que la cantera es suficiente, pero tampoco cree ciega­mente en esa filosofía, porque en cuanto surge un buen prospecto, lo vende. Es decir: usa la filosofía de la cantera para engordar la chequera. Si el objetivo fuera deportivo, Jorge Vergara hubiera esperado a que El Chicharito Javier Hernández consiguiera algún título para Chivas, pero lo vendió cuando apenas empezaba a ser productivo con goles. La venta Manchester United le dejó a su economía personal 10 millones de dólares, para una inversión mínima en su jugador, ya que El Chicharito jugó cuatro años con Chivas. En los dos primeros ganaba 70 mil pesos al mes y en los dos últimos años 160 mil mensuales. Cuando el negocio llamó, Vergara sacrificó la cantera.

Otro caso patético es el de Santos, cuyo entrenador Diego Martín Cocca nunca se imaginó encontrar un panorama como el actual. Desde que llegó, lleva cinco derrotas consecutivas (dos ante Cruz Azul en los cuartos de final de la Concachampions y en la liga frente a Necaxa, América y Toluca). Su presidente Alejandro Irarragorri, decidió despedir a Rubén Omar Romano hace 22 días por supuestos insultos a un sector de aficionados, en la derrota en casa ante Querétaro, pero todo mundo sabe que la decisión estaba cocinada desde hacía varios meses. A Irarragorri no le gustó que Romano perdiera dos finales seguidas, pero su problema es que ahora Santos está al borde de la eliminación en su grupo, donde ocupa el último lugar y la posición 16 entre 18 en la tabla general. Este “capricho de la fe” que puso en Cocca al despedir sin causa justificada ha puesto en riesgo el éxito institucional del Santos en este torneo.

Otro caso fue el capricho de Michel Bauer con el América, a quien le exigían la presencia de un americanista de cepa en la banca, pero optó por la experiencia de Manuel Lapuente, dejando fuera al inicio del torneo a Carlos Reinoso, quien luego habló con el mismísimo dueño del equipo para volver a la banca. Bauer también cometió otro error: se asesoró fuera de la oficina con el promotor “non grato” (así lo nombró la Femexfut), Guillermo Lara, quien le metió a dos jugadores que son de su propiedad y que no parecen cumplir el estándar de calidad del América (Miguel Layún y Nicolás Olivera).

Una decisión más por ignorancia que por capricho es el armado del Atlas en este torneo. Incorporó extranjeros sin seña de identidad con la historia atlista, los cuales se demostró que no pueden jugar clásicos porque son “pecho frío” y no están a la altura del futbol mexicano. Hay tres plazas de extranjeros mal empleadas porque ni el colombiano Michael Ortega, ni el hondureño Carlo Costly ni el brasileño Lucio Flavio dos Santos han sido productivos en el torneo y fueron una vergüenza en el clásico. Esos errores en las contrataciones de extranjeros los llamaríamos “errores de ignorancia” de la directiva del Atlas, o peor aún: errores por llevar algún beneficio en la compra o renta de algún jugador.