Para llegar a ella había que descender del nivel del suelo por pasillos angostos y oscuros, hasta llegar a una ala escondida y con cámaras de circuito cerrado 24 horas al día. Era de máxima seguridad. Quienes lo visitaban ahí veían a un hombre débil física y mentalmente, desesperado. Uno de ellos era su abogado, Juan Collado, a quien en una ocasión recibió con gritos y exigencias.
Ahumada le pedía que fuera a Los Pinos para hablar con Marta Sahagún, la mujer más poderosa en el Gobierno de su esposo Vicente Fox, y que le diera el dinero que le había prometido. Que fuera con Rafael Macedo de la Concha, su amigo el ex procurador general, para pedirle recursos y poder salvar su imperio constructor. Collado, que sabía que las autoridades escuchaban y oían todo lo que ahí sucedía, repetía que de qué estaba hablando. Collado sí debe haber sabido de lo que hablaba Ahumada, pues fue uno de los facilitadores del complot que buscó descarrilar la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador.
Cuando Ahumada ofreció los videos de supuesta corrupción en el equipo de López Obrador, recibió ofrecimientos de dinero, del ex presidente Carlos Salinas de Gortari –con quien lo llevó Collado-, pero sobretodo de Sahagún, la entonces primera dama, que además ofreció el blindaje jurídico y financiero del Gobierno federal a cambio de los materiales. Cuánto le ofrecieron en dinero sigue siendo un misterio, pero por la forma como vivió tras ser puesto en libertad, es probable que no hubiera recibido mucho efectivo de sus patrocinadores. Empero, tampoco quedó sin respaldo.
Era mentira, como le gritó a Collado, que no le habían cumplido lo que habían ofrecido. Quizás no todo, pero lo suficiente --y más--, para que se volviera a levantar. Ahumada era un constructor que perdió casi todo cuando el Gobierno del Distrito Federal lo persiguió y le cerró todas las puertas para contratos. Sus amigos gobernadores, como Lázaro Cárdenas, de Michoacán; Arturo Montiel, del Estado de México; y René Juárez, de Guerrero, que lo habían ayudado con obra pública, se alejaron de él antes de que los envolviera en sus problemas político-legales.
Sin embargo, una parte importante de su fortuna, en bienes raíces, quedó protegida por la estrategia autorizada por la señora Sahagún, que operaron el ex procurador Macedo y la Secretaría de Hacienda, encabezada en ese entonces por Francisco Gil. Lo primero que se hizo al estallar el escándalo por los videos, fue que la PGR se adelantara a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y asegurara los ocho mil metros cuadrados en el terreno donde estaba instalado su periódico El Independiente.
Las autoridades capitalinas tomaron la sede del Grupo Quart, el nombre de su empresa, en busca de las videograbaciones, pero no encontraron nada. Desde un mes antes, un cerrado grupo de leales de Ahumada trasladó todo el sistema de grabación que tenía en la sede de Quart, a las oficinas alternas que tenía en El Independiente. Ahí se procesaron los videos en las madrugadas, cuando no había nadie en el periódico, donde su cuñada, Beatriz Gurza, editó los materiales que iban a entregarse a Televisa. Todo el acervo de videos y la documentación confidencial de Ahumada se guardaron en ese territorio protegido por la PGR. Cuando finalmente desaseguró la instalación, ya no había nada relevante para el caso.
La Secretaría de Hacienda aseguró bienes por presuntos adeudos fiscales, y a través del Sistema de Administración Tributaria comenzó a blindar sus cuentas para impedir que fueran congeladas.
Los abogados del SAT actuaron por encima de sus facultades, y en varios juicios laborales en la Junta de Conciliación y Arbitraje del Distrito Federal, acudieron a litigar en su nombre. Las presiones políticas federales sobre las capitalinas permitieron que se concluyeran juicios en su favor, omitiendo las irregularidades del proceso, pese a que el organismo capitalino estaba bajo control político del PRD. “Usted me entiende –dijo un juez cuando falló en contra de un demandante de Ahumada-, pero presiones de arriba me obligan a fallas de esa manera”.
Cuando menos un juez ofreció redactar la sentencia de una forma tan errática, que cuando llegara a la apelación en un tribunal federal, el demandante ganara el juicio. En un caso que así sucedió, dos de tres jueces federales que estudiaban una demanda por 30 millones de pesos contra Ahumada, anticiparon que votarían en favor del demandante. Pero horas después, Ahumada ganó el juicio por tres votos contra cero. Ese tipo de protección de Hacienda y la PGR impidió que Ahumada perdiera lo que le quedaba de su fortuna o tuviera que vender sus propiedades para pagar los juicios perdidos. El blindaje ofrecido por la señora Sahagún en Los Pinos fue cumplido.
En la cárcel, desesperado, Ahumada pedía que le pagaran el dinero en efectivo que le habían prometido. Que paguen, le gritó a Collado, que cumplan el acuerdo. El abogado ya no lo escuchó. Sus viejos aliados ciertamente lo habían abandonado a su suerte jurídica y política. “No fue confiable”, dijo un ex político que lo ayudó en su momento. “Estaba loco”. El acuerdo era que los políticos iban a ir dosificando los videos. Sin embargo, agrego, tan pronto salió el primero de René Bejarano, ex jefe de asesores de López Obrador, recibiendo 50 mil pesos, Ahumada rompió la estrategia y empezó a ofrecer videos directa-mente a medios de comunicación desde La Habana, donde se encontraba escondido. Varios comenzaron a aparecer en la televisión, entregados por sus personeros, que generaron escándalo efímero.
La atomización de los videos y la aparición de personajes de diferentes corrientes, incluidos algunos adversarios políticos de López Obrador, provocaron que el impacto contra quien sería candidato a la Presidencia, se mitigara. La desesperación de Ahumada de querer ver postrado a López Obrador o su enorme autoestima de pensar que era más hábil y eficiente que los políticos de oficio, alteró la ruta de su venganza. El Gobierno federal lo protegió, en efecto, pero ya no le pagó en líquido. El negocio político y económico de su vida se frustró. Él construyó la oportunidad, y él mismo la destruyó. Ahumada fue tirado a la basura, y por el claro resentimiento que carga, ya se dio cuenta del sitio donde ahora se encuentra en México.












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