En la oficina de Nicolás Mollinedo, el hombre de las mayores confianzas de Andrés Manuel López Obrador, hay una fotografía que cuelga desde hace años junto a su escritorio, donde están Manuel Camacho, en ese entonces regente del Distrito Federal, y su secretario general de Gobierno, Marcelo Ebrard. La imagen tiene como fondo un enorme cartel de Carlos Salinas con la banda presidencial. Nico, como se le conoce a Mollinedo, posee la imagen como un recordatorio de la desconfianza que les tienen él y su amigo y como un semáforo verde para que sus grupos afines hostiguen permanentemente a Ebrard.
La política mexicana, llena de espejos y sombras, lo es también de desmemoria. Es cierto que Camacho –que fraguó con Salinas el asalto al poder desde que eran compañeros en la Facultad de Economía– y Ebrard trabajaron con él. Igual sucedió con Enrique González Pedrero, que elaboró el programa de campaña del entonces candidato presidencial del PRI, quien a su triunfo lo hizo gobernador de Tabasco, donde López Obrador fue uno de sus principales operadores sociales.
Camacho, Ebrard y López Obrador tienen un largo camino juntos, de complicidades políticas, que vienen desde los noventa; y que de alguna manera los rescató y los incorporó al PRD. Fue un pago generoso por todo el dinero en efectivo y en especie que le dio el Departamento del Distrito Federal durante el Gobierno de Salinas, para pagar las marchas de petroleros desde Villahermosa a la capital y los viáticos para mantener la protesta en la plancha del Zócalo.
Los tres bebieron del mismo manantial, pero la frágil memoria mexicana ha obligado a Ebrard a luchar contra esos fantasmas que lo acosan y hostigan. No quieren, en el núcleo duro de López Obrador, que crezca en las encuestas electorales, y para evitar que se convierta en un adversario real en la candidatura presidencial de la izquierda a finales de año, tratan, de una vez, de descarrillarlo.
Las lanzas son muy afiladas. El caso más grotesco de las últimas semanas lo hizo el jefe informal de la pre-campaña–propaganda de López Obrador, Federico Arreola, quien era adorador de Salinas: –llegó a pedir su reelección–, se convirtió en la fuga lúdica de Luis Donaldo Colosio y una semana después de que Ernesto Zedillo fuera nombrado su reemplazo, se olvidó del sonorense asesinado –también en forma pública–, y pidió ir a la cargada con el nuevo candidato presidencial. Arreola, quien acusó en su momento a Camacho de haber sido causante del asesinato de Colosio, decidió hace un par de semanas incluir a Ebrard como corresponsable del crimen.
La pelea que enfrenta Ebrard es de lodo. Esquiva y se cuida. Prudente e inteligente, su racionalidad y frialdad, paradójicamente, son las principales deficiencias en su aspiración presidencial. La política electoral no es para los racionales, sino para quienes combinan inteligencia con estómago. Es de pasión, de instinto, de rabia, de frustración no contenida, lo que da la fuerza a quien quiere subir la escalera del poder. El jefe de Gobierno del Distrito Federal es calculador y la abstracción de su pensamiento político lo hace distante.
En los tiempos en que Camacho tuvo un arrebato al no ser el candidato presidencial del PRI en 1993, fue Ebrard quien mantuvo la calma. La turbulencia que provocó Camacho al renunciar a la regencia, ser efímero canciller y protagónico negociador para la paz en Chiapas, siempre fue tratada de contener por Ebrard; su alumno en el Colegio de México. No sólo lo acompañó en la desgracia posterior, sino que le proporcionó un sentido de pertenencia y trabajó con él en la construcción de un partido –cuya sede estaba en una amplia casona en la colonia Del Valle que era propiedad de la abuela de Ebrard–, de nulo éxito electoral.
Ebrard se regeneró más rápido que su maestro en la política y se hizo diputado federal por el Partido Verde, que fue la plataforma utilizada mientras con Camacho construía el Partido de Centro Democrático. En las elecciones de 2000, Camacho fue un frustrado candidato presidencial, mientras Ebrard, que contendió por el Distrito Federal, monetizó sus puntos electorales y declinó a favor de López Obrador, de quien más adelante fue consejero, secretario de Seguridad, de Desarrollo Social y su delfín para la jefatura de Gobierno.
Aquellas épocas donde él era segundo, primero con Camacho y luego con López Obrador, se han ido por razones generacionales y de coyunturas. Camacho no es su rival, sino su aliado, pero López Obrador, su viejo aliado, es ahora su adversario. Ebrard prepara sus tiempos y el espacio para concretar su precampaña presidencial y disputarle la candidatura a uno de los políticos más fenomenales de la última generación.
En septiembre del año pasado se presentó en público la Fundación Equidad y Progreso, cuyo propósito era generar los documentos de trabajo que conformarían la plataforma política del candidato Marcelo. Envió a dirigirla a su amigo de juventud, René Cervera, quien dejó la jefatura de la Oficina para armar el embrión del futuro. Algunos cercanos a Ebrard brincaron en ese momento a la Fundación y otros más se han incorporado a ella en las últimas semanas.
Sin embargo, la fundación se ha distraído de su función primaria y no ha generado el tipo de apoyos y alianzas en el país para fortalecer a Ebrard. Ha sido el mismo jefe de Gobierno, con apoyos a candidatos a puestos de elección popular; negociaciones en el PRD para consolidar posiciones –la llegada, por ejemplo, de Armando Ríos Piter a la coordinación de la bancada en San Lázaro– y una promoción abierta por las alianzas, como ha ganado espacios.
Pero en la política no ganan sólo los esfuerzos individuales y voluntaristas; se requiere apoyo, estructura y proyecto. La fundación no le ha dado el proyecto y el apoyo y la estructura la está teniendo que construir sobre la base de negociaciones con grupos políticos que son muy costosos –como Nueva Izquierda, la corriente de Los Chuchos–, y a trompicones y con dificultades, con el Movimiento Nacional de la Esperanza –de René Bejarano y Dolores Padierna–. En este sentido, se encuentra aún muy lejos de López Obrador.
¿Ebrard será capaz de remontar las desventajas y empatar la contienda con López Obrador para disputarle la candidatura presidencial? La mayoría de los políticos y los medios creen que eso no será posible. Ebrard es un político calculador como pocos hay en el escenario mexicano. Uno pensaría que ha previsto todos los escenarios, con sus costos y beneficios, pero el tiempo se le acaba. Ebrard no sólo tiene que decir que quiere para él 2012, sino demostrarlo, con hechos, instinto y pasión. Su cabeza estratégica, lamentablemente para él, no es suficiente.















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