Primer acto. Maquillaje priísta

Si los homosexuales no cuidan a los niños de su sangre, menos a los que adoptan, porque tienden a violarlos, fueron las ideas apocalípticas del asambleísta Cristian Vargas, sacerdote de la homofobia, dipiojúligan (léase: diputado-piojo-hooligan) e infaltable rostro del nuevo PRI.

Muchos, pero muchos legisladores mexicanos utilizan el famoso fuero a su conveniencia en medio de la ilegalidad y la incongruencia. Siempre sonriendo porque a ellos los protege la gracia divina de la impunidad

Si no podemos reelegir a los buenos, menos castigar a los inútiles. Por ahora sólo nos queda contemplar sus hipócritas disculpas, alimento de la desmemoria. Pinche impunidad.

¿Éste es el PRI que quiere llegar a Los Pinos? PRInosaurio que avanza con la energía juvenil del dipiojúligan como Vargas, que ruge con la garganta de la homofobia de Oscar Levin Coopel, que viste el huipil de la indiferencia de Beatriz Paredes?

Segundo acto. Si yo fuera fuero

En estos debates está probado que lo ideal no es, ni debe ser, un escenario donde la homogeneidad y la imposición reinen entre las ideologías y opiniones. Pensar distinto enriquece, siempre que evitemos las condenas fundamentadas en el odio o la fobia a lo diferente.

La de Vargas fue una estupidez emanada de una borrachera de poder que eructa un quehacer legislativo de tercera y deviene en una resaca asquerosa que es el nivel en nuestra política.

¿Quiénes son responsables en esta situación? ¿Sólo Vargas, Coopel, Paredes, o aquellos de ese y otros partidos que intoleran? No, la responsabilidad alcanza al querido lector, a mí y los demás jugadores de esta democracia, porque seguimos votando por este tipo de legisladores, porque nuestro debate se ciñe a las descalificaciones y acusaciones con supuestos.

Cuando decimos que los jóvenes debemos estar en los espacios de decisión, no nos referimos a diputados como Vargas. Esa calaña me causa pena y vergüenza.

En el proscenio
El priísta Cristian Vargas intentó robar una bici, agredió a su madre y destruyó una puerta de cristal en la ALDF, porque su oficina no tenía vista al Zócalo de la capital. No, esos jóvenes en la política no.