En una semana le llovió de todo a Andrés Manuel López Obrador: de loco a irresponsable, de autoritario a soberbio. También provocó todo tipo de sabores y decepciones. Entre sus críticos de siempre, nada nuevo. Entre sus viejos aliados, la sorpresa por lo inesperado de sus acciones en Iztapalapa, cuyo nombre ya no requiere explicación.

Iztapalapa, la gran delegación capitalina donde las tribus del PRD luchan por el control político –granero de votos perredistas– y presupuestal – tres mil 500 millones de pesos al año–, se está convirtiendo en el prólogo del parteaguas que definirá a la izquierda mexicana tras las elecciones del 5 de julio. Si las cosas siguieran en forma seria su desenlace, López Obrador tendría que ser expulsado del PRD por violar varios estatutos, como el hecho de apoyar a un partido diferente en los comicios federales. Pero al mismo tiempo, López Obrador tendría que renunciar al PRD por ser un partido a cuyos dirigentes no respeta, y se refiere en términos positivos únicamente a sus militantes, a quienes lleva meses pidiéndoles que voten por los candidatos del Partido del Trabajo (PT).

Es decir, si la realidad pudiera tomarse como lo que es, sin enredos sibilinos, se diría claramente que López Obrador dejó de responder a los intereses del PRD y que el PRD dejó de tener compromisos con él. Y que también, el PT, el partido que fue fundado por Raúl Salinas de Gortari cuando su hermano era Presidente, co­mo una estrategia para fortalecer el sistema de partidos en México e ir reemplazando a los partidos satélites del PRI que habían de­jado de ser funcionales –¿recuerdan al Partido Po­pular Socialista y al Partido Auténtico de la Revolución Mexicana? – se ha convertido en el embrión de lo que será su futuro político.

Pero aquí es donde uno entra en la contradicción sobre lo que es López Obrador. ¿Es realmente un político? Si se aplica el rigor de la ciencia política, se puede argumentar que el ex candidato presidencial no lo es, pues no persigue el poder a través de los mecanismos univer­sales de forjar alianzas tácticas con amigos y enemigos, y tragarse todos los sapos posibles, porque el fin del po­der justifica los medios por los cuales se llega a él. En este sentido, López Obrador está muy lejos de la categorización de un político universal, y la campaña presidencial en 2006 lo demuestra claramente con dos episodios que le habrían permitido consolidar o forjar alianzas que lo hubieran llevado a la pre­si­dencia.

Uno, enfrentado con Televisa, el entonces rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, invitó a una comida secreta en la Rectoría a López Obrador y a Bernardo Gómez, el vicepresidente de Televisa y mariscal de campo de todos los asuntos políticos de la empresa, para que platicaran sus diferencias, resolvieran los agravios recíprocos que les permitieran salir de Ciudad Universitaria como aliados nuevamente. La comida fue un desastre y terminaron a manotazos sobre la mesa ante el fracaso de De la Fuente como mediador eficaz. En el otro, la maestra Elba Esther Gordillo le envió un mensa­je para platicar con él, y a través del mismo correo, Manuel Camacho respondió: con mu­cho gusto, después del 2 de julio.

No quería tener compromiso alguno con la dirigente magisterial y menos aún el apoyo de su gremio. Gordillo tomó el teléfono, se comunicó con Felipe Cal­de­rón y al día siguiente, literalmente ha­blando, empezó a construirse la alianza magisterial para el candidato panista. Pero entonces, si López Obrador no es político, ¿qué es? Durante toda su vida lo que ha hecho es política, pero no como un político, sino como un agente de cambio. Desde el punto de vista aristotélico, es un animal político, y desde el punto de vista operativo, es un activista social. Es un agitador natural y un provoca­dor. Es un personaje carismático que persuade audiencias absolutamente heterogéneas. Lo han admirado desde pobres hasta millonarios –como los empresarios Carlos Slim o Lorenzo Zambrano.

Lo han respaldado desde los menos educados, hasta los más ilustrados –De la Fuen­te no es sino parte de un coro de intelectuales y pensadores que jugaron con él hasta el final–. Ha convencido a los más demócratas sin ser un demócrata y buscando el bien común a través de prácticas absolutistas, con una carta blanca absoluta de sus seguidores.

Lo han llamado mesiánico por su actuar como de iluminado y para explicar el fundamentalismo político que lo ha regido durante toda su vida, y lo suelen inscribir en los parámetros del caudillismo que son parte de la historia latinoamericana. Pero no es, definitivamente, Juan Domingo Perón ni Juan Velasco Alvarado, mucho menos Hugo Chávez o Fidel Castro. Hombre que profesa el protestantismo, López Obrador es, antes que nada, un hombre profundamente teocrático, y la teología domina su vida e influye profundamente su discurso.

Para él, la vida se trata del bien o del mal, de los ricos o los pobres, de los amigos o los enemigos, de la salvación o el paraíso. Es grotescamente maniqueo, pero no por una manipulación política per se, sino derivada de su formación política–religiosa. Su retórica es de sacrificio si éste tiene como consecuencia la salvación de la mayoría, y permanentemente se ubica en la parte victimizada, sobre la que todos los poderes confabulan no para acabar con él, sino para demoler el proyecto de sociedad –que no de país– que ha venido construyendo en el largo camino desde que dejó Macuspana.

La forma como se metió López Obrador en el sique mexicano, se puede argumentar, está muy vinculada al discurso teológico que entró fácilmente en una sociedad católica, acostumbrada culturalmente a adorar dioses y a manejarse dentro de una organización vertical. En este sentido, López Obrador es un fenómeno que se asemeja mucho más a los imanes iraníes, que ejercen enorme poder sobre la sociedad, pero apartados de las instituciones, fuera de las estructuras de orden político tradicional, pero cuya palabra es ley. La complejidad de Ló­pez Obrador lo convierte en un sujeto político di­fícil de asir, y quien, pese a ser tan fácil de predecir, tiene una misteriosa capacidad para se­guir haciendo, hasta hoy, que las cosas sigan gi­rando en torno a él.