Ése es el caso de Jesús El Cabrito Arellano, del que me jactó haberlo conocido desde hace 18 años cuando apenas iniciaba en esta carrera con los Rayados y donde pasó por amargas experiencias, que cerca estuvieron de alejarlo de esta profesión.

Debo reconocer y agradecer a quien ese momento fue clave para que Jesús siguiera en el futbol, a Juan René Vega, en ese momento vicepresidente de los Rayados y factor clave para lo que hoy el Cabrito ha hecho en esta carrera.


Verlo el sábado ante el Querétaro y haber sido la pieza fundamental para que el Monterrey saliera con la victoria, en un partido que se decidió hasta los últimos minutos, me retornó a aquellos años cuando Arellano apenas empezaba, caracolero como pocos y uno de los jugadores más hábiles que he visto en los últimos años.

El sábado su ingreso le cambió la cara al equipo y fue la válvula con la que encontraron la victoria ante un rival que le apostó al empatito y a todos desesperó, hasta que la chispa de Chuy le dio rumbo al juego y con ello una victoria más para los albiazules.

Con eso me quedo, más allá del resultado con el que golearon al Querétaro y del empate que consiguió Tigres ayer en el Azteca ante el América.

Los felinos siguen mostrando falta de personalidad, suman seis partidos sin ganar y sigo pensando que la mano de Daniel Guzmán no da más.

Lo de Everton sigue siendo un rotundo fracaso y todavía no terminan de pagar la millonaria cifra que acordaron por él.

No cabe duda que mientras sigan ponderando más la parte económica sobre la deportiva, Tigres estará condenado al fracaso. Por eso mi atención la centro en un jugador fuera de serie como el Cabrito, al que pronto dejaremos de ver su chispa en las canchas. Ni hablar.