México ya tiene una nueva referente en el deporte de exploración; después de que la atleta Andrea Dorantes completó una travesía histórica al convertirse en la primera persona de Latinoamérica en llegar al Polo Sur en solitario, sin asistencia y en autosuficiencia total, tras recorrer mil 130 kilómetros a través de la Antártida.
La hazaña colocó su nombre en un grupo extremadamente reducido: menos de 80 personas en el mundo han completado este recorrido bajo las mismas condiciones.
Dorantes se convirtió en la mujer número 17 a nivel global en lograrlo y en la segunda mujer del continente americano (incluyendo Estados Unidos y Canadá) en finalizar una expedición de esta naturaleza.

La ruta inició en Hércules Inlet, uno de los puntos clásicos de partida para expediciones polares, ubicado a aproximadamente 50 metros sobre el nivel del mar.
El trayecto concluyó en el Polo Sur, a dos mil 800 metros de altitud, lo que añadió un componente de desgaste extra por el ascenso progresivo y el impacto fisiológico. En total, la mexicana completó 55 días consecutivos de avance, sin contacto físico con otras personas desde el momento en que el avión la dejó hasta su llegada.
La expedición fue un ejercicio extremo de resistencia; Andrea esquió más de 10 horas diarias, jalando un trineo que al inicio pesaba 111.2 kilogramos, con todo su equipo de supervivencia: tienda de campaña, saco térmico, combustible, alimento, ropa especializada, herramientas de emergencia, sistemas de comunicación y energía.
Durante la travesía, enfrentó una temperatura promedio de –28 °C y mínimos de –40 °C, con una sensación térmica aún menor por el viento. A diferencia de otras expediciones, la atleta vivió el fenómeno de luz solar permanente: el sol no se ocultó en ningún momento, con 24 horas de claridad a lo largo del recorrido.
En navegación, Dorantes dependió principalmente de la brújula para mantener el rumbo; para la comunicación utilizó dos teléfonos satelitales, cargados mediante paneles solares, lo que implicaba una planeación estricta del consumo energético.
Cada noche debía realizar un proceso clave para sobrevivir: derretir nieve para obtener agua, racionar combustible y preparar alimento. Su gasto calórico era alto: entre cinco mil y seis mil calorías diarias, una cifra propia de pruebas de ultraresistencia.
El tramo final fue el más complejo, durante siete días, una neblina persistente redujo la visibilidad casi a cero, obligándola a avanzar en una zona de ascenso constante y terreno irregular, guiándose únicamente por la brújula.

“Fue la primera vez que lloré de frustración en una expedición”, reconoció Dorantes. “Pero también fue cuando confirmé que siempre podemos ir más adentro de nosotros y encontrar más fuerza”.
Con este logro, Andrea Dorantes no solo inscribe a México y a Latinoamérica en la historia de la exploración polar, también deja un mensaje contundente para el deporte de alto rendimiento: cuando la preparación, la disciplina y la fortaleza mental se sostienen día a día, incluso el lugar más inhóspito del planeta puede convertirse en una meta alcanzable.
