El Super Bowl LX no esperó al kickoff para entregar su primer gran golpe emocional; antes de que Seattle y Nueva Inglaterra salieran a jugar por el trofeo, la NFL transformó la ceremonia de apertura en una postal histórica con un homenaje a algunas de las figuras más influyentes que han definido el legado del juego durante seis décadas.
La liga no solo celebró el presente, sino que miró de frente a su pasado con una idea clara: recordar que el Super Bowl es más que un partido; es una tradición, un fenómeno cultural y un escenario donde la memoria también juega.
Las leyendas que se robaron el aplauso
Entre las apariciones más impactantes destacó la presencia de Tom Brady, quien fue recibido como uno de los rostros definitivos de la era moderna. Su nombre, inevitablemente, representa una generación completa de dominio, disciplina y campeonatos.

La ceremonia también incluyó a Joe Montana, símbolo de la época dorada de los 49ers y uno de los quarterbacks más elegantes y decisivos que ha tenido la NFL; a su lado, el público celebró a Emmitt Smith, el corredor que se convirtió en sinónimo de consistencia, récords y una era inolvidable en Dallas.
Otro de los momentos más celebrados fue la aparición de Jerry Rice, considerado por muchos como el mejor receptor de todos los tiempos, una figura que redefinió lo que significaba la excelencia en su posición.

Y como parte del puente entre generaciones, también estuvieron Peyton y Eli Manning, dos nombres que representan la transición del Super Bowl hacia el espectáculo total que hoy domina el calendario deportivo global.

El homenaje no fue un simple pase de lista, fue una puesta en escena con ritmo, música y un sentido claro de celebración. La intención era evidente: darle al público un arranque con emoción y con historia.
