¿Los mundiales se jugaban con balones caseros? La pregunta, que hoy podría parecer una ironía para las generaciones acostumbradas a la aerodinámica de laboratorio y los materiales sintéticos, cobra un sentido fascinante al mirar atrás. Hubo un tiempo en que el futbol se cosía a mano, se inflaba con tiento y pesaba el doble cuando la lluvia castigaba la cancha.
La historia detrás de este torneo es enorme, pero hay un lugar exacto en el Centro Histórico de la Ciudad de México donde se puede viajar en el tiempo para vivir, en carne propia, esta evolución.
“Aquí lo que hacemos es el recorrido por los mundiales que han sucedido en América”, explica Giovanna Jasperson, directora general del Museo Franz Mayer. “Lo abordamos desde la perspectiva del diseño, de la cultura material, de la cultura visual, del diseño arquitectónico y urbano, pero también de las identidades que han tenido cada una de estas copas y de la producción en materia de diseño para los distintos aspectos: desde la tipografía y la indumentaria, hasta los materiales del balón o los recuerdos hechos para cada edición”.
A lo largo de la historia, el continente americano ha sido el gran bastión de la pasión mundialista en varias ocasiones, y este 2026 sumará una página dorada en una edición multisede sin precedentes. Ese mapa de identidad colectiva es el que hoy se despliega, tangible y magnético, en las salas del museo.
Arqueología de una obsesión continental
El recorrido propone una inmersión en orden cronológico por cada una de las Copas que han sacudido el suelo americano. “Comenzamos con Uruguay, que es la gran heredera de los Juegos Olímpicos”, señala Jasperson. A partir de ahí, el diseño actúa como hilo conductor de una cronología que entrelaza la historia oficial con los pasajes que la norma del balompié intentó omitir durante décadas.
La exposición abre una ventana necesaria al relato de las copas no oficiales, como el Mundial Femenil de México 1971. Aunque en su momento no fue reconocido por la FIFA, la exhibición lo rescata como un hito fundamental. No es solo una lección de historia de género, sino una radiografía de cómo ha evolucionado el deporte y la visión sobre la participación de las mujeres en la cancha, a través de sus propios carteles y uniformes.
Aquí, a final de cuentas, no se juega solo con un balón; se juega con la nostalgia de diferentes generaciones y con recuerdos que creíamos olvidados. El espectador se topa de frente con la memoria física del juego: piezas históricas, herramientas de diseño y objetos originales que pertenecieron a los mismos jugadores que esculpieron la leyenda del balompié global.
El objeto como reliquia contemporánea
Bajo la curaduría del especialista británico Kevin Moore —exdirector del Museo del Futbol de Manchester—, la exposición despliega un festín visual donde conviven imágenes de archivo, carteles que marcaron época, indumentarias que hoy parecen armaduras de otra era y uniformes míticos cargados de mística y sudor real.
El viaje arranca en el Uruguay de 1930, una época retratada en imágenes donde los hombres acudían al graderío con estricto traje sastre y sombrero. A través de una fina selección que combina piezas de culto originales, réplicas exactas y memorabilia firmada por mitos de las canchas, la muestra desmenuza la evolución de la tipografía, la indumentaria y la tecnología textil.
Se revela, por ejemplo, cómo el mítico e infame Maracanazo de 1950 no solo cambió el ánimo de Brasil, sino que rediseñó por completo los colores y la identidad visual de su uniforme nacional.
“Cada museo tiene un lenguaje propio para construir un relato”, apunta Jasperson. En el Franz Mayer, ese lenguaje se bifurca en tres ejes: la intención creativa detrás del torneo, los contextos socioculturales y la evolución del consumo de la imagen.
Por ello, la exhibición no teme adentrarse en los claroscuros de la historia. Al lado de los vistosos carteles de la modernidad americana conviven manifestaciones visuales de protesta y denuncia ciudadana, lo que demuestra que el diseño también es una herramienta de resistencia.
Esta es una experiencia increíble tanto para los fanáticos de la grada como para aquellos que no saben nada de futbol, pero aman el arte, la historia y la nostalgia. Es, en esencia, el plan perfecto para cualquiera.
La belleza de las salas del Franz Mayer radica en que los objetos operan como detonadores de la memoria. Al recorrerlas, es inevitable preguntarse: ¿con quién vendrías a revivir estos mundiales?
La exposición desglosa el impacto cultural y urbano de las citas mundialistas que han tenido como hogar el continente americano:
- México (3): 1970, 1986 y la actual edición de 2026.
- Estados Unidos (2): 1994 y 2026.
- Brasil (2): 1950 y 2014.
- Canadá (1): su debut como coanfitrión en 2026.
- Uruguay (1): el kilómetro cero en 1930.
- Chile (1): el Mundial de la resiliencia en 1962.
- Argentina (1): la cita de 1978.