El Centro de la ciudad de León, Guanajuato, en víspera de Día de Reyes, no camina: corre. Corre con bolsas en la mano, con el celular prendido, con el “ahorita” atravesado en la garganta. Corre como si la ilusión tuviera horario de cierre, como si la magia necesitara ticket y cambio exacto.
La cortina metálica está abajo, pero la calle está arriba: gente cruzando a trompicones, gente que se borra de tan rápido. Un hombre pasa cargando un cilindro de colores —un “regalo” envuelto en plástico brillante— y su cuerpo se vuelve mancha. Otro mira la pantalla del teléfono como quien busca una salida en el mapa del caos. Nadie se detiene demasiado: en enero, detenerse es perder.
Y en medio de ese flujo, ahí está el niño.

Sentado en la banqueta, pegado a la pared, con la espalda chiquita contra la noche grande. No está llorando. Tampoco juega. Solo mira. Mira a las piernas que van y vienen, al ruido que lo rodea, a las voces que se empujan. Tiene esa cara que no cabe en el “feliz Día de Reyes”: la cara del cansancio y del desconcierto, la cara de quien todavía no entiende por qué los adultos llaman “fiesta” a esto.
A su lado, dos mujeres sostienen la escena como se sostienen los días complicados: con manos ocupadas. Una revisa algo —una bolsa, un vaso, un papel— y la otra carga más de lo que cabe en una sola mano: ropa, cobija, quizá el abrigo del niño o la vida entera doblada en cuadros. No discuten fuerte, no posan. Solo están ahí, en modo resistencia, cuidando que el pequeño no se pierda entre tanto paso.

La foto tiene una verdad que se repite cada 5 de enero: la víspera es el territorio del “último momento”. Los Reyes Magos son promesa, sí, pero antes de la promesa viene la logística: conseguir, cargar, regresar, alcanzar. En esa carrera, la infancia va a veces atrás, a veces encima del brazo, a veces —como aquí— sentada en el suelo, esperando a que el mundo termine de moverse.
La mitología dice que los Reyes siguen una estrella. La vida real sigue otra cosa: la urgencia. La urgencia de que haya regalo. De que amanezca con sorpresa. De que, por unas horas, se cumpla el pacto silencioso entre grandes y pequeños: tú duermes creyendo, yo me desvelo resolviendo.

Por eso este niño sentado es más que una escena callejera: es el minuto en que la ciudad se retrata sin filtro. El Centro como embudo. Los adultos como prisa. La noche como factura. Y la niñez como esa pregunta muda que nadie responde en voz alta:
¿qué está pasando? La noche no ha terminado. Comienza. Duerma o no temprano, ellos siempre llegan en su casa.
