COLOR: El canto que se apagó… y revivió en el Universitario

En tan sólo tres minutos, André Gignac rescató el empate por 2-2 para Tigres.

Por Cesar Huerta

La fiesta estaba preparada. A 30 minutos del encuentro, la grada estaba completamente repleta. Un amarillo profundo y acostumbrado a la victoria. Invasivo. Que alcanza cada rincón del Estadio Universitario. Que copa hasta los pasillos. Porque la casa de Tigres presenta un sobrelleno de escándalo.

Gente de pie en cada pasillo o escalinata. El inmueble universitario es un monstruo amarillo de más de 40 mil cabezas. Que canta. Y que intimida. “Vamos Ti-gue-res, te quiero ver campeón, otra vez”, el cántico retumba. Se mete en la piel. Busca asustar al contrario.

Al mismo tiempo, las luces de los teléfonos se encienden. La afición juega su propio partido. Espectacular. No cesa el canto. Y la tribuna se ilumina de esa forma. “Nos fuimos al descenso, perdimos dos finales, la gente no lo entiende: somos incomparables”, la tribuna entona. Una sola voz de 40 mil gargantas.

Logra su cometido. Intimida. Porque Chivas arranca titubeante. Hay errores poco habituales. Pelotas perdidas que el local aprovecha para crear peligro, pero no concreta. Y el transcurrir de los minutos ofrece un resultado proporcional: entre más se establece Guadalajara en el campo, menos se escucha la grada.

Primer error de Nahuel Guzmán, en un tiro de esquina. Gol de Alan Pulido. Abucheos para el futbolista surgido en Tigres. En la esquina superior sureste, un pequeño grupo de aficionados rojiblancos celebra. El resto desquita su coraje contra el atacante del Rebaño Sagrado.

Hay caras de asombro. Pero también esperanza. Queda mucho tiempo por delante. Y el portero Nahuel Guzmán, héroe de tantas batallas anteriores, vuelve a fallar. Deja el disparo cruzado de Pulido suelto en el área. Rodolfo Pizarro empuja. Ahora sí, el Universitario enmudece. Nadie cree lo que ocurre en el campo. El amarillo no se destiñe. Sigue ahí. Pero sin voz.

El descanso brinda la oportunidad de reponer fuerzas. El mostruo amarillo recupera su voz. “¡La U, la U, la U!”, retumba en el Universitario. La gente juega una Final. No se rinde nunca. Impulsa hasta que André-Pierre Gignac enciende la esperanza, al ’85.

Tigres está abajo aún, pero el Universitario es una locura. Y dos minutos más tarde, de nuevo el francés. ¿Quién más? El 2-2 hace explotar la casa del cuadro felino. La marea amarilla impone. El cuadro regiomontano ha rescatado el partido. El 0-2 mataba. Había silenciado el estadio. Pero el 2-2 es vida. Es fiesta. Es un monstruo de 40 mil cabezas que celebra.

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