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Guapi, un municipio colombiano aquejado por la violencia en tiempos de posconflicto

Bajo el calor sofocante, sus vecinos se apresuran para sacar adelante pequeños negocios pese a que la extorsión les impide salir adelante.

Las FARC se marcharon del Pacífico colombiano pero en su lugar han llegado sus disidencias, carteles mexicanos y el ELN, una dinámica nueva en el conflicto armado que se alimenta cada vez más con el combustible de la minería ilegal en lugar del de la coca.

«Aquí está metido todo diablo», explica a Efe un vecino de Guapi, una de las localidades de Colombia en las que la paz sigue siendo una quimera.
Eso sí, pide que su nombre quede en el anonimato como el de los demás vecinos del municipio, ubicado en el departamento del Cauca, y en el que parece dar más miedo una grabadora o un micrófono que las balas.
Llegar hasta aquí no es fácil, sin carreteras y con una pequeña pista, los ríos como el Guapi, que da nombre al pueblo, son casi la única alternativa para llegar hasta esta localidad selvática.

Es, como todos los municipios de la zona, un auténtico vergel en el que crecen cultivos de todo tipo, incluida la coca.

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Bajo el calor sofocante, sus vecinos se apresuran para sacar adelante pequeños negocios pese a que, según denuncian a Efe, la extorsión es la piedra en el zapato que les impide salir adelante.

Por si fuera poco, el coco, su principal producto agrícola, padece de plagas que les impiden cultivarlo con normalidad.

Además, la minería ilegal ha comenzado a contaminar sus ríos, por lo que la pesca está dejando de ser una alternativa para muchos.

El mercurio, y sobre todo el temor al plomo que envenena los ríos, es un miedo que las comunidades, afrodescendientes muy arraigados a sus costumbres, no pueden superar y hace que la pesca no sea una opción.
«Es una mezcla de superstición con realidad», comenta a Efe otro de los habitantes.


Es un círculo vicioso en el que la contaminación de los ríos causada por la minería expulsa a los pescadores que, sin más alternativa y con la necesidad de alimentar a sus familias, terminan adentrándose también en el oscuro mundo de la minería.

Y por si fuera poco, según denuncian, este ya no es sólo un punto de producción y transporte de cocaína, los jóvenes del lugar han comenzado a consumirla.
Ante todos esos problemas y con la necesidad de ganarse la vida, los muchachos que acaban la escuela no tienen más remedio que dedicarse «al rebusque», según resumen los guapireños, un sino que comparten con el resto del litoral pacífico colombiano.

«Después de la salida de las FARC, quedaron elementos, muchachos de las FARC que no entraron al proceso (de paz)», explica un líder social que prefiere mantener su rostro y nombre en el anonimato.

Estos jóvenes eran esencialmente milicianos, nombre con el que las FARC llamaban a quienes les apoyaban y no portaban el camuflado guerrillero, los que se unieron a los grupos disidentes.

Según el líder social, rehuyeron el proceso de paz por varias razones, pero esencialmente porque la oferta del Estado para reintegrarse era «demasiado irrisoria» en comparación con «lo que ellos manejaban» como producto del narcotráfico y la minería ilegal.

Por eso formaron un grupo que se autodenomina «Guerrillas Unidas del Pacífico» (GUP), uno de los que tratan de dominar este amplio territorio.
Sin embargo, no son los únicos. La guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) ha intentado ocupar este corredor estratégico no solo para su sustento, sino también para que entren las armas que necesitan.


Para el líder social, lo más grave es que el ELN ha comenzado a luchar por el territorio con los grupos disidentes, «muchachos que no tienen ninguna postura ideológica», ya que «su única ideología es el dinero».

«La ideología que los comienza a mover es en función del dinero y se vuelven actores útiles a las propuestas como el tema relacionado con los carteles, que efectivamente se están moviendo entre México y Colombia», subraya.
Por eso agrega: «Ahora no sabemos cómo se habla con estos actores armados que están reclutando (a los jóvenes sin expectativas de vida) amenazando y asesinando» y se pregunta «¿De qué manera uno locuta con ellos para salvar vidas?».

Lo más tenebroso de la historia lo guarda para el final, el dinero de los carteles mexicanos ha cooptado las voluntades de grupos armados y otros líderes, por lo que sus enviados «se mueven con una facilidad envidiable» por toda la región, algo que asegura han corroborado los miembros de su comunidad.
¿Y qué futuro le espera a esta región? «De esta crisis algo tiene que salir. O nos hundimos definitivamente o volveremos a resurgir», responde.

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