Pedro Almodóvar, un cineasta en busca de la reinvención

El director español comparte cómo es llegar a su película número 20; su más reciente película "Julieta" se estrena este viernes en México

Por GABRIELA ACOSTA

Cuando se piensa en Pedro Almodóvar, se viene una serie de imágenes de mujeres que han pasado a través de sus películas; además de un hombre solitario obsesionado por la maternidad, que retrata en sus historias un sentimiento de nostalgia, desamor y drama salpicado con humor.

El cineasta español, a sus 67 años, hace una retrospectiva de su carrera, de su manera de defender el castellano y su miedo constante a la vejez. También de sus lazos con la música mexicana que son parte de su banda sonora de vida.

“Hay muchas cosas que no han cambiado en mi vida, sigo viviendo en España, salgo a caminar todos los días alrededor de casa y veo a la misma gente. Soy un hombre solitario, y no tan triste como en las películas. Te puedo decir que estoy a punto de cumplir 70 años, y mi mayor miedo es ya no ser joven, por eso estoy al pendiente de la ciencia para que puedan cambiarme lo que ya no funciona para sentirme y verme como cuando era un adolescente”, comentó el cineasta español.

Pedro Almodóvar imprime en cada uno de sus filmes una dosis de sufrimiento, y una obsesión hacia la maternidad, que en Julieta no pasa desapercibido.

Julieta, es un drama seco, es mi película número 20 y tiene una dosis alta de emociones. Lo que más me atrajo de los relatos cortos de Alice Munro son dos experiencias importantes: la muerte y el amor en el sentido más completo”.

El director manchego reveló que cada año se vuelve más intenso, que lo lleva a vivir sus acciones hasta el límite.

“Siempre digo que soy muy sensible, lloro y río de la misma manera. Con Julieta retomé el tema de la maternidad, que me parece algo inagotable. Es algo tan misterioso para mí, que es una obsesión sin resolver. Siempre escucho mi voz interna para cada proyecto, siempre imagino a los espectadores como otros Almodóvar, así me es fácil trabajar los guiones”.

Al preguntarle porqué siempre se ha mantenido alejado de Hollywood, a pesar de que su nombre ya es reconocido respondió: “Nunca he querido salir de España, me gusta hacer mis películas en castellano, es mi cultura, mi lengua materna y creo que no podría escribir mis historias si viviera en otro lugar. Además porqué irte a otro lugar donde pudieran tratarte mal, si acá vivo tan bien”.

La fama no ha mermado en la vida cotidiana del español, a pesar de reconocer que el apellido de Almodóvar es como un punto de atracción para mucha gente.

“Claro que de repente llevar el nombre de Almodóvar trae algunas responsabilidades y presiones. Siempre busco que no me límite, sino que me genere libertad. La presión vienen cuando termino una película, y la gente ya me está preguntando por la siguiente”.

¿Haría una cinta sobre su vida? “Ya la realicé, además la actué, estoy presente en cada uno de los personajes de mis películas”.

Julieta

Cinta española dirigida por Pedro Almodóvar: Adaptación de los relatos Destino, Pronto y Silencio, de la Premio Nobel de literatura canadiense Alice Munro. Una historia de mujeres sobre el dolor, la culpa y la pérdida. Con Emma Suárez, Adriana Ugarte, Daniel Grao, Inma Cuesta y Rossy de Palma.

Columna invitada: Almodóvar, cineasta

Enrique Vázquez. Crítico de cine y conductor de CineDK. @enriquevazquez_

Irrumpiendo en la escena contracultural de la llamada “movida” en Madrid (junto con Alaska, Iván Zulueta y sobre todo Fabio McNamara), el director manchego Pedro Almodóvar no tuvo reparos en asestar golpes irreverentes a las buenas conciencias que apenas se desperezaban del letargo franquista con trabajos primarios, crudos y contundentes como Pepi, Luci, Bom y Otras Chicas del Montón(1980), Laberinto de Pasiones”(1982), Entre Tinieblas (1983) e incluso ¿Qué He Hecho Yo Para Merecer Esto? (1984) para posteriormente ascender y consolidar un rango dramático más consistente a mediados de los ochentas con Matador (1986), La Ley del Deseo (1987) y el primer coqueteo con los Óscares estadounidenses con Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios (1988) en donde instrumentó y concentró la mayor parte de sus recursos literarios y visuales hoy bastante reconocibles en sus obras posteriores.

Cuando se estrenó Átame en 1990, el universo Almodóvar continua en evolución y era comandado por sus chicas Carmen Maura, Rossy de Palma, Bibiana Fernández (en ese entonces Bibi Andersen) y por supuesto, Victoria Abril y en un sitio muy especial, Chus Lampreave. El estilo melodramático ponderaba sus influencias (aceptadas por él mismo) de Chabrol, Bergman, Buñuel e incluso Melville y especialmente Hitchcock, a quien alguna vez le dio el título de “padre del cine” y tras una dosis de nostalgia y de una auto-mesura mal controlada derivada en delirio, llegaron entonces Tacones Lejanos (1991), Kika (1993), La Flor de mi Secreto (1995) y Carne Trémula (1997).

En el tramo más reciente de la profusa obra del director español continuó cosechando espacios y premios en festivales internacionales, su nombre ya es prácticamente como una marca internacional y, curiosamente, es un ejemplo muy descriptivo de la famosa frase de no ser profeta en su tierra; y sin embargo, tiene el respeto y reconocimiento de sus colegas y algún buen sector de la crítica cinematográfica. Los temas femeninos, las tragedias, los desencuentros, los traumas retorcidos y los tópicos psicológicos subieron de tono y encontramos conflictos más densos en el nuevo siglo en Todo Sobre mi Madre (1999), Hable con Ella (2002), La Mala Educación (2004), Volver (2006), Los Abrazos Rotos (2009) y La Piel que Habito (2011) para finalmente tropezar con Los Amantes Pasajeros de 2013, obra fallida en el que falsea y abusa de auto-referenciar sus obras de sus primeros años sin conseguir la frescura de entonces.

Finalmente, está Julieta (2016) que inicialmente fue conocida como Silencio, por conflictos con otro título igual de otro filme (Silence de Martin Scorsese, basada en la novela del mismo nombre de Shûsaku Endô, próxima a estrenarse) en la que se aprecia una madurez calculada y dedicada y que contrasta con su filmografía para apropiarse (con todo derecho) del nivel de director de cine de autor, es decir, de la élite de creadores de antaño, sobre todo, de la que sigue nutriéndose y aprovechando en más de algún sentido.

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