Eréndira Ibarra más allá de los límites

Creada y criada por guerreras. Así se define Eréndira Ibarra, la niña terremoto que trepaba árboles e inventaba historias, ahora es la mujer a quien las etiquetas le quedan chicas.

Por Lucia Hernández

En su infancia sí hubo cámaras, luces, fierros y actores a su alrededor. Su padre, Epigmenio Ibarra, director, productor y corresponsal de guerra, aderezó sus veranos con visitas a los Estudios Churubusco, pero también lo hicieron el mar y la vida californiana, al lado de su madre, una mujer libre, de quien aprendió que en la vida se va con las convicciones por delante y que se está para servir al otro.

¿Cómo era tu vida antes de las portadas, las series de televisión y todo lo que estás viviendo en este momento?

— Crecí con un nombre muy claro que era La niña terremoto. Siempre fui superhiperactiva, me decían La niña arborícola, porque para mí no era importante andar en bicicleta, pero sí lo era treparme a los árboles, ensuciarme y llenarme de lodo. Tuve la oportunidad de vivir en un lugar donde eso se podía hacer. En San José, California, tuve una infancia muy bonita y muy en contacto con la naturaleza, y en mi primaria había un árbol gigante, que era mi castillo.

¿Cuándo fue que ya no hubo vuelta atrás en la actuación?

— ¡Perdí un libro de Historia! En la prepa me estaba yendo fatal y no me llevaba con ninguno de mis maestros, excepto con la de Historia. Era una época donde me sentía perdida. Siempre tuve claro que sería actriz, pero el problema era: “¿Quién quiere ser actriz, siendo hija de alguien con un peso tan grande como el de mi papá (Epigmenio Ibarra, productor de Argos Comunicación)?”. Hasta que de repente pierdo mi libro. Llegué llorando con la socia de mi papá y le dije: “¡Perdí mi libro; nunca voy a terminar la prepa!”. Ella me respondió: “¡Ya basta! Si no acabas la prepa ¿qué va a pasar? ¿Por qué no haces lo que siempre has hecho y dejas de ser infeliz?”.

Es fácil pensar que entraste al mundo de la televisión por tu papá. ¿Fue así? 

—Para mi papá lo más importante era que yo estudiara antes de poder trabajar y no dijeran que entré por puras “palancas”. Formo parte de la cuarta generación de CasAzul y no fue hasta finales del primer año que se enteraron de quién era. Cuando comencé a trabajar, la exigencia que se me pedía en todas las series, por todos los directores y que sabían quién era, me daba la seguridad de estar ahí porque me estaba ganando terreno. Hice casting para la serie Capadocia y no me quedé con el personaje que buscaba… Nunca han sido personajes dados o regalados.

Siempre te los has ganado…

—Y eso es algo que siempre agradeceré y ahora que llego a un lugar y me dicen: “¿A poco eres hija de Epigmenio Ibarra?”. ¡A huevo!, ¡eso es lo bonito!: que después de diez años de carrera la gente se sorprenda de quién soy, pero los que me conocen, los que han trabajado conmigo desde que soy muy pequeña, saben que estoy ahí porque me la han puesto difícil y porque he chambeado recio y las tablas me las gané yo.

Ha sido en los últimos años que se te ha notado un cambio radical. ¿Qué motivó esa transformación?

— Suena raro, pero fue un momento en el cual me llegó una seguridad que nunca tuve, y fue a partir de que conocí a mi pareja. Esto fue en la segunda temporada de Capadocia. Antes yo me decía: “Nunca voy a ser la protagonista de nada, soy la gordita, la mejor amiga de la protagonista y esa va a ser mi vida”, porque era la forma en la que yo me veía. Siempre he sido muy autocrítica, pero sobre todo muy insegura. A pesar de no parecerlo, fui una niña muy bulleada y lo sufría, porque me hacía ideas en mi cabeza… Gracias a Dios viví una época donde el bullying se acababa: sonaba la campana de la escuela y yo me iba a mi casa, con mi mamá, y estaba en un lugar protegido y amoroso.

¿Como quedarte con el papel de Daniela en Sense8?

— Curiosamente el papel para Sense8 no lo conseguí en Los Ángeles, sino en México. Lo único que sucedió fue lo natural: llegó una oportunidad mayor porque yo ya estaba lista, estaba disciplinada y preparada para recibirla.

¿Cómo fue el encuentro con Lana Wachowski?

— Fue en México donde me dijeron que iba a estar ella y James McTeigue, director de V de Vendetta y Noviembre, películas que marcaron mi vida. Cuando eso pasó, me dije: “Me voy a enfrentar a estas personas y puede que no me quede, porque así es esta chamba. Sueño con lo mejor, pero me preparo para lo peor”. Llegué un poco tarde, estaba nerviosa. Hice la escena, me la corrigieron y me dieron las gracias. Pensé que la había cagado. Me enteré que me quedé un mes más tarde, pero antes, nadie me había dicho que me lo habían dado. Ya en San Francisco, con las pruebas de vestuario, le pregunté a la vestuarista, quien a su vez le dijo a Lana que nadie me había informado, así que ella llegó y me dijo: “Tú eres Daniela, mi Daniela”. Nos abrazamos y lloré, porque fue una de esas experiencias que nunca voy a olvidar.

¿Qué te enseñó Lana?

— Lo que me enseñó fue una tremenda lección de profunda empatía, de que sí se puede tener un éxito, de trabajo, manteniéndote fiel a tus ideales, aunque cueste un huevo y medio. Ella lo demuestra, lo ha hecho y si ella es capaz, yo también lo puedo hacer, porque rompió con todo en toda su vida y Sense8 es eso. Me encanta la historia, porque con Las Aparicio intentamos hacer algo parecido, lo logramos dentro del contexto mexicano. En todas las series en las que he participado lo mejor es romper esquemas.

Tu personaje de Daniela parece sólo una chica sensual, superficial…

— A simple vista, en el primer capítulo dices: “¡Ah! Es una más”, y después te das cuenta de la complejidad del personaje y del amor por la libertad, que siempre ha sido un águila encerrada en una jaula de canario, que lo único que ha buscado toda su vida es ser amada y dar amor; no le importa el género, ella sólo quería que la dejaran de juzgar. Para mí es una Eréndira, y cuando veo al resto de los personajes, digo que nos castearon, porque parece que Lana creó los personajes para nosotros, hechos con el corazón.

Con ese tipo de personajes corres el riesgo de encasillarte, ¿cómo no hacerlo?

— Eso es lo delicado y hermoso de este trabajo. Todos los personajes tienen una parte de nosotros mismos, los construimos a partir de nuestra propia historia, de nuestras vivencias. El trabajo más difícil de un actor es encontrar los diferentes matices que hacen a sus personajes diferentes. Por ejemplo, en papeles anteriores, Eréndira construyó a Mariana, luego Casilda destruyó a Eréndira, pero a través de ella descubrí a mi femme fatale. Yo no me sentía como tal, fue romperme para descubrirla y después ella me sirvió para hacer a Daniela en Sense8.

¿Qué esperas alcanzar?

— Espero sentirme en paz con todas mis decisiones. Los personajes te dejan cosas que a veces son buenas y, a veces, malas. A mí me gusta pensar que he logrado rescatar lo mejor de mis personajes, pero tengo muy claro que hay algunos que me han dejado cicatrices. Los actores siempre vivimos al límite de la locura y es algo tan fuerte para alguien muy sensible. Aprendemos a buscar en la oscuridad más profunda y en la felicidad más brillante. Así que prepárense, que Eréndira Ibarra hay para mucho tiempo.

De esto y más platicó en The Red Bulletin.

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