El chef Herrera califica de vividores a los Influencers, y denuncia brujería

El juez del reality show Master Chef México, se fue directo contra los famosos que utilizan las redes sociales para generar contenido y así ganar seguidores

Por Christian García

El polémico juez del reality show Master Chef México, Adrián Herrera, conocido como el chef Herrera, compartió en su cuenta de Instagram su pensar sobre los influencers, a quienes denominó como personas sin talento y que pretenden vivir de lo regalado.

“Definición de influencer: puñetas con un chingo de likes y followers sin talento ni contenido ni una agenda específica y que pretenden vivir del patrocinio de empresas con dinero, talento y que aportan algo útil y concreto y que sí generan un cambio real. Infuencers mis huevos”.

Además por el mismo medio denunció haber sido víctima de brujería.

“A lo largo de los años me han hecho un sinfín de brujerías. Hechizos, amarres, sacrificios de animales pequeños y rituales de todos tipos. No se cansan. ¿Quienes lo hacen? Personas a las que les cago el palo, envidiosos, enemigos secretos, yo que se. Hay de todo. Sorprende es que usen el primitivo uso de la magia; es un recurso que persiste porque las personas insisten en creer que funciona. Y los que no están seguros, en el fondo le temen. Porque, razonan, "no vaya a ser que sí funcione". Pues no mames, con esa mentalidad no vamos a progresar. Los amarrijes me parecen verdaderas obras de arte. Estos brujos deberían fabricarlos y concursar en bienales de arte, en serio. Y ahí está su valor real: son objetos con un contenido, un significado, una estética, pero desprovistos de su efectividad metafìsica o sobrentaural. Como talismanes, son sólo objetos artísticos", explica.

"Fui al mercado popular. Hay un brujo ahí. -Házme una brujería, -le dije-, de las malas. -¿A usted? -preguntó incrédulo el hombre-, sí, a mí mismo. Me pidió algunos objetos personales y dijo que volviera al día siguiente. Así lo hice; un envoltorio de hoja de plátano que contenía objetos personales, semillas extrañas, listoncillos de colores y una vela negra, entre otras cosas. Muy interesante. -Entiérrelo en su jardín, -ordenó-, pronto verá resultados. Pasaron semanas y no ocurrió nada. Bueno, sí; me contrataron para una campaña publicitaria, mejoró mi salud, formé un proyecto editorial nuevo y logré arreglar un añejo problema. Bendito amarre. O el brujo no lo hizo bien o, como lo he sospechado desde siempre, sirve para pura verga", continua el texto.

"Estamos como aburridos, hastiados, incapaces de emocionarnos con la realidad tal y como es. Necesitamos entretenimiento. Esa tarde me pusieron una urraca muerta envuelta en una foto mía (¡de Masterchef!). De las patas le cuelgan cositas raras, talladas a mano, y todo viene amarrado con un listón rojo. Me hubiera encantado conservar el fetiche pero el pajarito se estaba descomponiendo. Hasta el día de hoy no me ocurrido nada, excepto por un leve dolor de cabeza que resolví con analgésicos. Sigo a la espera. Ni hablar. Sigamos haciendo brujerías, es divertidísimo”, expresó en su mensaje.

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¡BRUJERÍA! A lo largo de los años me han hecho un sinfín de brujerías. Hechizos, amarres, sacrificios de animales pequeños y rituales de todos tipos. No se cansan. ¿Quienes lo hacen? Personas a las que les cago el palo, envidiosos, enemigos secretos, yo que se. Hay de todo. Sorprende es que usen el primitivo uso de la magia; es un recurso que persiste porque las personas insisten en creer que funciona. Y los que no están seguros, en el fondo le temen. Porque, razonan, "no vaya a ser que sí funcione". Pues no mames, con esa mentalidad no vamos a progresar. Los amarrijes me parecen verdaderas obras de arte. Estos brujos deberían fabricarlos y concursar en bienales de arte, en serio. Y ahí está su valor real: son objetos con un contenido, un significado, una estética, pero desprovistos de su efectividad metafìsica o sobrentaural. Como talismanes, son sólo objetos artísticos. Fui al mercado popular. Hay un brujo ahí. -Házme una brujería, -le dije-, de las malas. -¿A usted? -preguntó incrédulo el hombre-, sí, a mí mismo. Me pidió algunos objetos personales y dijo que volviera al día siguiente. Así lo hice; un envoltorio de hoja de plátano que contenía objetos personales, semillas extrañas, listoncillos de colores y una vela negra, entre otras cosas. Muy interesante. -Entiérrelo en su jardín, -ordenó-, pronto verá resultados. Pasaron semanas y no ocurrió nada. Bueno, sí; me contrataron para una campaña publicitaria, mejoró mi salud, formé un proyecto editorial nuevo y logré arreglar un añejo problema. Bendito amarre. O el brujo no lo hizo bien o, como lo he sospechado desde siempre, sirve para pura verga. Estamos como aburridos, hastiados, incapaces de emocinarnos con la realidad tal y como es. Necesitamos entretenimiento. Esa tarde me pusieron una urraca muerta envuelta en una foto mía (¡de Masterchef!). De las patas le cuelgan cositas raras, talladas a mano, y todo viene amarrado con un listón rojo. Me hubiera encantado conservar el fetiche pero el pajarito se estaba descomponiendo. Hasta el día de hoy no me ocurrido nada, excepto por un leve dolor de cabeza que resolví con analgésicos. Sigo a la espera. Ni hablar. Sigamos haciendo brujerías, es divertidísimo.

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