¿Por qué comemos más?

Por Revista Algarabía / Marvin Harris

Una sociedad cuyo principal problema de nutrición es la obesidad olvida fácilmente qué tan horrible es la falta de comida y de bebida para el organismo humano. Sin embargo, la obesidad es sólo una forma encubierta de hambre.

El espectro del exceso de peso nos acecha a algunos como el del hambre acecha a otros, ya que nuestro apetito es resultado de por lo menos dos millones de años, en los cuales la selección natural positiva nos ha dotado de la facultad no sólo de comer, sino de comer en exceso. Las grandes comidas, de 10 mil calorías o más, no plantean problemas mecánicos ni fisiológicos. En todo el mundo, los festines y banquetes dan testimonio del respaldo entusiasta que nuestro género otorga a la gula —incluso por parte de personas bien alimentadas.

Es verdad que sentimos un deseo casi irresistible de comer, pero disponemos también de algunos controles internos que reducen nuestro apetito y limitan la acumulación de excedentes de grasa. En cierto experimento, algunos presos se prestaron como voluntarios para comer en demasía hasta aumentar su peso en 20%. Conseguido el objetivo, se les permitió comer tanto como quisieran. Muchos empezaron inmediatamente a consumir tan sólo unos cientos de calorías diarias y recuperaron rápidamente su peso original. Otro indicio de que nuestros organismos deben estar equipados con alguna clase de «alimentostato» —en alusión al termostato— es que las personas, en término medio, aumentan relativamente poco de peso durante toda su vida. Entre los 18 y los 38 años de edad, los estadounidenses sólo engordan de 4 a 8 kilos, aunque durante este periodo consumen aproximadamente 20 toneladas de alimentos. Los expertos en nutrición consideran que el hecho de que la ganancia de peso se mantenga en este pequeño rango, en relación con la cantidad de alimento consumido, significa que el «alimentostato» funciona con una tolerancia de menos de 1 por ciento.

Por impresionante que esto parezca, no se puede confiar en que este «alimentostato» evite que la gente coma demasiado. El aumentar de 4 a 8 kilos hasta los 38 años significa probablemente que seremos 4 u 8 kilos más gordos a esa edad. Esta misma tolerancia, aparentemente baja, significará que muchos de nosotros engordaremos de 8 a 16 kilos antes de cumplir los 58 años. Datos recientes apuntan a que 24.2% de los hombres adultos y 27.1% de las mujeres adultas pesan 20% más de lo recomendable.

Lo más notable respecto a la incidencia de la obesidad en la época moderna es su persistencia, pese a las modas y los cánones estéticos que menosprecian a los gordos, pese al gran esfuerzo educativo emprendido por las autoridades para relacionar la obesidad con las enfermedades cardiovasculares y pese a las industrias multimillonarias dedicadas a la salud, la comida dietética y el control de peso. Y, debido a que la mitad de la población adulta del mundo occidental sigue una dieta, podemos concluir que el «alimentostato» no funciona muy bien en las circunstancias actuales. La razón de ello me parece bastante clara: durante la mayor parte del tiempo que los humanos hemos habitado la Tierra, no ha sido el «alimentostato» lo que nos ha impedido engordar, sino la falta de comida.

(Algarabía 46, ¿Por qué…?)

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