Artista callejero quiere ser el rey de los waffles en México

Por vice

“Mi vida son los waffles y las pinturas. Pintar es parecido a hacer waffles: con ambos hago a la gente feliz”, me dice Bue The Warrior, un artista callejero belga y propietario de un bar de waffles belgas en la Ciudad de México. “Uso pintura en aerosol y me siento de la misma manera cuando uso la crema batida”.
  
  
  
Dave de Rope, a.k.a. Bue The Warrior, tiene dos pasiones: la pintura y los waffles. Como artista plástico comenzó interviniendo calles en su país natal, primero por diversión, después como una forma de expresarse. En el mundo restaurantero probó suerte al llegar a la Ciudad de México, después de darse cuenta de que en el país nadie hacía los clásicos waffles belgas, con cerveza
  
    
Después de viajar y trabajar en los lugares donde le venía en gana estar —por eso decidió llamarse warrior (guerrero): jamás se da por vencido—, llegó a México porque Eduardo García, chef propietario de Maximo Bistrot, lo buscó para que pintara las paredes de su entonces nuevo restaurante, Lalo! —por cierto uno de los mejores desayunadores de la ciudad—. La primera vez que pintó en México fue en 2007, para un hotel en Puerto Vallarta, en este lugar se conocieron    Eduardo y  Charles de Lisle  , quien  diseñó Maximo, Lal0! y Havre 77 . “Desde la azotea del restaurante se podía observar mis pinturas, a unas cuantas calles. Así fue como Eduardo vio mi trabajo y decidió que quería que pintara su nuevo restaurante. Me buscó en redes sociales; jamás creyó que me iba a encontrar en Bélgica, pero me invitó de todas formas”.
  
  
  
Sus condiciones para venir a la ciudad de México fueron discretas: un boleto de avión, un lugar para hospedarse y 1000 dólares. En realidad ya le sobraban motivos para venir, pues cree que “México lo tiene todo: naturaleza, cultura, historia, baile, comida, y arte callejero, por supuesto, sobre todo el trabajo de Dhear y Smithe, que admiro mucho”

Su trabajo se base en el principio acción-reacción. No hay nada complejo ni conceptual en su arte, solo diversión y espontaneidad. El trazo infantil que lo identifica es herencia de su padre y de abuelo, quienes trabajaron ilustrando cómics par el famoso escritor Willy Vandersteen, en Bélgica.

“Me tomé cinco días para pintar Lalo!, aunque por lo regular pinto una pared en uno o dos”, me cuenta. “Quise llevármela con calma, disfrutar, pintar, fumarme un joint, volver a pintar, echarme una cerveza”. Parece que las pinturas de Bue y la comida de Lalo! están hechas un para la otra: cuando te encuentras el mejor pan francés de la ciudad y te lo comes mirando una colorida pared ilustrada con personajes caricaturescos, es inevitable que tu niño interior salga a jugar. Sin embargo, él jamás pensó en la comida, solo pintó como sabe hacerlo: con aires infantiles llenos de color.
Pero pintar no es suficiente para él.

“De pronto me quedé bloqueado en el mundo artístico. Ya estaba pintando en automático, repitiendo y haciendo lo mismo una y otra vez. Me di cuenta de que una parte de mí quería tomar una distancia de la pintura y hacer otra cosa. Pensé en los waffles porque no existen los waffles acá, los de verdad, los de Bruselas. Además, vivo en la calle de Bruselas. ¿Coincidencia?, pensé. No, no creo”. Yo tampoco, Bue, esto se llama destino.

La amistad que tiene con Eduardo, le ayudó a encontrar el lugar ideal para hacer Holly Waffles, su bar de waffles estilo Bruselas en el recién inaugurado mercado Milán 44.
  
      
Al principio tenía la idea de ofrecer el clásico waffle belga, que se come como postre: con crema batida, fresas, azúcar glass y mermelada. Sin embargo, su oferta fue evolucionando con el tiempo. “Me fijé en que a los mexicanos les gusta la comida pesada, salada, entonces empecé a hacer waffles de desayuno con huevos, espinaca, tocino, maple, queso parmesano. En Bélgica creen que esto es un sacrilegio, pero acá ha sido un hit”.

Por eso, en Holly Waffles hay para todos los gustos. Incluso para los que buscan opciones veganas y libres de gluten.

La receta que usa Bue es heredada de su abuela, quien a su vez aseguró haberla heredado de su madre, y la cadena sigue hasta 1870. El truco para que estos panecillos tengan la textura perfecta, esponjosa por dentro, crujiente por fuera, es utilizar cerveza belga.

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