La nueva hermandad

Por Massimo Recalcati

Columna de Massimo Recalcati

Los nazis nos han enseñado la libertad, escribió una ocasión Jean Paul Sartre, después de la liberación de Europa del fascismo nazi. ¿Para apreciar verdaderamente algo como la liberad, requeriremos, por lo tanto, perderla y luego reconquistarla? ¿No está sucediendo acaso algo similar con la terrible pandemia del coronavirus?

Su despiadada lección desmantela de manera extremadamente traumática la concepción más común y banal de la libertad. La libertad no es -contrario a nuestra ilusoria creencia- una especie de “propiedad”, un atributo de nuestra individualidad, de nuestro Yo, no coincide de hecho con la inestabilidad de nuestros caprichos. Si así fuese, todos nosotros estaríamos, hoy, despojados de nuestra libertad.

Veríamos en nuestras ciudades desiertas, la misma agonía a la que se nos ha confinado. ¿Pero, si en cambio, la propagación del virus nos obligase a modificar nuestra mirada, tratando de advertir todos los alcances de dicha concepción “propietaria” de la libertad? Es precisamente sobre este punto que el Covid-19 enseña algo extremadamente verdadero.

Este virus es una figura sistémica de la globalización; no conoce fronteras, estados, lenguas, soberanías, infecta sin respetar investiduras o jerarquías. Su difusión no tiene fronteras, justamente, una pandemia. De aquí nace la necesidad de edificar límites y barreras protectoras. Pero no aquellas a las cuales la identidad de soberanía nos ha acostumbrado, sino como un gesto de solidaridad y hermandad.

Si los nazis nos han enseñado a ser libres, quitándonos la libertad y obligándonos a reconquistarla, el virus, en cambio, nos enseña que la libertad no puede vivirse sin el sentido de la solidaridad, que la libertad separada de la solidaridad es pura arbitrariedad. Lo enseña paradójicamente enviándonos a nuestras casas, forzándonos a atrincherarnos, a no tocarnos, para aislarnos, confinándonos en espacios cerrados.

De esta manera nos obliga a transformar nuestra idea superficial de libertad, mostrándonos que no es una prioridad del Yo, que no excluye el hecho del vínculo, sino lo supone. La liberad no es una manifestación del poder del Yo, no es liberación del Otro, pues siempre está inscrita en un vínculo.

¿No es acaso esta la tremenda lección del Covid-19? Nadie se salva solo; mi salvación no depende solo de mis actos, sino de aquellos del Otro. ¿Pero no es acaso siempre así? ¿Necesitábamos realmente esta lección traumática para recordarlo? Si los nazis nos han enseñado la libertad, privándonos de ella, el coronavirus nos enseña el valor de la solidaridad, exponiéndonos a la impotencia inerme de nuestra existencia individual; ninguno puede existir como un Yo cerrado sobre sí mismo, porque mi libertad sin el Otro sería vana.

La paradoja es que esta enseñanza se produce a través del acto necesario de nuestra retirada del mundo y de las relaciones, en el recluirnos en casa. Sobre todo, se trata de valorar el carácter altamente civil y profundamente social, por lo tanto, sumamente solidario, de este aparente “aislamiento”, que, viéndolo detenidamente, no es tal.

No es solo porque el Otro siempre está presente, sea en la forma de la falta o de la ausencia, sino porque esta necesaria auto reclusión es, para quien la cumple, un acto de profunda solidaridad y no simplemente retiro fóbico-egoísta del mundo. En primer plano, no es tanto el sacrifico de nuestra libertad, sino el ejercicio pleno de la libertad en su forma más elevada.

Ser libre en la absoluta responsabilidad que cada libertad implica, significa, en efecto, no olvidar nunca las consecuencias de nuestros actos. El acto que no toma en cuenta sus consecuencias es un acto que no contempla la responsabilidad, por lo tanto, no es un acto profundamente libre. El acto radicalmente libre es el acto que sabe asumir responsablemente todas las consecuencias.

En este caso, las consecuencias de nuestros actos afectan nuestra vida, la de los demás y la del país entero. En ese sentido, nuestro bizarro aislamiento nos pone en relación, al mismo tiempo, no solo con las personas con las cuales cohabitamos materialmente, sino con los demás, con aquellos hermanos desconocidos.

La tremenda lección del virus nos introduce forzosamente a la puerta estrecha de la fraternidad sin la cual, libertad e igualdad, serían palabras huecas. En este extraño y surrealista aislamiento establecemos una conexión inédita con la vida del hermano desconocido y con aquella más amplia de la polis. De esta manera, somos verdadera y plenamente sociales, verdadera y plenamente libres.

Texto publicado originalmente en el diario italiano La Repubblica, La nuova fratellanza (14 marzo 2020). Traducido al español por Camilo E. Ramírez, con autorización del autor.

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