Qué onda con... la meditación

Por Revista Algarabía

Mi abuela rezaba el rosario, con cada una de sus cuentas, repitiendo el misterio y los padresnuestros y las avesmarías correspondientes. Yo repito sat nam —yo soy yo, yo soy la verdad—, porque practico  kundalini yoga;1 o bien: «Dios y yo, yo y Dios somos uno». No importa cómo, las dos meditamos. 

La palabra meditación viene del latín meditari, que significa «reflexionar, estudiar», derivado de mederi, ‘cuidar’. En lengua tibetana, la palabra para referirse a ella es gom, que significa «familiarizarse con uno mismo»; en el budismo y en el hinduismo se refieren a ella como dhyãna, que es la raíz de dzyen o chán, en chino, y finalmente del japonés zen, que viene de la palabra sánscrita rutdaya, que significa «ver sin ojos, contemplar sin juzgar». En Oriente, la meditación no es acerca de un tema, sino la absorción de lo que uno lleva a cabo, ya sea barrer el piso o lavar los trastos. Pero en términos occidentales y generales,  cuando hablamos de meditación nos referimos a una gran y diversa gama de prácticas, o grupos de ellas, que pueden encontrarse en distintas culturas y tradiciones. 

La historia de la meditación está ligada con el contexto religioso de quien la practica. Se sabe que desde tiempos prehistóricos, grupos humanos entonaban cánticos repetitivos y rítmicos para tranquilizar al dios en turno —y, de paso, tranquilizarse ellos mismos—. En la mayoría de las religiones —hinduista, católica, ortodoxa, anglicana y musulmana— se medita para alabar a Dios o acercarse a lo divino; por ejemplo, los sufíes —o místicos musulmanes— repiten los 99 nombres de Allah. Los monjes budistas, en cambio —recordemos que el budismo es una religión atea—, proponen enfocar la mente en los pequeños detalles, como el olor de una flor, la luz del amanecer o el sonido del agua. 

Algunos «meditólogos» modernos se enfocan, más que en motivos religiosos, en objetivos prácticos como el mejoramiento integral de la mente y el cuerpo, pero enfatizan que la meditación no es un proceso meramente de relajación ni tampoco de imaginar fantasías o «cavilar»,2 sino de familiarizar la mente con actos mentales constructivos y benéficos, como el desarrollo de la atención sostenida. Y así, la meditación se convierte en un esfuerzo interno para autorregular la mente. 

Se concluye que para tener éxito meditando hay que empezar por lo más básico del entrenamiento mental —por ejemplo, la observación del ritmo de la respiración—, por lo menos durante 15 minutos. 

Cualquier idea o sensación que surja es preciso observarla sólo como una distracción, no engancharse con ella y dejarla pasar sin juzgarla, volviendo la atención reiteradamente al ritmo de la respiración.

De acuerdo con los más recientes estudios científicos, los beneficios de la meditación son claros y van desde el equilibrio emocional, la paz interior, la reducción del estrés y la desaparición de la depresión, hasta un mayor índice de inmunidad, tolerancia, creatividad y fertilidad, así como la desaparición de dolencias como la hipertensión, la migraña, los males hormonales, la inflamación y el dolor, entre muchos otros. Pero lo más importante es que, de acuerdo con los expertos —y sobre todo con los que la practicamos—, la meditación te da el poder de estar en el aquí y en el ahora, que es la única manera de ser feliz.

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