Así es el hotel donde cabe todo un pueblo desplazado por el narco

Por VICE

Al final de esta historia, los personajes caen hasta una embajada del infierno en la tierra. Niños, estudiantes, amas de casa y campesinos vivían en su paraíso particular hasta que un ejército de pistoleros de los cárteles de la droga en México los empujó fuera de sus tierras y, al mismo tiempo, le robó al gobierno mexicano un pedazo de territorio que nadie ha podido recuperar.

Es la historia de un edén perdido llamado Santa María Sur, un pueblo localizado en la violenta región de Tierra Caliente, Guerrero, al sureste de México. Y aunque a primer vistazo su historia se parece a la de 280 mil mexicanos desplazados por el crimen organizado — según el Instituto Tecnológico Autónomo de México — en realidad es diferente a todas: los expulsados se negaron a dispersarse por el país sin posibilidad de reencontrarse y eligieron permanecer juntos, bajo el mismo techo, para contrarrestar el miedo y la tristeza.

Desde entonces son un pueblo expulsado que vive en un hotel de dos estrellas, viejo, sucio, maloliente, resguardado por policías estatales que miran a los inquilinos a través de pasamontañas y sosteniendo rifles de alto poder para salvarlos de un posible ataque de sicarios que pretendieran atacarlos por negarse a obedecerlos

La embajada del infierno, de la que hablan sus habitantes, está en Chilpancingo, capital de Guerrero, y se llama “Hotel El Diplomático”.

Para llegar hasta allá, primero hay que saber cómo es que los personajes de esta historia vivieron felices… pero no pudieron hacerlo para siempre.

El paraíso que se convirtió en tinieblas

Santa María Sur no siempre cupo en un hotel. Antes, fue una comunidad que se extendía en 4 mil hectáreas de suelo fértil y generoso en el municipio de San Miguel Totolapan. A 330 kilómetros de la Ciudad de México, en ese pueblo el maíz crece como gas de champaña, lo mismo que frijoles, chile, limones y mangos. La tierra se nutre del río Tehuetec en el que siempre corre agua fresca, atrayendo a venados, iguanas y conejos, que los pobladores cazan para devorarlos en asados al aire libre, mientras apaciguan el calor de la región con un cerveza helada.

La vida ahí transcurría en calma y soledad. Las casas estaban entre sí a una distancia promedio de 15 minutos a pie, para que cada poblador tuviera un patio tan grande que acabara en el horizonte. El patrimonio de la mayoría estaba construido con cemento, donde cabían electrodomésticos traídos desde Estados Unidos y ganado para comer y vender. La vida era tan resuelta en Santa María Sur que a principios del siglo XXI, sus pobladores presumían de no conocer las oficinas del gobernador, porque todo se los resolvía la tierra y la venta de toneladas de maíz.

Sólo algo ensuciaba el paraíso: hace cuatro años, un grupo de hombres armados comenzó a pasearse por ahí. Todos sabían que traficaban droga y tiraban balazos para defender su negocio, pero eran pocos y todos callaron. Luego, eran varios, pero la población supuso que si no se metían con ellos, nada les pasaría. Después, fueron muchos y la gente miró a otro lado para no tener problemas. Como un lunar maligno que crece si se le ignora, los hombres armados hicieron metástasis e invadieron la comunidad.

Para los cárteles, controlar San Miguel Totolapan, donde está la comunidad Santa María Sur, es estratégico: el pueblo está asentado en el llamado Pentágono de la Amapola, un área que abarca a 20 municipios de Guerrero, donde crece el 42% del opio a nivel nacional, según una investigación de los periodistas Témoris Grecko y David Espino. Quien controla esa zona, controla el millonario negocio de los opiáceos.

“No se metían con nosotros, ni nosotros con ellos… al principio. Luego, esa gente se dividió en grupos y comenzó la pelea por la zona”, recuerda el comisario (responsable honorario de la seguridad de Santa María Sur) Eduardo Macedo, de 38 años, mientras observa en su celular las últimas fotografías que tomó del pueblo que les arrebataron. “Mira, estas eran mis plantitas, mi casa… ¡cómo quisiera volver, qué feliz sería!”

El grupo de pistoleros que acostumbraba moverse como uno solo se dividió en tres: los leales a La Familia Michoacana, Los Pelones y Los Tequileros. Comenzaron a matarse entre ellos como si la gente estorbara. Casi cada semana se escuchaba del asesinato de un sicario, así que empezaron a reclutar gente entre los pobladores, quienes eran obligados a caminar dos horas antes del amanecer hasta un despeñadero llamado Tres Picachos y escuchar los ofrecimientos “laborales” del cártel. Quien faltara a las juntas era apaleado hasta doblarlo de dolor.

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