La columna de Toño Esquinca: congruencia

Por Antonio Esquinca

Dicen que una de las claves para la felicidad es lograr que lo que pensamos, sentimos y hacemos, esté alineado; como lo estaba antes de que la sintonía con el propio ser se enturbiara. Aunque ahora en la edad adulta parezca muy complicado o prácticamente imposible, nunca es tarde para intentarlo, pero sí fundamental. Debemos comenzar por el principio, y éste radica en el acto sencillo pero enorme de aceptar quién y cómo somos.

Practicar a cada instante dejar de rechazarse y regañarse, para aprender a conocerse. Esto es indispensable si queremos o pretendemos resolver las problemáticas que tenemos como sociedad. Es matemáticamente imposible que exijamos honestidad de los demás, a cualquier escala, si tenemos números rojos en nuestra cuenta personal.

Pareciera tan fácil darse cuenta de este principio, y al mismo tiempo es inverosímil cómo estamos ciegos ante él. Queremos, demandamos, exigimos, primordialmente todo el tiempo, queremos dar esperando recibir. Nos alquilamos, no nos otorgamos. Sentimos que somos merecedores de todo, al mismo tiempo que sentimos que valemos tan poco, que necesitamos devorarlo todo. Así que la paz, el bienestar, el equilibrio, no los experimentamos de dentro hacia el exterior, y rompemos el ciclo vital de tomar y dar. La congruencia era natural cuando eramos bebés o niños, antes de la programación social y educativa, ya que ésta no es forzada, sino que emerge de poder ser en la totalidad, sin necesidad de ajustarnos para encajar; así que lo que sí es forzada es la inconsistencia entre pensar, sentir y actuar. No tenemos que aprender a ser congruentes, sino recordarlo.

No queremos ser congruentes con un sistema social, sino con nosotros mismos. Desde este principio es mucho más fácil que los engranajes que conforman nuestra sociedad, estén aceitados para funcionar con igual consistencia. No estamos en realidad buscando que se cumplan nuestras exigencias, sino que todo el sistema funcione con armonía, para que entonces la congruencia se dé como algo natural. Lo crea o no, de sus grandes fallos en la congruencia con usted mismo, y con su entorno, se deriva gran parte de nuestra descomposición como grupo. Les exijimos a los niños que se comporten con honestidad y nos ven corromper nuestra franqueza a diestra y siniestra; queremos que la vida les dé lo mejor, y nos ven propinarle lo peor; deseamos salud y propiciamos la enfermedad, comenzando por la emocional; queremos que la vida nos siga dando: trabajo, parejas, hijos, provisión, pero no queremos dar nada en el sembradío; esto por definición es una existencia parasitaria.

No podemos salir de los atascamientos si fallamos en lo fundamental, si no somos capaces de perdonar a los enemigos, o de integrarnos como uno solo. ¿Quiénes son buenos, quiénes son los malos? No existe en realidad una frontera que nos defina, pero sí una gran complicidad en donde todos, absolutamente todos, en algún momento de la historia, hemos optado por lo más oscuro, sin importarnos las consecuencias. ¿Hasta cuándo seguiremos sometidos a nuestra propia ilusión de que estamos separados? Tal vez la gran congruencia de nuestro tiempo, comience por la aceptación de que ante algo supremo, todos somos una, y la misma cosa. 

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