"Del Estado no hemos obtenido nada": hermanas de Rubén Espinosa

A casi un año del multicrimen en la Narvarte, condenan que nunca se tomara en cuenta la profesión de Rubén en las líneas de investigación

Por EFE

“Del Estado no hemos obtenido nada”, dijo Patricia, una de las hermanas de Rubén Espinosa, desde la tumba de este reportero gráfico asesinado hace un año en la Ciudad de México en un quíntuple homicidio que sacudió al país.

Cada ocho días, Patricia visita a Rubén acompañada de su otra hermana, Alma, que hoy llora desconsoladamente frente a una lápida repleta de flores, una reproducción de una cámara de fotos y una imagen del joven sonriente, con su equipo de trabajo y una frase que reza: “Puño arriba, frente en alto. Que lo que hacemos es digno”.

Este 31 de julio se cumplirá el primer año de la muerte de Rubén y cuatro mujeres, entre ellas la activista Nadia Vera, en un apartamento de una zona de clase media de la capital, un brutal crimen sobre el que sobrevuelan un sinfín de dudas acerca de sus circunstancias y móvil.

Tanto Rubén, de 31 años, como Nadia habían huido meses antes de su muerte del oriental estado de Veracruz, donde denunciaron amenazas y hostigamientos presuntamente relacionadas con su labor, a menuda incómoda para el actual Gobierno de Javier Duarte (2010-2016), que acumula 19 comunicadores muertos.

“En Xalapa, en 2013 sufrió un atentado por el que existe denuncia (…) y posteriormente, antes de que se autoexiliara, recibió seguimientos y acosos”, recuerda Patricia.

Por ello, la familia cree que su asesinato no fue cuestión de “mala suerte o coincidencia”, y sigue exigiendo “más investigaciones” que apunten hacia su profesión.

“Se han investigado temas como el narcotráfico, la prostitución… ¿Por qué no se toma el trabajo de él?”, lamentan las hermanas.

Esta última línea de investigación fue prácticamente desestimada luego de que Duarte se deslindara del caso, denuncia la ONG Artículo 19.

Se detuvieron a tres presuntos implicados, Daniel Pacheco, Omar Martínez y el expolicía capitalino Abraham Torres, acusados de homicidio, feminicidio y robo agravado.

Y las pesquisas parecen apuntar a la víctima de origen colombiano Mile Virginia Martín. Sin antecedentes penales, de ella se dijo que era prostituta, que traficaba con drogas e incluso que fue el gancho para que Espinosa acudiera al departamento.

Pero hasta la fecha solo se conoce que trabajaba para una agencia de modelos y que, según reveló una foto publicada en Facebook, conocía a Torres.

Hace pocos meses la familia ganó un amparo y un juez determinó que la fiscalía capitalina debía responder 55 solicitudes de información.

Pero en la gran mayoría la respuesta fue que la institución no tiene la obligatoriedad de hallar el móvil del crimen.

“Nos dijeron que ellos ya cumplieron con tener a los tres detenidos, y no tienen la obligación de conocer el móvil. Que ya no les compete”, denuncian las hermanas, que confían todavía en que un tercer peritaje independiente que se ejecutará en breve arroje más luz sobre el suceso.

Su mayor temor es que se cierre el caso con los tres sospechosos y sin más pesquisas, posibles cómplices, autores intelectuales y muchas preguntas que responder.

La desconfianza es total, pues no han recibido una compensación económica y se sienten abandonadas por las autoridades: “Desde el principio no hubo buenos tratos hacia nosotros”, señala Patricia, ofendida por la filtración de datos personales y escabrosas imágenes del crimen a la prensa.

Los medios jugaron un papel fundamental en la “revictimización de las víctimas”, rememoran.

De Rubén, por ejemplo, se dijo que le gustaba mucho la noche, e incluso se insinuó que era consumidor de drogas. De las chicas, un diario nacional apuntó que “eran alegres” y que amaban la fiesta.

“No se vale ponerle una máscara que no era. Pero nosotros sabemos quién era realmente. (…) Por ello seguimos luchando porque se nos diga la verdad, para que haya justicia”, sentencia Alma.

Para esta familia, muy unidad, Rubén era un “hermano de luz”, tal y como aparece grabado en su lápida.

“Cuanto más pasa el tiempo, más siento su ausencia y la impotencia de saber que él podría estar aquí”, señala Alma.

Hace poco más de un año fue toda la familia a jugar al billar y al día siguiente al Bosque de Chapultepec. Rubén amaba la naturaleza e hizo abrazar árboles a los más jóvenes del clan.

“Siempre recordamos todos los días una vivencia de él, o esperamos a que entre por la puerta”, comenta Patricia.

Alma enciende un cigarro y lo clava en la tierra que cubre el panteón, también le trae un jugo de manzana, su favorito.

Siempre que van al panteón ponen con el celular una canción que les evoca a su hermano. Hoy toca una del grupo español Ska-P titulada “Qué puedo decir”.

Una animada melodía rompe el silencio del cementerio como un agridulce augurio: “¿Por qué en el mundo hay tanto dolor? ¿Por qué se hacen las guerras? ¿Por qué se siembra el miedo?”.

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