Modelo colombiana: El estigma que tenemos por ser migrantes en México

Por Luz Lancheros

Ella vivía en mi barrio. El barrio al que casi siempre he considerado seguro y el segundo hogar que he querido construir desde que me mudé a México. Pero su muerte solo me hace pensar que a pesar de todos los esfuerzos que haga por adaptarme, de todo lo que haga para cambiar de actitud, hay horribles realidades que inundan con su pestilencia incluso al más tranquilo barrio de México: que como colombianas, como mujeres y como extranjeras solas somos vulnerables en todo sentido ante una sociedad que las quiere destruir en todo sentido solo por opinar y por ser como son. Incluso por caminar en la calle.

He sido víctima de abusos en todo sentido apenas pongo un pie al aeropuerto, durante dos años. Y luego, cuando camino en la calle. Cuando hablo o salgo con alguien. Y nunca han cesado. Porque por mi nacionalidad tengo un 666 en mi frente, porque por mi pasaporte parece decir que “estoy disponible” y que no tengo derecho a una vida digna. Apenas muestro el pasaporte y a pesar de que haya vivido dos años aquí, el chovinismo y la ignorancia salen a relucir. Porque soy “prostituta” y “narcotraficante” tienen derecho a manosearme, a ver mis conversaciones de WhatsApp, a revolcarme la maleta e incluso a robarme.

Claro, somos colombianos. Los colombianos somos, según la mentalidad latente “inferiores”. Hijos de Escobar, familiares. Si una colombiana muere asesinada es porque es “prostituta” o esposa de “narco”, como si en seguida nuestro pasaporte nos ligase a nexos de dudosa calidad moral. Por eso tenemos una entrada por atrás en el aeropuerto. Y por eso, cada vez que me pronuncio contra algo, no falta quien me diga que solo soy “una muerta de hambre que debería regresarse a su país”, o una “maldita cocainómana”, porque claro, ser colombiano es de inmediato sinónimo de adicción 24/7  o de producción de una droga que aquí, lamento decirlo, los tiene subyugados, comenzando desde el estado y pasando por la cultura actual, como lo sufrimos nosotros hace 20 años.

Sí, me toca ese tipo de adorable gente que no sabe en qué país vive, pero que tiene la xenofobia suficiente y poco ridículo (aún más) para creerse superior a cualquier “basura suramericana”. Pensando en todo eso y más, he tratado. Traté Traté de amoldarme a que no protestan tanto como nosotros y que prefieren aguantar. Que tienen sus ritmos de trabajo que son distintos a los míos. Traté de amoldarme al hecho de que son amables, cariñosos y recursivos. Que tienen una cultura vastísima y que en medio de tanta gente estúpida, como en todos lados, también hay gente buena e inteligente. Que son inmensamente creativos e ingeniosos. Que son exuberantes y pensantes. Traté de poner todo eso en la balanza.  

Pero cuando veo a una mujer de mi nacionalidad hecha pedazos como Stephanie Magón, de la que seguramente saldrán detalles escabrosos porque “ha muerto otra prostituta colombiana” y porque por colombiana y bella seguro andaba “en malos pasos”, olvido que este no es mi hogar y que jamás lo será. México jamás lo será. Que solo estoy de paso, atrapada en un país que definitivamente, jamás podrá quererme por nacer donde nací.

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