La columna de David Olivo: la estrategia invisible pero efectiva

Por: Metro

La misión de los partidos políticos es llevar a la práctica, desde las esferas del gobierno, principios y proyectos para lograr el desarrollo integral de un país, de una ciudad, de un municipio o una localidad.

Sin embargo, a lo largo del tiempo esta primicia se distorsionó tanto que actualmente sólo se aplica para la búsqueda del poder a como dé lugar.

En el país no son pocos los ejemplos, históricamente, de esta lucha encarnizada por el poder. Algunos partidos y sus dirigentes son capaces de violar cualquier código o cualquier ley, para lograrlo.

Sin embargo, irremediablemente la historia les pasa la factura.

Un ejemplo de esta ambición enfermiza por el poder se dio con Roberto Madrazo Pintado. Hace más de una década, el otro líder nacional del PRI se autoimpuso, desde la cúpula del tricolor, como candidato presidencial. El único resultado de esta auto-imposición fue llevar al PRI al “despeñadero” 2016, mandarlo al tercer lugar de las preferencias electorales y a él mismo al autoexilio.

Pareciera que a algunos políticos se les olvida que la carrera política se define en los hechos, en los logros y en el aprendizaje de los errores.

Estos riesgos los tiene claros Ricardo Anaya, quien además de ser uno de los líderes más jóvenes que ha tenido el PAN, no busca el poder por el poder.

Anaya cuenta con una carrera política de casi dos décadas. Su carrera política la construyó en Querétaro. Puntualmente, su incursión en la política comenzó en 1997, cuando tenía apenas 18 años, en tiempos de Francisco Garrido, quien como alcalde de Querétaro lo nombró director del Instituto Municipal de la Juventud. Para 2010 llegó a la presidencia estatal del PAN y un año después el entonces presidente Felipe Calderón lo nombró Subsecretario de Planeación Turística de la Secretaría de Turismo federal.

A pesar de ya figurar en el primer círculo del gobierno federal, Anaya siguió trabajando con esmero en cada una de las obligaciones que tuvo enfrente, esfuerzo que se vio coronado entre 2013 y 2014, cuando llegó a ser presidente de la Cámara de Diputados.

El año pasado asumió la dirigencia nacional del PAN, sumido en una clara división interna, pero en menos de un año logró posicionar a Acción Nacional como el aspirante más fuerte de cara a los comicios presidenciales del 2018. Su carta de presentación es el triunfo del PAN en siete estados el pasado 5 de junio y que gobernarán cerca de 40 millones de mexicanos.

Aún con una carrera política ascendente, Anaya es de esos políticos que no tienen prisa por arribar al poder, está enfocado en el 2017. Sabe manejar los tiempos, sabe trabajar de manera inteligente y eficiente.

A pesar de su juventud, Anaya sabe de estrategia política y su habilidad se mostró en el debate televisivo el mismo día de las elecciones de junio pasado, al dejar en ridículo a un experimentado Manlio Fabio Beltrones.

El joven dirigente de Acción Nacional no se precipita en sus decisiones, sabe que en el PAN hay valiosos cuadros políticos que podrían competir por la Presidencia de la República dentro de dos años, como Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle, con quienes tiene una excelente relación, personal, de trabajo y como miembro del partido.

Y aunque a Ricardo Anaya lo colocan para contender en el 2018, el dirigente panista tiene otra encomienda, una fundamental para el futuro de Acción Nacional: conciliar intereses internos para fortalecer aún más al partido y entregar buenos resultados en Coahuila, Estado de México, Nayarit y Veracruz el próximo año; estados claves en la competencia para el 2018.

La estrategia es lenta, requiere mucho tacto, casi invisible, pero su efectividad es implacable y estruendosa, y eso se vio hace exactamente 91 días. Y si no, que le pregunten a Manlio Fabio Beltrones. 

Loading...
Revisa el siguiente artículo