Quien empuje más fuerte consigue la mercancía

NUEVA YORK. En una tarde reciente, en un almacén en el barrio de Queens en Long Island City, tres docenas de personas se reunieron detrás de una tira de cinta adhesiva colocada como línea de salida sobre el piso de concreto. Algunas tenían sacos de arpillera atados a la cintura para tener libres los brazos; otras usaban guantes

Por The New York Times

Un gerente se puso las manos sobre la cadera, y con toda la energía de un director escolar exhausto, instruyó a la fila: “No corran, no empujen, no peleen, ¿entendido?” Dirigió miradas intencionadas a unas cuantas personas. “No tiren la ropa al piso”. Repitió el mensaje en español, y se hizo a un lado.

El grupo pasó apresuradamente a su lado, dirigiéndose a unas cuantas docenas de contenedores cubiertos con sábanas y mantas, y mientras retiraban las cubiertas y se lanzaban sobre la ropa en su interior, sus gritos se hicieron eco a través del espacio.

“Este no tiene nada”.

“¡Ay, Dios mío!”

Esta es una rutina habitual en el Goodwill Outlet, un almacén de saldos con un piso de ventas de 836 metros cuadrados donde terminan los artículos donados a Goodwill si no se venden en las 14 tiendas regulares de Goodwill de la Ciudad de Nueva York.

La ropa aquí es más barata que en las tiendas regulares y se vende a granel: 1.69 dólares por cada medio kilo para los primeros 10 kilos, y los precios descienden a partir de ahí. Gran parte de esto también es de alta calidad, reflejando la prosperidad de la ciudad y su veleidad. Y desde que abrió Goodwill Outlet, en 2009, se ha convertido en destino de blogueros de moda, compradores de tiendas de ropa clásica, familias que buscan ahorros y, superando en número a todos los demás grupos, docenas de inmigrantes que compran y revenden la ropa en sus comunidades, y en sus países de origen.

“Converse, Banana, Express”, dijo Araceli Infante, de 40 años de edad y madre de dos hijos, enlistando los nombres de las marcas que encuentra a menudo. “Ropa bonita, vestidos, en ocasiones con etiquetas”.

Infante, como muchos compradores habituales en la tienda de saldos, es originaria de República Dominicana. Durante décadas, las inmigrantes dominicanas han proveído a vendedores en su país nativo con ropa de segunda mano comprada en Estados Unidos, la cual luego es vendida en las casas de las personas, o en puestos afuera de sus casas.

Ella dijo que había ayudado al sostén de su familia durante los últimos tres años enviando cajas de ropa comprada en Goodwill Outlet a personas en Santo Domingo. Dijo que las cajas contenían 200 artículos de ropa por unos 450 dólares cada una. Los artículos de marca se venden luego pieza por pieza. “Todo se vende” en tanto esté sin usar, dijo en español, y añadió: “Desde unas pantaletas hasta unos calcetines”.

En 2016, según Goodwill Industries, la operación de Nueva York y Nueva Jersey desvió 58 millones de kilos de artículos de los rellenos sanitarios, por encima de los 53 millones de kilos del año anterior.

La mercancía llega a la tienda de saldos desde las tiendas regulares de Goodwill vía camiones tres o cuatro veces al día. Su vida en los estantes es breve. En las tiendas regulares, los artículos, los cuales se venden entre 5 y 40 dólares, tienen una semana o dos para encontrar un comprador. En la tienda de saldos, tienen un día. Lo que no se vende en un día en la tienda de saldos es colocado en pacas y vendido por tonelada a las recicladoras de textiles.

Algunos compradores vienen desde lejos a comprar la ropa. Kenia Almanzar, de 63 años de edad, dijo que ella viajaba a Estados Unidos desde República Dominicana una vez al mes para comprar en la tienda de saldos y en otras similares en Nueva Jersey y Connecticut. Almanzar dijo que antes vendía ropa nueva, pero que después de pasar apuros con los impuestos cobrados a las pequeñas empresas cerró su tienda y empezó a revender ropa descartada de los estadounidenses.

Al lado de la tienda de saldos está un centro Indoor Extreme Sports, donde la gente juega paintball y guerras de zombis con pistolas láser. Lo que sucede en la tienda de saldos en ocasiones se parece a los deportes extremo bajo techo. “Cuando se retiran las cubiertas, simplemente digamos que cada quien ve por su vida”, dijo Jonathan Love, de 29 años de edad, quien acudió a la tienda de saldos en busca de prendas clásicas que vendería en Instagram. “La gente entra y escarba y simplemente avienta. Un zapato pasó volando junto a mi cabeza. He aprendido a simplemente pararme detrás y dejar que pase la locura”.

Higinio Flores, de 80 años de edad, el padre de una de las mujeres dominicanas, se sentó a esperar mientras su hija compraba. “Se meten de lleno”, dijo. “Pelean, pero no llegan a los golpes físicos”.

Las peleas, según los clientes habituales, surgen entre facciones en duelo.

“Hay un grupo que nos domina”, dijo Infante. Señaló a un grupo de mujeres dominicanas a quienes identificó como las veteranas de la tienda de saldos. Dijo que el año pasado, después de que la administración dejó a los clientes usar sacos y bolsas de plástico en vez de solo colocarse la ropa en los brazos, las mujeres empezaron a acumular. Tomaban la ropa entre sus brazos y luego se reunían en un rincón para seleccionar lo mejor.

“En ocasiones son muy agresivas”, dijo Infante. “Vienen dispuestas a pelear. Las más débiles de nosotras no podemos entrar y conseguimos cualquier cosa”. Añadió: “Yo antes conseguía entre 25 y 30 kilos, ahora me llevo entre 10 y 7”.

Las mujeres de la facción a la que señaló Infante declinaron ser entrevistadas.

Al preguntarle por las peleas, el gerente, Sal Ciniglio, sacudió la cabeza y dijo: “Sin comentarios”. Añadió: “Dirigimos una tienda segura”.

En respuesta a la competencia, dijo Infante, “unimos fuerzas”. Hizo un gesto hacia una mujer que doblaba una blusa Moschino color jade. Las dos mujeres dominicanas, que se conocieron en la tienda de saldos, a menudo se van juntas, arrastrando sus abultadas maletas hacia el tren subterráneo.

Inmigrantes de varios países más también frecuentan el almacén. Claudia Romero, de Puebla, México, sostuvo una playera de ejercicio nueva que decía I Love Sweat (Me encanta sudar), e hizo una señal con el pulgar hacia arriba. Dos mujeres de edad mediana originarias de Marruecos y cubiertas con pañoletas miraban con curiosidad un par de zapatos de plataforma de ante rojo con un tacón de 12.7 centímetros.

Una mujer, originaria de Ecuador, declinó ser entrevistada en la tienda de saldos de Goodwill, pero posteriormente habló por teléfono. Dijo que un pequeño número de inmigrantes ecuatorianos y mexicanos estaban entre los clientes habituales, pero las dominicanas eran las que regían extraoficialmente en la tienda de saldos.

La mujer dijo que vendía ropa a amigos, pero sus principales clientes eran las mismas mujeres dominicanas, a quienes les vendía los artículos sacando una pequeña ganancia.

Pese a las camarillas, los clientes habituales se llaman unos a otros por su nombre y acuden a la administración para resolver disputas. En un día típico, las mayores quejas fueron porque alguien tomó un artículo del carrito de alguien más o porque encontró un zapato hermoso separado para siempre de su par.

Pero ha habido momentos de drama. Recientemente, la bolsa de una de las mujeres dominicanas desapareció, distraída cuando estaba buscando en los contenedores. Dentro estaban su tarjeta de Seguridad Social y sus documentos de residencia. Se quedó de pie entre los contenedores llorando.

Otra tarde, un joven llegó a la tienda de saldos esperando encontrar dos contenedores con las cosas de su ex novia. Dijo que había reaccionado mal cuando descubrió que ella estaba involucrada con alguien nuevo. Así que recorrió su departamento buscando cosas que le recordaban a su viejo amor. Las donó a Goodwill.

Cuando se lo contó, a la ligera, ella se puso furiosa. Él se apresuró a regresar a su tienda Goodwill local. Un empleado dijo que los contenedores se habían vendido o habían sido llevados a la tienda de saldos. Cuando llegó al gigantesco almacén en Queens, el corazón se le fue al suelo. Había varios contenedores solo para cojines.

Ciniglio verificó en la parte posterior y regresó con el ceño fruncido: “Es difícil”, dijo, tratando de encontrar una palabra de consuelo.

Después de que el último lote del día fue sacado, los clientes se dedicaron a buscar entre los restos; tomando un suéter de un montón, volviéndolo a dejar, desenredando pantalones de vestir.

Una canción salía de las bocinas y, discretamente, luego más fuertemente, muchas de las compradoras empezaron a cantar: las mujeres inmigrantes, las dueñas de tiendas de ropa clásica y tres recientes graduadas universitarias vestidas totalmente con ropa de segunda mano.

“No importa, encontraré a alguien como tú”, cantaron en inglés, hablando el lenguaje universal de Adele.

“También te deseo solo lo mejor”.

1.69

dólares cuesta cada medio kilo de ropa, siempre y cuando no se excedan los 10 kg.

“Cuando se retiran las cubiertas, simplemente digamos que cada quien ve por su vida”, Jonathan Love, quien buscaba ropa clásica.

TE RECOMENDAMOS: 

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo