Para Manchester, como para sus libios, una prueba de fe

El tramo de Wilmslow Road que corre a través del barrio de Rusholme, al sur del centro de la ciudad, es conocido como la Milla del Curry, debido a los restaurantes indios y paquistaníes que han estado aquí durante décadas. Pero esa etiqueta parece no encajar más

Por The New York Times
COMMUNITY SMITH NSPR 1
Para Manchester, como para sus libios, una prueba de fe

Barberos kurdos están sentados al lado de tiendas que venden brillantes saris. Una librería islámica se ubica frente a un supermercado jamaiquino. El aire transporta el dulce aroma de los narguiles, que emana de cafeterías llamadas en recuerdo de Damasco o Dubái. La comida es de Túnez, Vietnam y todos los puntos intermedios. Estas pocas cuadras contienen un mundo entero.

Y parte de ese mundo son los 10 mil libios que residen en Manchester, la comunidad más grande fuera de Libia. Muchos llegaron aquí para escapar del régimen brutal de Muamar el Gadafi y han estado aquí durante décadas, una presencia discreta en la ciudad, bien entrelazada con el tejido social de Manchester.

Ahora, un ciudadano británico de ascendencia libia, Salman Abedi, ha infligido el dolor más severo al lugar en que se crió. El 22 de mayo, detonó una bomba llena de clavos, tuercas y balines en el Manchester Arena, causando la muerte de 22 personas y heridas a docenas más.

No sólo atacó a un local de conciertos. El blanco de su ataque fue una ciudad y su idea de sí misma como la capital orgullosamente cosmopolita y multicultural del norte de Inglaterra.

El Manchester que sigue recuperándose del reciente ataque terrorista no es el decadente páramo posindustrial de los años 70. Ni es la ciudad juerguista alimentada con éxtasis que surgió una década después, o la capital de la delincuencia armada llena de pandillas que se alojó en la imaginación popular a principios de este siglo.

No es ninguna de esas cosas y es todas esas cosas. Es las deslumbrantes torres de cristal de Spinningfields y los bares hipster del Northern Quarter, los suburbios llenos de árboles de Chorlton y Didsbury, los rascacielos de Hulme y las intranquilas calles de ladrillo rojo de Moss Side.

Es una ciudad de 530 mil habitantes  en un área metropolitana de 2.5 millones, muchos de los cuales ahora se preguntan si la ciudad realmente es el lugar exótico, políglota y policromo que creían que era. Es más pequeña que Londres, y quizá no tan rica y sofisticada, o tan famosa, pero no es menos internacional ni tiene menos confianza.

Como lo expresa un grafiti en un depósito de trenes en desuso no lejos de la estación ferroviaria de Piccadilly, Manchester se ve a sí misma como “un refugio para los infieles, los encapuchados y los hipster, los hijabis y los hebreos, los intelectuales cultos y los de cualquier sexualidad … es el hogar de todos”.

Es esa apertura de mentalidad lo que primero trajo a los libios aquí, en busca de su propio refugio. “La gente a menudo le llama la segunda capital de Libia”, dijo Hashem Ben Ghalbon, un libio que ha vivido aquí desde 1976 y quien fue, por décadas, uno de los personajes destacados en el movimiento disidente basado en Manchester después de escapar del régimen de Gadafi.

Cuando vino por primera vez, dijo, encontró a “no más de un centenar” de sus conciudadanos.

“Si va al hospital que está calle arriba, habrá médicos libios”, dijo Saif Eddin, quien se mudó a Inglaterra desde Libia hace 12 años y ha pasado la última década en Manchester. “Si toma un café en Costa Coffee o Caffe Nero, el tipo que se lo sirva será libio. Hay muchos libios que trabajan en el Aeropuerto de Manchester. Si va a la oficina de inmigración, la mujer que trabaja ahí es libia”.

Él trabaja en un restaurante libanés llamado Beirut en la Milla del Curry. No hay restaurantes o bares libios cerca, ni tiendas o centros comunitarios dispersos por la ciudad, no hay ninguna señal física, de hecho, de una próspera cultura de expatriados.

“Hay muchos de nosotros aquí, pero no vivimos en el mismo lugar, como la comunidad judía”, dijo Tariq Olilish, de 18 años de edad, un libio nativo criado en Manchester.

Ben Ghalbon sugirió que eso podía explicarse por las circunstancias de su llegada. Como él, muchos que vinieron a Manchester eran disidentes que huían de la represión de Gadafi.

Vinieron aquí, dijo, porque era “más barato que Londres, la vida no era tan acelerada, pero seguía siendo una ciudad cosmopolita y acogedora”, y se convirtió en una colmena de actividad contra Gadafi. Ben Ghalbon y su hermano, Mohamed, fundaron la Unión Constitucional Libia, un grupo activista dedicado a la remoción del ex líder libio y el restablecimiento de la Constitución de Libia.

Entre los exiliados, sin embargo, había incontables divisiones. Ben Ghalbon dijo que algunos eran “más religiosos” que otros, y algunos tenían lealtades tribales diferentes. “No estábamos bien integrados entre nosotros mismos”, comentó.

Incluso los disidentes de mentalidad similar temían congregarse, inseguros sobre quién era otro viajero y quién era un agente secreto de Gadafi. Por “seguridad”, dijo Ben Ghalbon, era mejor permanecer separados, para mezclarse y desaparecer.

Recientemente, la mayoría considera que eso funcionó. “Hemos estado aquí desde los años 60”, dijo Eddin. “¿Cuándo se oyó hablar jamás de algo como esto?”.

Olilish, sentado afuera de su casa en Longsight, al este de Rusholme, dice que él cree que su generación está “bien integrada”. “No es como en Londres”, dijo. “Nadie te pregunta de dónde eres. No importa cuándo o cómo llegaste. Si vives aquí, la gente te trata como un residente local”.

La gente de Manchester, los mancunianos derivado de Mancunium, el nombre en latín que tenía el asentamiento romano aquí, forman “una familia”, declaró.

Hay vergüenza entre la comunidad libia de que “uno de nosotros”, como lo expresó Olilish, llevara a cabo esa atrocidad. Eddin dijo que podía entender por qué la ciudad, y el país, podrían sentir como si “le hubieran hecho un favor a alguien que luego les pateó en la cara”.

Olilish describió a la gente de Manchester como amable y tolerante, y dijo que siempre se sintió parte de la comunidad y nunca se sintió víctima de discriminación.

En los días posteriores al ataque, incluso él teme que la dinámica de la ciudad pudiera cambiar. Decidió no asistir a la vigilia celebrada el 23 de mayo en honor de las víctimas porque “la gente está enojada y molesta con razón y no quise ver eso”.

Fawaz Haffar, fideicomisario de la Mezquita de Didsbury, donde oraban Abedi y su familia, dijo en rueda de prensa el 24 de mayo que había recibido reportes de “actos contra musulmanes terribles, que van desde la agresión verbal hasta actos de daño criminal a mezquitas”.

Ese no es el Manchester que la ciudad o su consternada y dolida comunidad libia reconocen. “La gente que ha venido aquí siempre ha encontrado a Manchester como un lugar que da la bienvenida y acepta a los extranjeros”, dijo Ben. “Ese es el estilo mancuniano”.

“La gente que ha venido aquí siempre
ha encontrado a Manchester como
un lugar que da la bienvenida
y acepta a los extranjeros”. 

Ben Ghalbon

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