López renunció a ser factor de la unidad nacional

Por Mariana Gómez del Campo

En la historia moderna de México, ningún presidente había inyectado desde su posición como Jefe de Estado un discurso de odio a la sociedad mexicana con la intención de polarizarla; la fórmula es muy sencilla: las voces críticas son los enemigos de la nación y quienes aplauden todas las acciones del gobierno se convierten en el pueblo bueno y sabio.

Pero esta receta lejos está de ser obra del tabasqueño pues es un rasgo de los gobiernos populistas que hoy están presentes en Europa, América Latina y Estados Unidos; sin importar la ideología de las fuerzas políticas populistas, éstas tienen características comunes pues sienten una profunda nostalgia por periodos de grandeza nacional y responsabilizan a sus críticos de los complejos problemas que aquejan al país lavándose las manos de cualquier consecuencia de sus actos.

Desde las mañaneras, López Obrador profiere descalificaciones contra cualquiera que no concuerde con él sin importar si trata de cantantes disruptivos, periodistas, comediantes o personajes de la oposición. Así, la violencia verbal se ha convertido en el pan de todos los días utilizando adjetivos discriminatorios que tienen como consecuencia inevitable la normalización de la confrontación entre mexicanos.

Lo más preocupante es que esta narrativa que divide a los ciudadanos no solo se replica en los medios de comunicación que retoman las declaraciones del presidente sino que las escuchamos en las Cámaras del Congreso de la Unión y en la televisión pública que se ha convertido en un canal de propaganda del gobierno donde los comentaristas que defienden al gobierno se encargan de repetir los apodos “conservador”, “fifí”, “chayotero”, entre muchos otros con los que se descalifica a los mexicanos que no comulgan con la 4T.

Así como sucede con TV3, la televisión pública de Cataluña que ha sido acusada de parcialidad, manipulación de la información y defensa del independentismo o Venezolana de Televisión (VTV), cadena que con la llegada al poder de Hugo Chávez se convirtió en una emisora de propaganda política a favor de la llamada “Quinta República”, el periodo socialista que ha sumido a Venezuela en una crisis humanitaria sin precedentes. Lo más grave es que todo este aparato de comunicación a favor de esos gobiernos se financia con millones de dólares de recursos públicos.

La construcción de este enemigo interno divide perversamente a la población promoviendo la intolerancia entre mexicanos y, al mismo tiempo, lesiona el ejercicio de la libertad de expresión porque amedrenta a líderes de opinión y personajes de la oposición a través del linchamiento por redes sociales. Es decir, quien se atreva a criticar al gobierno es acosado por las huestes morenistas en su gran mayoría compuestas por “bots”.

Sin embargo, sería ingenuo hablar de una sociedad mexicana con dos bloques claramente diferenciados: por un lado los defensores a ultranza del gobierno federal que tienen la esperanza de la construcción de un país más democrático, y por el otro, los críticos férreos que observan con preocupación la consolidación de un régimen político que lesiona la democracia. No, hay muchos matices entre los ciudadanos pero sin duda el constante conflicto entre simpatizantes y opositores tiene como consecuencia inevitable la radicalización de posiciones dando paso a enfrentamientos más intensos.

El Jefe del Estado debe ser un factor de unidad para la nación, no de división y mucho menos de polarización, pero López Obrador está más ocupado en consolidar su proyecto político que en asumir su papel como presidente de todos. Es por ello que los mexicanos no debemos caer en el juego de las descalificaciones rechazando etiquetas artificiales, de lo contrario abonaremos a un clima enrarecido que únicamente dañan a nuestro país. Al tiempo…

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