Aldeanos británicos están desconcertados por inundación de turistas chinos

De repente, una aldea británica fue visitada multitudinariamente por chinos

Por The New York Times

Los visitantes chinos bajaron de un autobús turístico, y repentinamente se detuvieron, encantados, como si se maravillaran ante la Venus de Milo o la Torre Eiffel. Luego, empezaron a tomar fotografías de una casa suburbana de los años 70 común y corriente, un roble, un rosal y un bote de basura.

Desde que los autobuses cargados de turistas chinos empezaron a llegar a esta aldea inglesa aletargada e insulsa este verano, los 13 mil 723 residentes de Kidlington, unos ocho kilómetros al norte de Oxford, se han sentido entre desconcertados, molestos y complacidos.

La repentina afluencia de chinos también acaparó titulares y produjo un misterio nacional.

¿Por qué, por ejemplo, los turistas chinos ignoran la hermosa iglesia del siglo XIII de la localidad y sus cabañas de techos de paja, prefiriendo más bien atisbar por las ventanas, filmar los autos estacionados y deambular por los jardines de Benmead Road, una calle residencial monótona y moderna? Un turista preguntó a una asombrada residente si podía ayudarle a podar su jardín. (Se negó cortésmente.) Otro saltó alegremente en un trampolín para niños en el patio frontal.

Una teoría, reportada fervientemente por los medios noticiosos británicos, es que a los turistas chinos les dijo un operador turístico bribón que la aldea era la locación de 4 Privet Drive, la casa de la niñez de Harry Potter, el mago de ficción. (De hecho, está en Bracknell, Berkshire.) The Sun preguntó si fuerzas sobrenaturales habían transportado a los chinos a Kidlington.

Otros sugirieron que los chinos se habían sentido atraídos por la afirmación de que Kidlington es una de las aldeas más grandes del reino. O quizá querían ver la mansión de Kidlington previamente ocupada por Richard Branson, el multimillonario de cabello despeinado.

Alboroto en los medios

Es tal el interés en el enigma que la BBC envió a un equipo de filmación a Kidlington, junto con un cuestionario en mandarín para preguntar a los chinos por qué estaban viniendo. En una página de Facebook dedicada a la aldea, resolver el dilema se ha convertido en un entretenimiento popular.

“No saben de un monarca sepultado bajo sus calles, ¿verdad?”, preguntó Rosie McCarter de Leicester, refiriéndose al descubrimiento de los restos de Ricardo III bajo un estacionamiento de su ciudad en el centro de Inglaterra.

El periódico The Mirror enlistó a la aldea junto con otros atractivos turísticos mundiales improbables, como Chernobyl, Ucrania y el Museo del Cabello en Turquía. “Los atractivos más extraños del mundo ahora cuentan con el aletargado suburbio de Oxfordshire entre ellos”, reflexionó.

Si se pregunta a un residente de Kidlington por qué alguien, no importa que sea alguien de un lugar tan lejano como China, quisiera venir a Kidlington, invariablemente la respuesta es un asombro perplejo.

“Por qué los chinos vienen aquí es una de esas cosas incomprensibles”, dijo Liam King, de 73 años de edad, un ingeniero telefónico que estaba rastrillando hojas frente a su casa en Benmead Road.

“No hay nada asombroso aquí”, añadió Sanjay Aslam, un chofer de 43 años de edad, señalando que Kidlington había vivido durante mucho tiempo a la sombra de la Universidad de Oxford.

“Es simplemente una aldea común, un lugar bastante agradable, sin gentuza caminando por ahí”, comentó Polly Bonney, una estilista.

La historia de Kidlington

Kidlington ha tenido sus momentos. Una historia de la localidad señala que en 1937 tres lobos siberianos escaparon del zoológico local, causando mucho pánico. Y, en 1987, el presidente del consejo parroquial desencadenó una revuelta cuando trató de convertir a la aldea en una ciudad.

Pero, hasta ahora, eso era todo. Como una pequeña porción del centro de Inglaterra, Kidlington contiene, entre otras cosas, una biblioteca pública, siete tabernas, dos cafeterías, cuatro restaurantes, una calle comercial principal con un local de Domino’s Pizza, un centro de detención de inmigrantes y una iglesia bautista con un letrero afuera que dice: “Trate de orar”. Una casa adosada de tres recámaras se vende en unos 430 mil dólares, dicen agentes inmobiliarios locales.

En un día reciente en The King’s Arms, una taberna local popular, varios nativos de Kidlington se deleitaban con platos de cordero, puré de guisantes y salsa de menta de 8.55 dólares, y se mostraban intrigados por la nueva fama de la localidad, mientras Millie, la perra tuerta de  la taberna, caminaba lentamente por el lugar.

La taberna es frecuentada por un fantasma residente llamado Martha, quien trabajó en el lugar en los años 50, y quien en ocasiones es vista tejiendo, dijo Christine McGrath, su jovial gerente. Un letrero de “club de viejos gruñones” cuelga sobre el lugar donde tres clientes habituales se sientan semanalmente a quejarse.

El consenso en la taberna es que los visitantes chinos habían ayudado inconscientemente a la aldea anónima a captar la atención internacional, y eso era bueno para la economía local. McGrath dijo que los turistas chinos ocasionalmente entraban en la taberna, ordenaban cervezas Guinness, hacían un mohín y se iban. “Los chinos nos han puesto en el mapa”, dijo.

Fran Beesley, una terapista ocupacional de 74 años de edad, dijo que le asombró salir de su casa un día y encontrar a un chino fotografiando su patio frontal mientras su familia esperaba cerca. “Me gustaría organizar sesiones de té y darles la bienvenida”, dijo. A otros residentes les ha divertido menos y han llamado a la policía.

De hecho, hay una explicación perfectamente lógica sobre el porqué multitudes de turistas chinos están viniendo a Kidlington, y difícilmente va a empañar la reputación local.

Sun Jianfeng, un guía de turistas de 48 años de edad de la agencia Hua Yuan International Travel en Pekín, dijo que los guías rutinariamente depositaban en Kidlington a los turistas que no querían pagar 68 dólares extra por un recorrido opcional en chino por el cercano Blenheim Palace, la majestuosa casa ancestral de Winston Churchill.

Añadió que algunos turistas astutos habían descubierto que comprar boletos en el palacio costaba sólo unos 25 dólares, y estaban escabulléndose en secreto ahí a pie, molestando a otros turistas, que ya habían pagado el precio completo. Como resultado, dijo, quienes optaban por no tomar el recorrido por Blenheim eran dejados en Kidlington, que no está a una distancia desde donde se pueda llegar caminando.

Sun dijo que Kidlington también era una escala conveniente en camino a Bicester Village, un destino de compras de lujo con descuento para los compradores chinos. Los chinos gastan mucho y los países europeos compiten duramente por atraerlos.

Sun insistió en que el fenómeno de Kidlington era un resultado de la China moderna y la globalización. Muchos turistas son parte de la clase media rápidamente creciente de China, muchos de los cuales viven en anónimos bloques de torres de concreto en ciudades enormes, dijo. Les encanta la tranquilidad de la aldea y les intriga la vida cotidiana en la campiña inglesa.

“El ambiente en el campo en China no es tan grandioso”, dijo, y señaló que pudiera ser decadente y ruinoso comparado con la atmósfera típicamente bucólica de Inglaterra. “En Kidlington, el ambiente es grandioso. Se ven granjas y ranchos aquí. Además, muchas casas recién construidas aquí tienen estructuras de ladrillo o de ladrillo y madera, que ya no se ven muy a menudo en la China urbana”.

Mientras un autobús turístico salía de la localidad, un grupo de visitantes chinos saludaba por sus ventanillas, sonriendo ampliamente. El recorrido de Kidlington había durado unos 15 minutos, pero eso fue más que suficiente para Liu.

“Es tan romántico”, dijo con ojos soñadores. Luego el autobús aceleró alejándose.

 

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