Debajo de la máscara de la vida nigeriana normal, la vida de los jóvenes está marcada por Boko Haram

Amina era una adolescente cuando Boko Haram, el grupo de combatientes islámicos que ha asolado el noreste de Nigeria, la secuestró y reclutó a la fuerza. De 16 años y asustada, Amina obedeció sus órdenes, apoderándose de niñas en sus casas y escoltándolas a un campamento donde muchas eran casadas por la fuerza con los combatientes

Por The New York Times
Amina fue secuestrada hace a los 16 años, hoy lleva una vida normal. | Foto: The New York Times.
Debajo de la máscara de la vida nigeriana normal, la vida de los jóvenes está marcada por Boko Haram

Una de las niñas aterrorizadas tenía 14 años. Amina la tomó por las muñecas, llevándola a un vehículo que esperaba. Tres semanas después, la niña estaba muerta después de haber sido víctima de una violación tumultuaria.

“Pienso mucho en ella”, dijo Amina, tragando en seco y cerrando los ojos.

Boko Haram ha secuestrado a muchos cientos, si no miles, de niñas y niños en toda la región, obligándolos a combatir, cocinar, limpiar e incluso a tener hijos. Para gran parte del mundo, el secuestro de casi 300 niñas de su dormitorio escolar en la localidad de Chibok hace tres años fue el momento trascendental de la crisis, seguido por otro horror: niños, de apenas siete u ocho años, que eran usados como atacantes suicidas.

Las fuerzas militares nigerianas han hecho recientes conquistas, entrando en los bosques donde se oculta Boko Haram y recapturando áreas anteriormente bajo su control. Pero a lo largo de la guerra, ahora en su octavo año, cientos de miles de personas han huido a Maiduguri, la capital cansada de las batallas donde empezó el conflicto.

Es un lugar donde los ex combatientes y cautivos como Amina se mezclan con el tejido urbano, un lugar donde casi todos han sido víctimas, colaboradores, o ambas cosas.

Con sus bulliciosas casas de té, ardientes puestos de kebabs y el tráfico en hora pico, Maiduguri parece una ciudad que está regresando a lo que era antes.

Los atacantes suicidas, muchos de ellos niñas, aún aparecen periódicamente en la ciudad mayormente musulmana. Pero los días de los combates casa por casa que alguna vez aterrorizaron a los residentes han terminado. Los puestos a orillas de las calles ofrecen rosquillas fritas, las puertas de las tiendas abren cada mañana para vender ropa y suministros de oficina, los que se dirigen al trabajo en las mañanas engullen cafeína y los estudiantes universitarios hacen picnics en el zoológico.

Pero detrás de la cortina de la vida cotidiana, se vislumbran secretos terribles.

Un adolescente que vende caña de azúcar en la esquina quizá haya matado a alguien, pero no está seguro. Un niñito sonriente, vestido con uniforme escolar mientras zigzaguea entre los adultos en la acera, alguna vez portó un arma para los rebeldes, arrastrándola por la boca porque era demasiado pesada para que la cargara. Una joven con ambiciones de ir a la universidad fue violada por varios combatientes, luego los acompañó en incursiones en aldeas.

Para ellos, forjar una nueva vida es todo menos una certeza.

“La vida normal en Maiduguri encubre las cicatrices que el conflicto dejó en algunos niños”, dijo Patrick Rose, un vocero de UNICEF. “Estos niños han experimentado cosas horribles”.

Amina

La mayoría de los días, Amina, ahora de 18 años de edad, puede ser encontrada en la calle vendiendo detergente y caldo con su madre; la única que conoce su secreto.

“Me siento tan culpable”, dijo.

Hace año y medio, insurgentes iban y venían en la localidad natal de Amina en el campo. Un día decidieron llevársela con ellos, disparando a su hermano mayor y arrojando su cuerpo a los matorrales.

La llevaron a un campamento de Boko Haram, donde se sintió consternada por el enorme número de mujeres que vivían ahí, muchas de ellas embarazadas o con niños pequeños. A Amina le dijeron que tenía que casarse con uno de los combatientes, pero primero los acompañaría a operaciones para ayudar a secuestrar a otras niñas. Si no lo hacia, la matarían.

“En mi primera salida con ellos, secuestramos a tres”, dijo Amina, cuyo apellido, como los de otros en este artículo, está siendo omitido por preocupación por su seguridad.

Capturar a otras niñas pronto se volvió un patrón para Amina. Los combatientes entraban a una aldea desplegando sus armas, matando y secuestrando hombres, y esperaban que Amina y otras niñas raptaran a las jóvenes. Les decían que dejaran a las aldeanas mayores y a cualquiera que estuviera criando a un bebé.

Las víctimas de secuestro eran fáciles de encontrar. A menudo estaban agazapadas y aterrorizadas en sus casas.

“Cuando las niñas escuchaban los disparos, corrían a sus habitaciones y se ocultaban”, dijo Amina.

Los insurgentes en ocasiones entraban en las casas junto con Amina para asegurarse de que estaba haciendo su trabajo. A veces, ella lloraba mientras trabajaba, arrastrando a niñas que sollozaban y gritaban hacia vehículos que esperaban.

En una salida, un hombre se resistió a los intentos de robarle sus pertenencias y Amina vio a los insurgentes dispararle a la cabeza.

Pero es el secuestro de la niña lo que obsesiona a Amina. Llorando en la parte posterior de una camioneta de Boko Haram, la niña le dijo a Amina que había visto a los combatientes matar a sus padres.

Amina recuerda que la niña estaba aterrorizada, gritando que no quería tener relaciones sexuales con los combatientes. Se desmayó más de una vez en el vehículo que la condujo al campamento de Boko Haram.

En el campamento, los combatientes no molestaron a la niña durante tres semanas. Luego, una noche, Amina vio como venían por ella.

“Había una habitación en el campamento, y cualquier mujer invitada a esa habitación sabía lo que sucedería ahí”, dijo Amina. “Mientras estábamos comiendo, escuchábamos sus gritos, y supimos que estaba siendo violada”.

Entró un hombre tras otro. Duró tres días. Cuando finalmente terminó, la niña no podía caminar. Pronto murió.

Amina escapó del campamento poco después, parando a un conductor que la llevó a la seguridad en Maiduguri.

“Me dijo que su hija también había sido capturada por Boko Haram”, comentó.

Mustapha

Mustapha Ali vende caña de azúcar en una bulliciosa esquina, ahorrando para un título en planificación urbana que espera conseguir algún día.

Hace dos años, Mustapha, ahora de 18 años de edad, estaba armado con un AK-47, y atacaba aldeas junto con combatientes de Boko Haram que le decían que se uniera a ellos o lo matarían.

“Así que les juré lealtad”, dijo Mustapha. Dos de sus hermanos se negaron a unírseles ese día cuando los rebeldes incursionaron en su aldea, dijo, y vio cómo los mataban.

Fue llevado a un campamento donde se distribuyeron armas a los cautivos como él, incluidos dos muchachos de su aldea que también habían sido reclutados a la fuerza.

Pronto, Mustapha estaba montando motocicletas con los miembros de Boko Haram mientras incursionaban en aldeas y robaban ganado y ovejas. Durante una incursión, una mujer fue sacada a rastras de su casa.

“¡Pagana!”, recordó Mustapha que le gritaron los combatientes antes de que uno la arrojara al piso, sacara un cuchillo y la degollara.

“Yo estaba ahí. Lo vi todo”, dijo. “Tenía mucho miedo. Desde ese día, hice todo lo que me dijeron que hiciera”.

Los ataques en que tomó parte eran siempre en la noche, y mientras Mustapha disparaba su arma junto con los otros hombres cuando entraban en las aldeas, dijo, era demasiado oscuro para saber dónde paraban sus balas.

“Era difícil para mí decir si había matado a alguien”, dijo.

Los combatientes le dijeron que tomara una esposa de entre las muchachas secuestradas. Eligió a una niña que conocía de su aldea. Sentía afecto por ella y decidió que si él no la elegía, lo haría un extraño. Los militantes lo vieron tener relaciones sexuales con ella la primera vez, para asegurarse de que realmente lo hacía.

Cuando los soldados nigerianos entraron combatiendo a su campamento, Mustapha corrió, dejando detrás a la niña con la que se había casado ella se negó a irse y siguió corriendo. Eventualmente encontró el camino a Maiduguri, donde se ha reunido con sus padres, que habían huido a la capital para escapar de los combatientes. Está viviendo con ellos, apartando dinero de sus ventas de caña de azúcar para pagar la universidad.

“Estoy esforzándome”, dijo.

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