Australia lidia con las agresiones en los campus universitarios

Las estudiantes que han hablado sobre la agresión y el hostigamiento sexual en los campus universitarios australianos han regresado a sus dormitorios para encontrarlos inundados. Otras llegaron y encontraron puertas pintarrajeadas o colchones orinados

Por The New York Times

Cuando Emily Jones, una estudiante de tercer año, pidió a un grupo de hombres que dejaran de rodear a las mujeres durante una tradición en los bares  en la cual los hombres se bajan los pantalones y cantan cuando se escucha la canción australiana Eagle Rock, fue aislada por sus amigos y condenada por los medios por unirse a la “policía contra la diversión”.

“En vez de alegrarse de transigir porque muchas mujeres se estaban sintiendo inseguras, prefirieron sólo seguir pasando un buen rato”, dijo Jones, de 22 años de edad, en una entrevista en el campus aquí. “Me sentí desalentada”.

Australia tiene una de las tasas más altas de agresiones sexuales reportadas en el mundo, según Naciones Unidas (ONU), y en el último año una serie constante de agresiones en los campus, actos de misoginia convertidos en ritual y represalias crueles ha provocado una conversación nacional sobre género, poder y responsabilidad.

Un informe presentado en enero por el grupo activista End Rape on Campus Australia (Fin a las violaciones en los campus, capítulo Australia), concluyó que las universidades frecuentemente no habían apoyado a las víctimas de agresión y hostigamiento sexuales. En algunos casos, indicó el reporte, buscaron activamente encubrir las agresiones sexuales para evitar daños a su reputación.

Y aún cuando el problema es mundial, cada nuevo escándalo aquí ha llevado a más mujeres a expresarse, así como provocado una respuesta furiosa de parte de lo que muchos australianos consideran un elemento básico de la identidad de este país: su cultura hipermasculina.

“Es estándar, de hecho, que cuando una estudiante expone el sexismo o la misoginia en su propia universidad casi siempre encuentra una reacción negativa y un ostracismo horribles, incluidas represalias”, dijo Nina Funnell, defensora de las víctimas y escritora. “Eso es increíblemente común en Australia”.

Funcionarios de las universidades australianas, especialmente en los dos centros de élite que enfrentan más críticas, la Nacional Australiana (ONA) y la de Sídney  insisten en que están abordando el problema directamente.

La Universidad de Sídney estableció una línea telefónica de atención en casos de violación y mejoró la capacitación para el personal, dijo Tyrone Carlin, sub vicerrector. La Universidad Nacional Australiana incluyó un curso de preparación sobre consentimiento sexual para todos los estudiantes de primer año en este ciclo escolar, dijo Richard Baker, pro vicerrector de la universidad.

La Comisión Australiana de Derechos Humanos está realizando un sondeo entre 39 mil estudiantes en 39 universidades para trazar un mapa del alcance total del problema.

“Todas las universidades están dedicando una enorme cantidad de esfuerzo”, dijo Belinda Robinson, directora ejecutiva de Universidades Australia, una asociación de las instituciones educativas de nivel superior de dicho país, la cual ayudó a financiar el sondeo. “El enfoque de todo el sector es el primero en el mundo”.

Pero muchas estudiantes cuestionan el compromiso de las universidades. Dicen que sigue siendo común que las quejas se dilaten sin una respuesta de la universidad; que los hombres acusados de, digamos, calificar los cuerpos de las mujeres en las redes sociales reciban poco castigo, y que haya poca coordinación a nivel nacional.

En la UNA y la de Sídney, los problemas han sido obvios desde hace tiempo. El año pasado, en una carta abierta a funcionarios de la Universidad de Sídney, mujeres que formaron parte del consejo estudiantil escribieron: “Durante toda una década, hemos estado planteando el tema de la agresión y el hostigamiento sexual en el campus ante la administración. Durante toda una década, nos hemos topado con la resistencia al cambio”.

En la Universidad de Sídney, por ejemplo, el Grupo de Trabajo para Comunidades Más Seguras establecido hace más de un año, en parte para hacer frente a la agresión sexual, es visto como una fachada por algunas estudiantes.

“Fue bastante optimista, ingenuo quizá, participar en él, pensando que podíamos plantear ahí las preocupaciones de las estudiantes y que serían abordadas”, dijo Anna Hush, de 23 años, estudiante de Filosofía que fue parte del grupo el año pasado. “Pero se trató mucho más de que ellos nos dijeran lo que estaban haciendo en vez de que contribuyéramos a las decisiones que se estaban tomando”.

Algunos hombres en los campus reconocieron un problema más amplio: “El trato de las mujeres como objetos sexuales primero”, como lo expresó Harry Licence, de 20 años de edad y estudiante de segundo año de la carrera Medios y Comunicaciones.

En un escándalo reciente, un estudiante la Universidad de San Pablo, un colegio residencial de élite, publicó un texto largo en Facebook comparando el tener relaciones sexuales con mujeres grandes como “arponear una ballena” y ofreciendo consejos sobre cómo “deshacerse de una muñeca” después de “echársela”.

Licence, quien tiene amigos en San Pablo, dijo que donde quiera que se concentran estudiantes privilegiados de escuelas sólo para varones, hay una falta de experiencia en tratar a las mujeres como iguales.

“Pienso que hay problemas importantes que surgen de vivir dentro de esa burbuja”, dijo.

En Canberra, Jones sigue haciendo frente a las consecuencias de esa estrechez de miras.

El incidente de Eagle Rock sucedió en la pista de baile de un bar en su excolegio residencial, Burton and Garran, durante un evento mixto en agosto pasado. Desde entonces, escribió en abril sobre las críticas que recibió después de hablar al respecto, no se ha sentido bienvenida ahí.

Los residentes de su dormitorio empezaron a reproducir Eagle Rock, una canción de rock australiana de 1974 a menudo tocada en juegos de rugby y bares, por los pasillos. Algunos de sus amigos dejaron de hablarle y la ignoraron en el salón comedor; tácticas comunes, dicen expertos.

Karen Willis, directora ejecutiva de Servicios en Caso de Violación y Violencia Doméstica en Australia, dijo que otros actos de represalia estándar incluyen inundar el dormitorio, orinar los colchones e insultar en redes sociales.

Jane O’Dwyer, una vocera de la UNA, dijo que la universidad estaba trabajando para abordar un problema nacional.

“Es un tema cultural en Australia”, dijo. “Tenemos una sociedad hipermasculina”.

Esa cultura, dicen activistas, significa que casos graves sigan sin castigo.

“Todos sabemos de mujeres que han sido violadas”, dijo Jones. “Lo que termina sucediendo habitualmente al perpetrador es que no hacen nada o los trasladan a otra universidad. Me recuerda a la manera en que la Iglesia católica trasladaba a los sacerdotes”.


39

universidades participaron en un sondeo realizado por la Comisión Australiana de Derechos Humanos.

“Cuando una estudiante expone el sexismo o la misoginia en su propia universidad casi siempre encuentra una reacción negativa y un ostracismo horribles, incluidas represalias”, Nina Funnell, defensora de las víctimas y escritora.

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