Criminal fascinación

Por Juan Manuel Llera

Jesús Juárez Mazo, mejor conocido como Jesús Malverde, era un bandido de cabello negro y ojos azabache nacido en Sinaloa que habría sido salteador de caminos y hoy es venerado como santo por muchos. Aunque no hay evidencia de su historicidad, es uno de varios ejemplos de nuestra fascinación por los criminales.

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Muy pocas veces tenemos la oportunidad de ver tan claramente la esencia de la idiosincrasia mexicana como cuando un delincuente se vuelve el personaje central de la agenda pública. Más allá de la gran noticia que es la recaptura del Chapo Guzmán, lo relevante de los últimos diez días en nuestro país ha sido el observar cómo se comportan los actores públicos frente a un personaje que no le es indiferente a nadie: Joaquín Guzmán Loera es un héroe para algunos, una víctima para otros y un criminal para el resto. No es Robin Hood, pero después de su anterior detención en 2014 hubo protestas y marchas en Sinaloa para pedir su liberación, pues, según los manifestantes, apoyaba a los más pobres con despensas.

No es Pablo Escobar pero bajo su dirección, floreció una de las más importantes organizaciones criminales de la historia mundial. No es Al Capone, pero Hollywood no pudo resistirse a la tentación de convertirlo en una de sus producciones. Se ha escrito y hablado tanto sobre el Chapo que su historia es más leyenda que realidad.

En otros países no es tan diferente: Al Capone, Lucky Luciano y Bugsy Siegel son íconos de la cultura popular estadounidense. Su legado público es el de una celebri- dad, no el de un enemigo de la sociedad. Los libros que se escribieron sobre la mafia, como El Padrino de Mario Puzo, describían a los capos como personajes preocupados por la felicidad de los integrantes de su comunidad y que seguían sus propios có- digos de conducta para hacer frente a la injusta e impopu- lar prohibición del alcohol.

Quizá porque todos, en algún momento, hemos querido desafiar al sistema y todo lo que representa es que nos fascinan sus historias. A final de cuentas el Chapo y los demás como él desafían constantemente a las autoridades. Sólo dese una vuelta por las series más vistas en Netflix México y al menos cinco de las primeras 10 son sobre narcos. Desde los corridos que narraban sus aventuras hasta las series y telenovelas inspirados en sus biografías la narcocultura es ya parte importante de la cultura popular mexicana. En sólo un par de décadas pasaron de ser interpretados por actores como los hermanos Mario y Fernando Almada (Emilio Varela vs. Camelia la texana) a Kate del Castillo (La Reina del Sur) y Rafael Amaya (El Señor de los Cielos). 

Los medios no tienen ningún problema en alimentar esta fascinación aún si ello implica violentar la ley. No son sólo las series y telenovelas que los convierten en héroes: las conversaciones por mensajes de texto entre el Chapo y Kate del Castillo que se filtraron esta semana constituyen información que debería ser confidencial pues se trata de una averiguación previa en proceso. La forma en que se obtuvieron no se conoce.

No sabemos si un juez ordenó la intervención de los equipos telefónicos o si se confiscaron los celulares y desde ellos se descargaron las conversaciones, pero en ambos casos se está violentando la privacidad de los inculpados. Gracias a esas filtraciones en el imaginario público el Chapo es menos una mente maestra criminal y más un “toro enamorado de la luna.” Menos enemigo público y más hombre común.

El resultado es que empezamos a tener problemas para distinguir entre ficción y realidad: ¿Es el Chapo un psicópata o la víctima de una sociedad que no le tendió la mano? ¿Es un asesino sin escrúpulos o un hombre enamorado capaz de hacer cualquier cosa por su dama? ¿Héroe o villano? Y al perder perspectiva podemos hacer menos para hacer frente a más personajes como éste. Por ello es que cada vez más niños mexicanos juegan a ser sicarios y ya casi ninguno aspira a ser presidente de México cuando crezca. Nuestra fascinación por lo criminal ha puesto en riesgo el futuro. Como la de Malverde la historia del Chapo para las futuras generaciones podría ser una de fantasía y mentiras.

Una que omita mencionar los miles de asesinatos come- tidos por él y los suyos, o las miles de vidas destruidas por la actividad del cártel que fundó.

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